Su final era inevitable. Los aprisionaron en masa, semejantes a los trozos de carne cruda expuesta a buitres carroñeros. La mayoría de los suyos acabaron siendo un amasijo de pulpa y órganos entre los cortes del hierro egipcio. El plasma sanguíneo no sólo marcó su armadura, sino también su boca cuando los chorros saltaban en varias direcciones y no les permitían acudir en auxilio de los pocos camaradas que continuaban dando la cara, y la vida, por ellos y por el orgullo del Imperio. Los desertores los abandonaron a un nefasto destino y al suyo propio; pues si el general de la legión los hallaba; Roma colgaría sus cabezas en astas de madera.
Los iban seleccionando de manera aleatoria, disfrutando cuando uno de ellos era tocado por el palo con la imagen pagana del águila, los tembleques poseían al individuo y los asesinos únicamente se echaban a reír mientras lo mutilaban ante la impotencia de sus compañeros. Se vio obligado a desvincularse mentalmente de habitáculo, ya ni le incordiaba compartir lecho con las ratas; esperaba y esperaba, sabiendo que terminaría por ser su turno. Irónicamente, lo dejaron el último. Ya no quedaba con vida ningún soldado de su escuadrón y dominaba de sobra las expresiones de los enemigos para entender que querían dejar el mejor plato al más poderoso, su propio jefe. Sí, era obvio que pretendían cederlo como ofrenda a los dioses por su victoria.
“PONTE EN PIE, SUCIO CACHO DE ESTIÉRCOL”
Esposado de pies a tobillos, Nerón contraía lo mejor posible sus piernas para hacer de por sí el camino más lento. Ya que no tenía escapatoria posible ¿por qué no iba a molestarlos con un poco de torpeza improvisada? Pese a atender las protestas de los guardias (y a sus pestosos alientos) el soldado no altero el semblante ni tampoco complació a sus captores, solamente aminoró más de por si la marcha funebre.
“POR RÁ, QUÉ INSULTO PARA LA PRINCESA DEBER AGUARDAROS, SI POR MÍ FUERA YA OS HABRÍA TIRADO A LOS CAIMANES”
De pronto su mente reconectó con el mundo actual ¿Princesa? ¿No estaba vacilándolo? Quiso echar una mirada de reojo a su grotesco rostro pero un repentino empujón lo apartó de tal idea. El romano cayó de rodillas en una habitación soleada, tan soleada que por culpa de su aislamiento casi pensó que terminaría ciego. No muy lejos de su caída, una figura descansaba en lo que parecía ser un diván de terciopelo. Sí, el otro no estaba echándole un farol.