El mundo no es una Nursery
Esto afirma Freud en “El malestar en la cultura”, y propone una política del síntoma a través de un psicoanálisis. Para él cualquier posición civilizatoria conlleva barbarie. Es la época del avance de la cultura de masas (obreros, jóvenes y mujeres) y de los grandes líderes carismáticos.
Entonces Freud advertido del poder de la palabra, rechaza de plano el ejercicio de ese poder1 tanto en su vertiente hipnótica como sugestiva, e inventa otro modo de tratamiento del malestar -a través de la palabra- que llamará psicoanálisis. Pero en ese proceso advierte un rechazo a la curación y ubicará dicho rechazo como el beneficio secundario de la enfermedad, el plus de valor que tiene un síntoma. Dicho beneficio secundario, es un beneficio intrapsíquico que logra mantener la homeostasis del aparato psíquico. Por ejemplo, cuando se refiere a los que se drogan o alcoholizan dice es “la estrategia tóxica del sujeto que busca en el “quitapenas” ese pedazo tan deseado de mundo exterior”.
Cuando se pasa a la biopolítica, a la regulación de esa plusvalía, de ese usufructo que cada uno saca de su síntoma, la plusvalía del síntoma se vuelve social. Esto es algo que analiza muy bien Assoun a lo largo de 240 páginas del libro El perjuicio y el ideal: hacia una clínica social del trauma; cuyo último capítulo concluye sobre “El perjuicio inconsciente y la plusvalía social”.
A partir que se sanciona la enfermedad (mental o física) de un sujeto como un perjuicio social “el perjuicio (del sujeto) constituye para el Otro (social) una fuente de beneficio”. Esto es, el Otro (social) promotor del perjuicio (del sujeto), según la ideología imperante, es a su vez el perjudicado. Y ese Otro (social) perjudicado se vuelve rentable. Podríamos decir que esta es la novedad de nuestra época. En un apartado de este capítulo que él titula “El reverso inconfesable de la práctica social” dice: “En este momento escandaloso, se le pide ayuda al ideal humanista”. Tomo esta conclusión con el objeto de interrogar y traer al debate el llamado al “compromiso social” y que forma parte de una política de salud que, por supuesto, excede los límites de nuestro país, ya que es la política que lleva a delante la OMS. Al respecto pueden consultar la “Programación culturalmente sensible” que difundió la Organización Mundial de la Salud. Son 24 consejos para que los profesionales de la Salud Mental presten un buen servicio a la comunidad en la que se desempeñan con el objeto de promover Salud Mental. Lo cual, si seguimos la lógica expuesta, garantiza el naufragio. Luego de más de 50 años de promoción de la Salud Mental lo que llega a la playa son cientos de miles de enfermos, la humanidad entera podría decirse. A partir de que la OMS eleva el ideal de salud a un imperativo, donde la salud deja de ser ausencia de enfermedad para convertirse en el estado completo de bienestar (físico, mental y social) produce una sociedad de enfermos y de perjudicados sociales que reclaman se resarcidos en nombre de una generalización del trauma. Es decir, la noción de trauma pasa a ser correlativa del deber de salud.
El puntapié inicial lo dan los grupos feministas de EEUU que hicieron reconocer la violación como un trauma, no como un delito de derecho común sino como un crimen clínico que entraña consecuencias subjetivas y una demandad de reparación.
Esto conduce, tras la máscara de un ideal humanista, a cierto modo de crueldad, pues hoy se dice que la desocupación traumatiza, lo que lleva a que una persona no sólo se encuentre sin trabajo sino además enferma. Y el Estado en lugar de reactivar los aparatos de producción que pueden ofrecer un trabajo lo envían a un centro de salud para su contención psíquica.
Entonces, tras la promoción de la tan ansiada pero nunca alcanzada salud mental se oculta un modo de regulación de la satisfacción del síntoma, del usufructo del síntoma. Y esto es lo escandaloso que salta en la cara del Otro social: que él vive de esto, de la plusvalía del síntoma. Digámoslo de otra manera, una cosa es que alguien extraiga una plusvalía de su síntoma, como se dice usufructúe de él, goce de ese síntoma, como el alcohólico. Lo escandaloso salta en la cara del Otro social cuando desde el aparato del Estado se pretende regular ese goce del síntoma y produce una mezcla entre un modo de goce y la norma social, extrayendo él, el Otro (social) la plusvalía.
Ejemplo de lo que acontece hoy en el campo de la llamada Salud Mental aconteció en el campo de la educación. Ante el imperativo de Educación obligatoria para todos que, desde su inicio, según lo enuncia Kant surgió como un modo de regulación para separar a los niños desde una edad temprana de la educación familiar, considerada como negativa, muchos no entraron en esa red, algunos por indigencia económica, otros “por no dar la talla” (como dice Serrat) respecto del currículo. La cuestión es que comenzaron a aparecer los llamados “excluidos” del sistema educativo, a los que había que incluir de algún modo. Y sobre un fondo de fracaso del sistema educativo, al cual le era lógicamente imposible instruir a todos, surgió por una lado, la Educación especial (con todas sus ramas) y, por otro, el imperativo de cubrir las necesidades sociales, sin poder hacer repetir a un alumno, y menos que menos echarlo, convirtiendo a las escuelas en comedores escolares, y a los maestros en agentes sociales que lo que menos pueden hacer es impartir educación, y como consecuencia terminan acusados de no saber enseñar ni contener a nuestros jóvenes. Y cuando una escuela se pone y pretende hacerlo se la acusa de “discriminar” al alumnado. Sin embargo, no hay nada más cruel y odioso que la indiscreción. Y hoy hemos llegado al colmo de haber impuesto la indiscreción. En lugar de enseñar a discriminar y con ello aprender a tomar decisiones adecuadas para justamente no segregar ni excluir. Se hace todo lo contrario se enseña a no discriminar y se enarbola un todos iguales ante el Estado que no hace más que producir exclusión y segregación que habilita enormes negocios. En cambio, si soy discreto o sea si aprendí a discriminar, voy a rediseñar el espacio urbano para que puedan circular quienes tienen que andar en sillas de ruedas, establecer sistemas de timbres para que los ciegos identifiquen las paradas, enseñar lengua de señas para que los sordos puedan aumentar su posibilidad de comunicación, establecer comedores comunitarios en los barrios para quienes no tienen para comer, aumentar las posibilidades laborales, etc.
Hace unos cuantos años, el padre de una niña que estaba en tratamiento me pide una entrevista angustiado. La niña, por cierto, no se preocupaba demasiado por demostrar buenas intenciones sociales. El asunto es que el fin de semana la había llevado al zoológico y como tiene Síndrome de Down, no le cobraron la entrada. Me dice que ella, ante esta situación, se puso a tironearle del saco preguntándole por qué a ella no le habían cobrado. Él no supo que contestarle y ante su silencio, rompió en llanto y muy angustiada lo interpeló –¡es que ahora somos pobres! Ella odiaba a los pobres, a los que llamaba “negros villeros” y en ese instante se vio convertida en uno de ellos.
Con este ejemplo, pretendo mostrar hasta qué punto no saber discriminar entre un pobre y alguien que tiene un síndrome genético conduce a la segregación o la exclusión, pues de más está decir que los niños pobres que estaban afuera del zoológico no podían entrar gratis.
Sigmund Freud que en su juventud era un amante lector de Cervantes -al punto de aprender español para leer El Quijote de la Mancha y utilizarlo como código para escribirse con su amigo Silberstein, en cuya correspondencia cada uno firmaba adoptando como seudónimo los nombres de Cipión y Berganza, protagonistas del Coloquio de los perros-, a principios del siglo XX escribe Psicopatología de la vida cotidiana (1900-1901), que como El Quijote, la gran sátira de la caballería andante, aporta no sólo una visión crítica de la sociedad de la época, dividida entre el idealismo y las urgencias de la vida cotidiana, sino también el gran tema de la literatura y de la ciencia contemporáneas: la confusión entre apariencia y realidad, la validez de la percepción individual, por encima de los dogmas acerca de lo verdadero y de lo falso. Al decir que hay una psicopatología de la vida cotidiana satura el término psicopatología, lo satiriza, rompe su homeostasis y lo vuelve negativo. Dicho texto tiene un subtítulo en general no citado que es: “Sobre el olvido, los deslices en el habla, el trastocar las cosas confundido, la superstición y el error”, y como epílogo lleva una frase de Fausto (parte II, acto V, escena 5) que dice: «De esa lobreguez está tan lleno el aire que nadie sabe cómo podría evitarla». En una época, en algunos aspectos no muy distinta a la nuestra, donde crecían las clasificaciones psicopatológicas como modo de control y de poder -si bien ahora en términos de regulación en lugar de disciplinarios-, Freud dice entonces, un momento, y satura el ideal psicopatológico para formular la vigencia universal, para todos, del determinismo psíquico bajo la consigna de que nadie se equivoca, nadie se equivoca de sueño, ni de lapsus, ni de olvido, ni de superstición, etc., empezando por él mismo, con el famoso olvido de Signorelli; siguiendo por un viajante, con el caso de aliquis; y hasta el presidente de la Cámara de Diputados austriaca, que cuando quería declarar abierta la sesión dijo: «Señores diputados. Habiéndose verificado el recuento de los diputados presentes, se levanta la sesión. »
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1 Fritz Lang, el director de cine alemán, realizó una película que tituló El doctor Mabuse, quien era un médico hipnotizador que manipulaba la política y la economía -era una metáfora de Hitler- cuando Hitler tomó el poder hizo El retorno del Dr. Mabuse y tuvo que emigrar a los EEUU.