(...) Aquellas noches del pavor sin luces, apelmazadas de odios y de ruinas, yo te esperaba. Me llegaste a veces. Del último bisel de la tragedia, del borde mismo de la hirviente sima venías hasta mí. Me contemplabas con unos ojos llenos de agua sucia donde asomaban rostros de cadáveres. Ojos que procuraban ser risueños y mansos al pasar por mi figura y acariciar con luces de esperanza la curva de mi vientre. ¡Con qué exaltada fuerza, con qué prisa, con qué vibrar de nervios y raíces nos quisimos entonces!
Bombardeo | Ángela Figuera Aymerich














