Dedicado a los sobrevivientes de la atención al público
Sumergidos entre el sonido del agua cayendo, el rechinar del piso de madera, y el ensueño de estar rodeado de algo más que, para algunos, sería sólo decoración, aparecen personajes peculiares e interesantes. Nunca sabré del todo de dónde vienen, debido a que es fácil inventar una historia ante un desconocide, así como también es fácil hablar con la honestidad más brutal y descargar algunos pesares. En el contexto del cual escribo, estas escenas quedan flotando en silencio y oscuridad.
De las veinticuatro horas del día, sólo se necesitan cuatro para que se convierta en un gran vaivén de estímulos. Hasta cuando está completamente vaciado respirar es un acto disruptivo. Todo suena a ruido, todo perturba y ensordece, más si son gestos, muecas y movimientos, tan así que lo que sucede de una punta a la otra, aparece como susurro en el oído, con una nitidez que asusta.
Cuando alguien levanta la voz se rompe el adormecimiento eterno, como aquella vez donde ese hombre comentó “esto es una porquería”. De la vasta cantidad de personajes que van y vienen algunos son pintorescos, otros sólo tienen bronca, y a unos sólo les gusta crear situaciones, pero siempre aparece el que es uno de esos.
Es interesante cuando alguien quiere y, sobre todo, necesita ser reconocido como ser pensante que, por supuesto, se auto coloca en una especie de pedestal intelectual, pero que se pierden en un interesante número de sujetos masculinos del mismo perfil (no se lo digan, no queremos herirles).
Entre los distintos desafíos que nos encontramos quienes trabajamos en atención al público, uno de los que entra en el top 5 es ¿cómo me libero de este pelotudo sin perjudicar mi continuidad en el laburo? Pues, mentalmente todes creamos algún manual de supervivencia.
Uno de los puntos básicos del mismo es que los sentidos se vuelven muy finos, buscando cualquier nuevo foco de interés para finalizar ese breve pero intenso spin off de, -en mi caso-, una tarde de invierno trabajando en el museo municipal mendocino, con la participación especial del incel del día.
Para el escape, es indispensable aprovechar cualquier nuevo ingreso a la sala. Todo sirve, hasta el de los que sólo quieren usar el baño, y bendecide se siente une cuando se trata del perrito que entró a perseguir el aroma del pan relleno que trajeron algunes.
Más allá de los testigos humanos casuales que presencian, el espacio es el único que todo lo ve. Sus luces tenues y focalizadas esquivan la situación, pero las obras respiran los hechos que los cristales le rebotan en casi todas las direcciones. Algunas quedan atrapadas en las zonas más recónditas, como un eco que se libera sólo con las vibraciones producto del movimiento del portón, llevándolas a esparcirse hacia el techo alto y frío, liberándolas de toda existencia.







