Todos los viernes espero en el mismo paradero el bus de las 17 horas que me traslada pasando por cuatro provincias, aquel paradero está frente a una plaza donde habitualmente veo a parejas jóvenes sentadas en sus bancas disfrutándose, a veces solo besos, otras tantas la muchacha sentada en el regazo del muchacho, inevitablemente frotándose en una presunta erección de la forma más sutil que pueden, otras tantas el muchacho explora los senos y nalgas de la muchacha mientras se besan o incluso, si ella viste falda, se pueden ver las manos de él aventurándose entre los muslos de ella, quien siempre reacciona alarmada, mirando a todos lados buscando discreción y retirando aquellas manos invasoras, hasta que eventualmente negocia los centímetros de piel que le parecen prudentes, siempre mirando a todos lados con el temor de ser reconocida en aquella intimidad pública, alterando una mueca de preocupación con suspiros culpables.
Siento una triste envidia por esas parejas pues nunca viví algo así, no me quejo, a su edad yo disfrutaba haciendo otras cosas, bastante menos aventureras por cierto, por lo mismo, creo que a diferencia de ellos nadie envidiaría la forma en que gasté mi adolescencia.