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PARA MAÑANA
PARA MAÑANA Mamá, mañana haré Un barquito de papel Con el periódico viejo del abuelo. Bastarán unas sencillas dobleces Para fabricar un bajel Que nada envidiará Al mejor trasatlántico del mundo Y en él escribiré mis señas ¿No te importa? ¿verdad?- Puede que en cualquier parte las lea otro niño. Si, si ya sé no te rías Sé que queda poco ya por descubrir. Pero por si acaso… Mañana…
Martin Parr - Snowdonia, Wales, 1989
John Albok
Asi era la cartelera de cine en un periodico de 1982. Como podéis comprobar, los remakes no terminan nunca. Y si no, al tiempo.

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"El silencio no es neutral”
El silencio no es neutral, el silencio es una estructura que sostiene la violencia mientras aprendemos a convivir con ella.
Crecimos en una realidad atravesada por la violencia, una violencia que se infiltra en la vida cotidiana, que escuchamos en conversaciones susurradas hasta volverse invisible. Vivimos en una realidad donde se volvió paisaje, donde las noticias pasan frente a nuestros ojos con normalidad, que vemos como cifras, estadísticas y datos que se consumen y se olvidan.
Pero no son números.
Son cuerpos ausentes, son familias incompletas, son identidades perdidas, historias, lazos, recuerdos, son vidas interrumpidas, minimizadas por estructuras de poder que han aprendido a tratar la existencia humana como algo desechable que lo reduce a números prescindibles dentro del funcionamiento de un sistema que prioriza el control, la economía y estabilidad aparente por encima de la dignidad humana.
Pero el hecho de que sea común no significa que sea normal.
Hemos sido educados para aceptar esta realidad, se nos enseñó que es normal escuchar disparos en la distancia, que es normal desaparecer, que es normal no preguntar, que es normal ver a otro lado, ignorar, callar, pasar de lago, aceptar el caos y muerte sin más. Pero no lo es, que sea tan repetido no lo vuelve normal.
Es absurdo que se tenga que insistir en que esa ausencia no es natural. Pero quienes hablan son silenciados. Porque lo que incomoda se esconde, se aísla o se desaparece con suma facilidad, rapidez y sin registro.
Pero la violencia no debería ser poder.
Vivimos en territorios marcados por economías de violencia, donde el narcotráfico no sólo controla rutas o mercados, sino también el miedo, el silencio y la forma en que aprendemos a mirar y normalizar lo que ocurre a nuestro alrededor. Hasta el punto preocupante de impregnar la cultura, las personas terminan adaptándose a una realidad que nunca debió ser aceptada como parte natural de la vida social.
Poco a poco, la violencia, el narco y la corrupción, todo deja de percibirse como una ruptura de la normalidad y se transforma en la norma, en signos de poder, estatus, oportunidad que dejan de sorprender, de indignar o de movilizar, pasando a ser parte de la identidad del territorio y de sus habitantes.
Pero carece de sentido aceptarlo.
Esta adaptación no surge de la indiferencia, sino de una herida que atraviesa a la sociedad entera. Cuando el delito se vuelve la norma y se repite durante años y generaciones, deja marcas que no siempre se reconocen como trauma, sino como costumbre en una salud mental colectiva que se deteriora. Esta experiencia compartida moldea la percepción social, haciendo que aquello que debería generar alarma permanente se vuelva simplemente parte del contexto, desarrollando una forma de existencia marcada por la supervivencia constante.
Porque cuando naces y creces dentro de la porquería, es imposible notar que apesta.
Y ¿lo que no se dice hace ruido?
Por eso se recurre al arte. No como refugio ni como decoración, sino como herramienta que interrumpe el silencio. El arte tiene la capacidad de señalar aquello que muchos prefieren no mirar, de colocar frente a nosotros lo que se intenta ocultar o borrar. A través de imágenes, objetos, gestos y acciones, tiene la posibilidad de volver presencia aquello que, reducido al margen, hacer visible lo empujado fuera de la mirada pública. Sin suavizar la realidad ni volverla más cómoda o digerible; incomodando lo suficiente para que no pueda ser ignorada.
Crear es una forma de insistir en que ciertas historias no deben desaparecer en el ruido cotidiano, en que aquello que se intenta borrar sigue teniendo peso, sigue teniendo presencia. El arte puede convertirse en una permanencia, donde las ausencias dejan de ser abstractas y recuperan densidad, nombre, historia.
Una manera de mantener una memoria activa. Una forma de recordar y de honrar sin convertir la pérdida en espectáculo, de sostener la mirada incluso cuando mirar resulta incómodo. El arte puede abrir grietas en la costumbre, interrumpir la normalidad aparente y obligar a quien observa a detenerse, a pensar, a preguntarse qué significa vivir en un lugar donde la ausencia y el dolor se vuelven paisaje.
No es necesario mostrar vísceras para ser viscerales.
Porque si algo puede hacer el arte es romper la facilidad con la que todo se olvida. Puede volver visible lo que se quiso desaparecer, devolver peso a lo que fue tratado como prescindible y generar un momento de fricción dentro de un mundo acostumbrado a pasar de largo. Obligando a mirar para evitar que las heridas se vuelvan invisibles.
Mirar importa, recordar importa, y el silencio nunca será una posición neutral.
Cómo se veían antes las noticias:
Josef Scharl (1896-1950) Der Zeitungsleser The Newspaper Reader, 1935