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A las imágenes que luchan por sobrevivir en forma de archivo, antigüedad o decoración. A sus materiales testigos de historias, de afecto. A esa inteligencia física que nos amontona con otras personas y objetos que buscar seguir pensando.
Siempre tuve una preferencia por lo usado, en desdeñe de lo nuevo. Como una conciencia de que los objetos llegan con más experiencia, con historias, con voz. Casi el 90% de mis cosas provienen de otras personas, adoptadas más que heredadas, en préstamo indefinido o recuperadas de la basura. Aunque siempre intento dejar el cirujeo, la calle sigue siendo para mí el mejor shopping.
Siento una peligrosa empatía con los objetos. A veces me pregunto si será su mudez o mi insistencia animista. Casi siempre pienso que ahí hay una clave de obra. Una sensibilidad táctil, como una lectura de braille, una apertura médium a la memoria material de las cosas, aunque su eficacia sea incomprobable, intransferible.
Por supuesto que la apuesta se redobla con los objetos que pueden contener más objetos, como los libros y las cajas, y todo aquel mueble con compartimientos. En ellos, todos los mundos posibles. Hacia ellos, una pasión desmedida.
Es por esto que hace poco he estado dejando proliferar una obsesión por estar al tanto de qué se vende en el *mercadodefacebok*, es decir en el mercado local. Una forma de sortear el impulso consumista voraz que nos habita, o de postergarlo hasta el momento del hallazgo. Se trata de una búsqueda constante de pequeños tesoros u ofertas incuestionables,“nuevos inconseguibles”.
En algún momento el espionaje se amplió a la acción. Preguntar, cotejar datos mil horas en google, visitar casas, encontrarme con desconocidxs. En cada oportunidad, preguntar, sacar algún dato:
–Cuántos libros.
–Sí, eran de mi tía.
Entonces, como un terremoto: buscar el apellido inscrito en la primera página, fabulaciones después de haber visto cada uno de los libros publicados, imaginar la biblioteca entera, una profesión, una historia de vida, etc., etc., etc. Bucear, hundirse en pdfs, árboles familiares, documentos arcónticos perdidos en la web… Mendoza, Buenos Aires. Y al final: La llamada, de Leila Guerriero. Las historias llaman a las historias, a la sombra de la Historia.
Y así, en mayor o menor medida, sucedió con libros, discos, lámparas y ahora también: obras. ¡¿Comprar obras?! Más bien preguntar. Preguntar, registrar, trazas vinculaciones absurdas. No creo que esté alimentando ninguna pretensión coleccionista (claramente nunca habría presupuesto) pero si alguna pulsión de archivo. Aparece la eterna pregunta sobre la historia del arte en clave local ¿A dónde va a parar todo lo que hacemos / todo lo que se ha hecho? Mientras las obras flotan entre todo tipo de objetos a la venta, desde armas, comida, tecnología, decoración, autos…
¿Cómo llegaron esas cosas ahí? Claramente de esta actividad ridícula de detective de los clicks solo he podido conseguir más y más preguntas. Siguiendo pequeñas pistas, sutiles rastros de movilidad, una circulación en las sombras. Elucubraciones a partir de la cualidad material de las obras, en su condición de objetos. Marcas de uso, contextos posibles a partir de ampliar una foto movida, sacada con flash.
-Agus, creo que encontré algo.
-Dale, vamos.
En el camino buscamos a la Thelma y al cabo de minutos estábamos en un piso de la quinta, hurgando entre los despojos de lo que fue una casa familiar pudiente. Nombres, libros dedicados, objetos yéndose de lo que alguna vez fue un despliegue físico de un gusto personal. De repente, el hallazgo, entre mármoles, robles y estampados floridos: un Uriburu. ¡Si! Un Nicolás García Uriburu, enmarcado, a precio marco, con sus brillantes colores serigrafiados, brillando ante nuestros ojos, descolgándolo. Y la pregunta ¿Cómo no salvarlo?
¿Cómo llegó un Uriburu a Mendoza, a la quinta, a la casa de un ingeniero pudiente? ¿Cuál fue su relación del tal ingeniero con el mundo de la poesía? ¿por qué tantos libros dedicados? ¿dónde fueron a parar todas las poetas mendocinas (ahora también una sanjuanina) olvidadas que vengo rescatando a $5mil el libro? ¿Cómo salvar a las obras del olvido / del container? ¿Cómo, aunque sea, salvar alguna historia, un registro?
Un epílogo
El Uriburu ahora vive en una de las paredes de mi casa. Sin querer, o por curaduría espontánea, comparte pared con otros paisajes: un precioso Yurie, una lámina de Cándido López y otro rescatado, un grabado de Alberto Nicasio, adquirido con vidrio roto a tan solo el 10% de valor “marco” del Uriburu.
En las publicaciones del grupo de señoras Ernestina que se dedican ordenar, valuar y vender todo lo que queda de una casa que se abandona por mudanza al exterior o muerte, ahora aparecen mis amigxs. Parece que las pasiones se contagian. Quizás y solo quizás, estamos volviendo un poquito para atrás. Quizás y solo quizás estamos conviviendo con el pasado como nunca antes, a pesar de la imposición de lo nuevo –ia iaia hay ahí allá ayayay- que nos acosa todos los días con sus espejitos de colores. (¿Cuántas veces aprieto al día el botón No, gracias?). Mientras el futuro parece cada vez más constreñido (si, como constipado, me perdonan), más igual, más horrible (no me perdonen); el pasado se presenta como un oleaje o una fogata. Como un bosque o una selva. Imágenes proliferantes, ricas, diversas. Demasiado hermosas como para dejar de mirarlas, aunque cueste mucho disponerse a su tiempo.
Más que nunca nos llaman nuestrxs muertxs. Nos llaman a través de sus imágenes, de sus espacios, de sus restos. Digo nuestrxs porque lxs hacemos nuestrxs, no porque sean cercanos. Nos acercan a ellxs, lentamente, sin que nos demos cuenta. Nos arman grupos. Nos alinean. Están alerta. Parecen querer enseñarnos algo que se está perdiendo. Algo de las superficies, los pesos, las texturas. De la medida de los cuerpos, del tiempo de un día, del tamaño de una habitación. Del disenso, la duda, de la posibilidad de imaginar. Nos llaman a los gritos aunque solo hallemos silencio. Siguen confiando en los gestos cargados de afecto que supieron cultivar, entre ellxs, esos gestos que viven todavía en la piel de sus restos. Hay una cosa que no quieren: seguir muriendo en soledad.
(continuará?)
A lxs artistas independientes y sus espacios
Hay un lugar de la Cultura que guarda siempre silencio. Es resbaladizo, está lleno de túneles y pasillos, se llena y se vacía, se desencuentra consigo mismo y vuelve a casa. Lo habitamos, lo transitamos y lo aprendemos, - los pasillos merecen capítulo aparte -.
Digo es un lugar, porque no sé cómo llamarlo. Aunque hoy para nosotrxs es Ovoide, tuvo y tiene muchos nombres. Y cuando digo nosotrxs, me refiero a todxs lxs artistas de este lugar de la Cultura que en silencio existe en los rincones y siembra.
Encontramos una caja, y ya sea un local, una casa, una oficina, es nuestro espacio y nuestra causa. Somos independientes, tambaleantes muchas veces, nos autogestionamos; y se nos permite aquí, ser artistas, aunque nadie lo pida. No hay mucha gloria en todo esto.
La galería arte Argentino, el primer lugar que alquilé para mi proyecto era un local precioso en la 25 de mayo, que luego se desfiguró siendo un drugstore; la casa de la calle Rivadavia ahora es un hueco enorme en el suelo; el taller de la Pedro Molina se volvió impenetrable y al pequeño gran Gulubú, en el pasaje Lombardo, lo despedimos con un besito porque nos acogió en la pandemia y más y lo amamos… De todos estos lugares nos fuimos con pesar, algo nos derribó y hubo que migrar. Todos estos espacios que alguna vez habitamos se volvieron uno, al menos en mi alma. Y así seguramente es para lxs artistxs independientes que trabajan en sus espacios autogestionados.
Había mucho que hacer cuando llegamos a esta casa donde hoy estamos y dijimos como siempre, hay que meterle mucho trabajo, pero puede estar muy bien. Guita y trabajo, mejor dicho. Tener una vez más una casa cultural se hizo posible, pero, ante todo; como se estaba complicando todo; logramos tener en pie nuestra trinchera. Porque esto son los espacios independientes, trincheras. Las arreglamos, las pintamos, las llenamos de plantas y de objetos y un día se empiezan a entibiar. Como hoy, que hace mucho frío, pero acá está tibio. Suenan los talleres. Violines, un piano, algunas voces, palabras familiares como color, agua, otra vez, ahí vaa. Y alguien bromea explotando globos porque esta semana hubo cumpleaños y ríen… Suena tanto y sigue siendo parte de este lugar de la Cultura que siempre calla. ¿Cómo se rompe este silencio? ¿Qué decir? ¿Qué más hacer? ¿Lograrían algo las voces colectivas?
Hoy la casa esta tibia y hace frío. Y en las trincheras estamos bien, al menos por ahora. Aunque hace falta más trabajo, más dinero y en el fondo estamos un poco tristes. porque algunas clases tienen pocos alumnos, porque es demasiado desgaste organizar eventos, porque el espacio no alcanza para producir… y ya sé mi gente, por muchas cosas más. Hacemos lo que podemos. Las trincheras nos protegen de las balas, pero nos caen las ganadas.
Y todo este lío que hoy nos envuelve, cuesta, duele, angustia, nos obliga a claudicar y deja muchos proyectos abandonados.
Igual a veces, solo a veces, se siente bien sobrevivir, porque no es poco.
Hace unos días la profe de canto de Ovoide me mandó un mensajito cuando entró al taller que decía: Hola Sandra, acabo de llegar al espacio.
Me arranco una sonrisa y un segundo después, se me hizo un nudo en la garganta.
Y me hizo pensar que este lugar de la Cultura que siempre hace silencio quizás no tiene un solo nombre, porque anda por ahí, por allá y por arriba, aunque yo lo siento bien de abajo.
Somos nómades, decimos acá en casa y podríamos dibujar mapas de la ciudad con lo andado, lo caminado, lo cargado. Y porque nos despedimos de tanto, ya no pesamos nada. Tal vez es así, como dijo la Iara y acabamos de llegar al Espacio.
Voy a intentar pensarlo así. Tal vez el espacio es bien inmenso y bien de abajo. Y si lo pienso así, creo, me siento más chiquita, pero menos sola y más liviana.
11 de junio de 2026
Nota larga al pie:
El 25 de mayo de 2001, firmamos contrato de alquiler del local donde nació, creció y vivió la Galeria arte Argentino. Ubicado en 25 de mayo 810, casi Plaza Italia. Llegué sola con la llave recién entregada, ese feriado puro silencio y no logré abrir la puerta de los nervios que tenía. Los números de fecha y dirección tenían color gesta. Comenzamos con talleres, pero postergamos la inauguración de la galería hasta el 15 de marzo del 2002 por la crisis de diciembre. Me fuí casi de la misma forma, el 25 de mayo del 2005.
Ya nos habíamos mudado en marzo de ese año a la Casa de la Rivadavia. La ví por primera vez con un amigo que me dijo - el espacio no te alcanza-, contesté – lo haremos alcanzar-. Nunca alcanzó… pero fue una trincheraza. Trasladamos allí vivienda, talleres y galería, pero arte Argentino no sobrevivió mucho tiempo más, aunque siguieron los eventos y exposiciones. Allí en Rivadavia 645 estuvimos hasta el 2019. Vivimos a veces unos, a veces otros y siempre, a diario, se hizo Arte, Vida y Cultura. La última exposición fue la primera versión de La máquina oculta de Omar Jury, para la que construyó falsas paredes y pasadizos que desaparecieron por supuesto, junto con la casa cuando fue demolida hace unos meses.
En 2018 instalamos los talleres a una hermosa oficina grande y luminosa, en la calle Pedro Molina 433 donde mis plantas fueron muy felices y fue un gran y bello espacio de encuentros.
En marzo de 2020, poco antes del aislamiento por la pandemia alquilamos un local nuevamente en el pasaje Lombardo al 126 que estuvo obviamente cerrado por más de un año. Lo llamamos Gulubú. El dueño, el arquitecto Jorge Gonella nos ayudo a resistir y permanecer hasta que se pudo volver a activar, además de valorar amabilísimamente nuestro trabajo.
Desde noviembre de 2024 hasta hoy habitamos Ovoide, en calle Perú 868, PB. Una casa hermosa, como en un espiral nuevamente junto a Plaza Italia.
Para todos los seres que imaginan mundos posibles
"He visto lo que elegí y he visto lo que necesito, y eso es suficiente; querer más sería codicia." Björk – Sjón – von Trier
¿Cuantas imágenes somos capaces de soportar? Los que de alguna manera estamos vinculados al arte, conocemos, gozamos y padecemos de la acción potente de la imagen y el acto de mirar. Esta pregunta me llevó inmediatamente a dos recuerdos, dos instancias personales, experiencias como espectador. Cuando por primera vez descubrí las fotografías de Hiroshi Sugimoto, en su serie “Theaters” (Teatros), donde el autor deja el obturador abierto durante toda la proyección de una película hasta condensar miles de imágenes en un único rectángulo de luz blanca, una acumulación de múltiples fotogramas. Y la segunda referencia que pasó por mi cabeza fue la canción "I've Seen It All" (Lo he visto todo), del film “Dancer in the Dark” (Bailarina en la oscuridad) de Lars von Trier, donde plantea una paradoja similar: Selma interpretada intensamente por Björk, nos atrapa de forma paralizante con su música y nos dice que ver no consiste en acumular imágenes, sino en alcanzar una intensidad de experiencia que vuelve innecesaria cualquier otra visión. Esta conexión lejos de aclarar me lleva a pensar en el oficio del artista, a sospechar de las imágenes, en su razón de ser ¿Cuántas imágenes son necesarias? ¿Cuantas imágenes somos capaces de soportar en este mundo contemporáneo?
Sugimoto convierte el tiempo del cine en una única imagen que contiene todas las imágenes y, al hacerlo, evidencia que la memoria no conserva fotogramas aislados, sino una huella condensada de la experiencia, como nuestro proceso creativo. Del mismo modo, cuando Selma canta "I've seen it all", no afirma haber agotado el mundo visible, sino haber encontrado en la experiencia vivida una forma de plenitud que trasciende la necesidad de seguir mirando.
Así, ambas obras desplazan el sentido de la visión desde la representación hacia la propia experiencia. La imagen deja de ser un registro de lo visible para convertirse en el residuo de una duración, una memoria y una afectividad imprescindiblemente frágil y humana. Quizás lo que permanece no es aquello que el ojo logra retener, sino la intensidad con la que el tiempo atraviesa la mirada. En ese punto, nos sugieren que ver no es acumular imágenes, sino condensar una vida en una experiencia capaz de permanecer cuando la imagen desaparece para vislumbrar nuestra humanidad descarnada. Quizás sea el momento de volver a la ceguera y bailar en la oscuridad para poder encontrarnos a nosotros mismos.

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A la escritura, por desafiarme. A mis amigxs, con los que compartimos haceres y andanzas subterráneas, nocturnas descubriendo así, el reverso del mundo.
Entre el borde del papel y el texto, se encuentra el margen. Delimita el área de escritura, en el centro, y evita que se vaya hacia los bordes. El margen de la hoja en los cuadernos es el lugar primario de aclaraciones, ideas, pensamientos, canciones o recordatorios que surgen mientras le damos el uso “oficial” al papel en blanco. Allí aparecen otras lecturas, paralelas o derivadas de las palabras principales, subvierten el orden, arman su propio sentido, en algunos casos hasta tienen ritmo o lírica.
Los márgenes son los espacios que rodean el texto y permiten que la página "respire", también exploran los límites de lo decible: juegan con los espacios en blanco, con la tipografía y las estructuras tradicionales para expresar lo que está fuera de lo instituido. Rompen las reglas canónicas, se desvían de las normas estéticas, llevan la voz de la escritura a espacios no convencionales.
Mientras que los márgenes contribuyen a la percepción del ambiente gráfico, el papel simboliza el tiempo y el espacio. La hoja a cuadros para unificar el tamaño y el orden visual, las rayas para emprolijar la letra y mejorar el pulso; y la hoja lisa, un mapa para desplazarse por fuera de las marcas establecidas. Si se precisa margen, se hace con un recuadro, un círculo, un asterisco, una línea, sino todo queda dentro, condensado: escritura, garabatos, colores y flechas, formas y puntos.
Así con los espacios y proyectos que habitamos.
Empezamos siguiendo lo establecido para luego ir a contramano. Delineando otros caminos, nos encontramos con personas e ideas que se complementan con las nuestras. Ahí, justo ahí, comienza la senda por hacer nuevos lugares que cobijen esos márgenes. Por oposición a los circuitos convencionales e instituciones del arte, la cultura que se mueve en los bordes crece desde la autogestión y el boca a boca, es la herramienta que muchxs encontraron para dialogar con su tiempo y su gente. Allí sucede el under y la contracultura, aunque parezcan conceptos separados, se cruzan en sus inicios y con el devenir, crecen, se expanden o desaparecen.
¿Alinear texto, ajustar los márgenes o reconfigurar la hoja?
Habitar distintos proyectos y espacios, ha derivado en conversaciones en las que el pensamiento se ensancha y se abren nuevos puntos de vista. Este texto se ha nutrido de otras voces, todas amigas. A ellxs, gracias por las palabras: Carolina Rojas, Santiago Mampel, Laura Jara, Kale Pezzola, Dario Manfredi, Cintia Ramos Morales.
El recorrido por los desvíos, los cruces y los desplazamientos comienza en algún lienzo, sobre alguna hoja, pero se expande rápido y se devela como una práctica que potencia ideas, tracciona activismos y, sobre todo, se compromete con su contexto. La autonomía para gestionar los propios recursos, proyectos o formaciones, es una elección diaria, se constituye desde la multiplicidad y el hacer colectivo. Más conocida como autogestión, se rige por los términos de la economía social, abre lugares de encuentro, facilita nuevas propuestas y sostiene formas de aprendizaje recíprocas. La autogestión no es un margen sino una forma activa de reconfigurar las periferias. La descentralización es autonomía en movimiento, por eso nos movemos en redes que se sostienen (en muchos cuerpos y territorios) y se comunican. Ante cualquier coyuntura económica, la autogestión no romantiza la precariedad: la nombra, la enfrenta y se reorganiza colectivamente. Es la prueba de que se puede construir una forma propia, aunque no encaje en los moldes existentes y crea modos alternativos de comunidad. Tránsitos inverosímiles en expansión, pero a la vez personales, capaces de afectar y ser afectados. La autogestión y la conformación de espacios de encuentro, han sido características específicas de la cultura del underground. El término en inglés remite a todo lo que opera fuera del perímetro de lo comercial o masivo. El under no está en la superficie. Hay que hacer un esfuerzo por encontrarlo, a veces está escondido a propósito. Se nutre de lo que nadie quiere o se anima a ver. Tiene también algo de clandestino, el modo es importante, es necesario lo disruptivo. La resistencia puede estar ahí, en la búsqueda de algo que enfrente el individualismo. Con diversas expresiones y trayectorias, estos espacios son legitimados por un público que casi por culto llega a esos lugares. Eso muchas veces genera una corriente que explota y salta a la vista: aquello que ha permanecido en un circuito pequeño y de repente obtiene reconocimiento-fama-repercusión masiva, deja de ser parte para sumarse a una lógica de mercado o al menos a una lógica de consumo. El under irrumpe en la cartografía, sus límites son móviles y sus derivas, afectivas. Bordea al centro, está en los suburbios, se encuentra incluso en las grandes capitales, oculto en sótanos, en casas abiertas, en lugares itinerantes cuyas direcciones son enviadas por mensaje privado, también en galerías de turbia fachada. Sin embargo, cada territorio y cada época, tienen sus matices. Más allá de la democratización tecnológica, de que ciertas propuestas contraculturales fueran absorbidas por la cultura popular, cooptadas por la política partidaria y/o por la espectacularización, siguen estando los márgenes. Líneas de fuga, particularidades y potencias que van desplegándose por resonancia, encaminando esfuerzos en una dirección alternativa.
Maquetar, imprimir, publicar
A Rodri, Anto, Kale, Palo, Zoe, Estefi y Hernán. A los libros y las fotos ♡
Entre dimensiones, tipografías, gramajes y texturas, se encuentran las publicaciones de fotografía impresa. Otra forma de usar la hoja en blanco. Otra forma de decir. Otra forma de hacer cosas con imágenes y palabras. Narrativas visuales con mirada de autor/a/e. La FERIA FOTO LIBROS deviene de deseos, procesos y paisajes. Una grupalidad que se mueve en gerundio y en vínculo. Un cruce de caminos dedicado a mostrar y dar visibilidad a proyectos fotográficos y a sus creadores, invitando a otrxs a revelar su mirada. En 2026 se cumplieron 10 años de Feria, diez años de una comunidad en movimiento. La fotografía impresa abarca todo, crece en forma de publicaciones, muestras, presentaciones, convocatorias, charlas y talleres. El espacio no es fijo, sino itinerante: viajes a festivales, biblioteca abierta, librería online. Esas maneras propias de crear y convidar libros son las que compartimos. Disidentes de la norma, de la forma y los soportes, invitamos a generar preguntas dentro del ámbito de las artes visuales y gráficas, tejiendo redes y articulando propuestas desde tres enfoques: el fotolibro como espacio de desarrollo del trabajo fotográfico; la perspectiva de género que impulsa y visibiliza a mujeres y personas de la comunidad LGBTTIQ+; y la mirada latinoamericana que prioriza a autores y narrativas de la región.
Un proyecto vivo con frecuencia errática y situada, más no delimitada. Concebimos a los lugares por regiones, no por divisiones políticas y a la intermitencia como modo de gestión: nos reunimos, acordamos, producimos y luego, el descanso. Un tiempo para recargar energías, continuar otros proyectos, dedicarse a los respectivos laburos, hasta la próxima edición, convocatoria, feria o invitación que llegue.
Hay circuitos que son inconmovibles y mejor no recurrir a ellos. Pero hay otros que es necesario apropiárselos. No solo porque ofrecen estructura, sino también por el alcance: es la oportunidad de acercarnos a otrxs, promoviendo así una socialización del arte, nuevas redes y solidaridades. También pueden ser una gran caja de resonancias, de articulación con públicos, audiencias, personas que de otra manera no se hubieran cruzado. Un desvío que introduce nuevos sentidos, relatos visuales en un tiempo y espacio compartidos, abiertos a una re-significación permanente.
Sostener durante 10 años la FERIA FOTO LIBROS es celebración, también resistencia. El contexto económico y social va empujando movimientos de repliegue, trinchera y refugio para encender fuegos donde el frío y el hastío horadan huecos. Como grupalidad, atravesamos momentos de mutancia e incertidumbre, sin embargo, la fotografía y los libros siempre nos convocan. Con cada oportunidad de intercambio se alimenta el entusiasmo. Es vital practicar el verbo, no solo desear el sustantivo: cuestionar las prácticas, las motivaciones, volver al origen, revisar el archivo. Ir hacia adentro, cuidar lo afectivo, desde ahí crear juntxs: sea una nueva edición, una muestra o una publicación colectiva. Hace un tiempo buscamos una identidad que nos defina sin fijarnos, un nombre que nos abrace como queremos. Apareció sacando el artículo que unía los sustantivos. Un mínimo gesto, que más que definir, concibe lo indeterminado.
Nos gusta lo amorfo porque está vivo.
Porque muta.
Porque en el desborde, está el horizonte.
Junio y julio 2026
Cámara digital impresión térmica - Registro de Edición Aniversario - Estefanía Acosta Quinteros
A mi cuaderno verde, muerto joven como un soldado adolescente en cumplimiento del deber
Mi cuadernito verde está poco usado. Yo tengo muchos cuadernos, uno para cada cosa, es algo que mi psicóloga usa constantemente para referirse a mi incapacidad de emprolijar mis pensamientos: “vos y tus cinco cuadernos, uno para cada cosa”. Yo entiendo. Entiendo que a veces hay que unificar las cosas en una sola, que hay que sentir que los aspectos de la vida de una son partes de un todo, no partes y ya está, no hace falta realmente segmentar la mente en mil cuadernos diferentes. Pero es que yo también soy muy sentimental. Cada objeto que llega a mis manos tiene que ser especial y único, quiero que sea especial y único, quiero que tenga su título, casi como si tuviera un nombre. No me gusta ponerle nombre a objetos inanimados igual, pero quizás sí un título: mi cuaderno de pensar, mi cuaderno de listas, mi agenda, mi cuaderno marrón de escribir intimidades, mi cuaderno verde de escribir pensamientos artísticos. Así cumplo con mis compulsiones, tanto la de usar todos los objetos mononos como la de sacar todas las ideas que habitan en mi cabeza.
Pero bueno, eso, mi cuaderno verde (el de escribir pensamientos artísticos), está muy poco usado. Quizás es por la etapa de la vida en la que me hallo, lease, un agobio permanente de tareas violentas y ocupaciones dulces que consumen mi vida y mi tiempo. Casi no tengo tiempo de sentarme a ser, a pensar, a escribir. Este mismo ejercicio que hago hoy, ahora, cuando me siento a escribir esto (no cuando lo leo o ustedes lo leen), es algo que no hacía hace, fácil, tres años. Que no es tanto tres años, pero mi vida ha cambiado tanto en ese tiempo que no puedo menos que reconocer que quizás es un poco triste haber dejado la escritura siendo que es algo que apreciaba lo suficiente como para tener un cuadernito verde para ello. Termino asignando palabras solo a lo útil, no a lo bello (mi cuaderno de listas está mas que lleno).
Que no es que no he usado mi cuadernito verde, tiene una serie de cosas en él: tiene un post-it que tenía pegado en la pared de mi casa anterior en el que describo un sueño que una vez me quise acordar, tiene otro con formulas matemáticas que usaba en 5to año de la secundaria, que lo hice en pandemia, así que los ayudamemorias vivían en el escritorio de mi pieza. Tiene un sticker abstracto que me dieron en el museo del PROA ¿En que contexto me habrán dado un sticker en un museo? No se, pero se que no estoy equivocada. Tiene muchas flores secas, santas ritas, flores de paraíso, yuyos silvestres color de rosa. Tiene una gillette en el bolsillito de atrás. Le faltan hojas que he arrancado para otros propósitos. Tiene textos muy breves, escritos con diferentes cosas y diferentes colores, entre ellos uno en particular, el segundo, uno que escribí en un momento muy puntual de mi vida, un momento muy efímero que quise dejar registrado.
Mi propósito en realidad era revisitarlo, escribir hoy en base a ese texto de hace dos años… algo, no pensé realmente que. El problema es que hoy, sentada frente a la compu, me planteo abrir el cuadernito verde y hacer el trabajo de leerlo, situarme en ese contexto, dignarlo con una reinterpretación, y yo no se si eso es lo que quiero. Yo no se si deseo que ese texto escape de la noche en que, desesperada por preservar la sensación, escribí, borracha y cansada, dos párrafos de descripciones de la casa donde me encontraba. Cuando he hecho el ejercicio de volver a aquel momento, mi recuerdo siempre termina en una eventual nostalgia penosa por aquello que ya no es. Porque la realidad es que la estructura que sostuvo esa dicha de verano ya no existe, no existirá, y me alegra que no exista. Yo creía que aún quedaba alguna memoria que podría tener ganas de revisitar, pero mi cuadernito verde está tan marcado por ese momento que siento que si lo abro se va a escapar la alegría que aún conservo de recordar aquellos tiempos que resultaron tan desdichados al final.
¿Por que será que los objetos conservan tanto de lo que ponemos en ellos? Si de algo me alegro es que ese estancamiento es prueba de un hechizo que yo puse aquella noche, queriendo guardar un momento en un cuaderno, desconfiando de mi capacidad literaria para hacer una transposición poética de cosas que no podía siquiera poner en palabras, deseé con mucha fuerza poder, de alguna manera, pasase lo que pasase, retener la sensación de absoluta dicha de una noche que prometía todas las bellezas y todas las bondades.
Hoy las bondades salen de otras partes, y mi cuaderno verde existe de cárcel perpetua de esas ilusiones abandonadas por mi rabia. Quizás por eso no uso más el cuaderno, quizás por eso no escribo en él. Porque la realidad es que el impulso de escribir siempre está ahí, latente, a veces avasallante, siempre se las arregla para terminar colonizando mis otros cuadernos que no tienen nada que ver. La verdad, la falta de cuaderno no ha generado una sequía en el pensamiento. A veces me veo en la necesidad de arrancar hojas de otros cuadernos para vomitar un impulso de escritura que no coincide con su contenido, para poder escribir sin romper la santidad de su propósito. A veces lo que es una divagación púramente académica u operativa en mi cuaderno de pensar evoluciona hasta ser una maraña de pensamientos desconectados que quieren ser poesía. Constantemente siento la necesidad de poner en otros lados aquello que yo quería agrupar entero en mi cuadernito verde de pensamientos artísticos. Pero no pude abrirlo ni para hacer un borrador de esto, tal es el bloqueo que me causa haber hecho un rezo tan específico sobre él.
Quizás no es que le he agarrado idea al cuaderno. O sea. Si, hay algo de eso. Pero quizás el planteo de limitar todo un rubro de mis pensamientos a un solo lugar no tiene tanta lógica ni efectividad cuando el principal motivo por el que yo quiero escribir es para mostrarselo a alguien. La privacidad de los cuadernos no va con mis impulsos de showgirl, ni con mis ganas inherentes de hablar de todo lo que hago.
Así que quizás este texto ha sido una forma de desprender mis espectativas de mi cuaderno verde. Ahora lo veo y es más como una casita. No me quedo realmente con impulso de agarrarlo para tratar de llenarlo de nada. En cierto modo me entristece el panorama, porque si bien para mi el desenlace es uno de paz, para mi pobre cuaderno verde es uno de vacío y desocupación. Pobre cuaderno verde, espero que considere noble su trabajo, espero que entienda que hoy ya no es un lienzo en blanco, es un hechizo de preservación, es una cápsula del tiempo, es un motivo para que yo busque otros lugares para poner mis palabras en orden, que lleguen a gente, que generen algún tipo de crecimiento en mi mente estancada.
“Dedicado a las almas inquietas de una ciudad dormida, para la reparación de nuestro futuro, para el caos de nuestro presente, para les que soñamos con poder hacer más, de todo lo que se construye, de todo lo que cae”
Miramos este cielo como una señal, levantar la vista del cemento es asomarse entre la arboleda que nos corta la visión. Siempre le digo a mis amigues viajeres que en esta ciudad hay que mirar hacia arriba, ahí se esconden las cosas importantes. Ver solo hacia adelante también es útil, suele estar ahí la cordillera como un límite inamovible, un recordatorio, para mi, hasta donde puedo llegar, para otrxs hasta donde termina ésto y comienza aquello.
Un texto que hable de todas las vidas que soporta una vida, un texto que cuente todo lo que soporta la materia bajo la presión de la fuerza, una enumeración de la búsqueda.
A lo largo del tiempo intentando entenderme como un obrero cultural he ido reconociendo más esa frase que se nos salía de los ojos en un tiempo a muches, era un mantra a la decepción, como “Que dificil es hacer cosas en esta ciudad de mierda” o una más trágica idea “Nos vamos a morir antes de que podamos lograrlo, nunca es suficiente. ¿Acaso nadie piensa en nosotres? ¿nadie nos escucha? ¿A dónde vamos a parar?”
He pateado durante mucho tiempo esta ciudad, reconociéndo en mis pares, esas ansias casi de niños perdidos, jurábamos orfandad, donde las cinco plazas que rodean el centro nos vieron crecer, enamorarnos, besarnos, odiar, llorar, dormir, sentir deseo y solo poder expresarlo con un cariño, enojarnos con la vida, con lo injusto de la vida, vagabundear buscando identidad, buscando familia, buscando venganza, buscando justicia. Hace unos diez años la vida cultural era distinta, igual de dura pero mucho más selectiva, clasificaba de más -a mi gusto-. Recuerdo las horas sentada en el patio de un amigo, escuchándolos hacer música, escuchándonos estudiar, escribir, sintiendo la insuficiencia, como si no fuéramos lo suficientemente buenos, compartimos nuestro arte como mendigos, prisioneros, puertas adentro soñando en grande, lo mejor era que no teníamos tanta presión y nos sobraba un poco más el tiempo, mirar por horas las nubes, sentarse a ver la gente pasar, inventar historias, que después alimentaban el cotidiano de inspiraciones ajenas.
El circuito cultural siempre ha sido como el arenero de los juegos del Parque Central pero en arenas movedizas, en vez de esas arenas cubiertas de mugre y orines varios. Osea todo cimiento siempre cae o se absorbe a un agujero negro. Se lo adjudico a la cercanía que tenemos con el sismo, los terremotos, a las construcciones de adobe, a las grietas de nuestra tierra. Yo esto no lo sabía, como me cuesta soltar, soy un aferrado a la vida, muy en contra de mi propia voluntad, nada me detiene excepto el derrumbe. Que trágico ver caer la torre.
Lo difícil siempre estuvo en cómo se logra sostener, que nunca supo contenernos. Una ciudad que expulsa a la juventud, que la condena a vivir al margen de la identidad propia, totalmente vintage bajo la sombra de quienes sí vivieron (según ellos) mejores años y así por los tiempos de los tiempos. Algunes crecimos bajo las sombras de los jóvenes trash de los 90tas, otres bajo la idea más glam de los 200miles, y aún hoy en día te van a decir que esta ciudad era mejor en el 2016 rodeado de tribus urbanas más rurales que Malargue. Como si cada cierto tiempo nos resignamos a la vida “adulta” es decir obrera, rutinaria, donde siempre un amigo hace ese chiste de las rodillas, el pelo que se cae, etc.
Y entre aquelles, que empiezan a pensar por sí mismos, terminan o dejan el secundario, empiezan una carrera, o dejan la carrera, quieren formar su banda, su legión de basket, su grupo de volley con poesía y barra libre toda la noche, sus fiestas techno, punk, perreo, marikoteca, anarcotroskobachatero. Entre esos grupos, mientras une se va y otre llega, existen uno dos años donde el territorio se vuelve mas esteril, difícil de habitar. Quizá gracias a esos que critican a otros a conciencia de que solo se aburren, los proyectos caen y la esperanza es lo mínimo, como en no terminar todes bailando en un boliche una canción horrenda que ya no mueve ni al más romántico empedernido del pop.
La auto extinción de la cultura la hemos visto mil veces, lugares que abren empiezan un año con fuerza, todes apoyamos la idea, vamos a sus inauguraciones, apoyamos emocional, económicamente. Otres solo ven competencia, el espacio sigue y sigue un tiempo, y si no se logra desarticula un fenómeno que yo llamo “el talón de aquiles cultural”, todes tenemos una debilidad, la idea no es ocultarlo sino fortalecerlo, los espacios que no prosperan es porque en verdad el desgaste que exige trabajar culturalmente en ciertas condiciones, no se llega a pedir ayuda a tiempo, nos empujan a tal límite, el deseo primordial se extingue y no queda nada por que luchar. Abren, viven, se habitan, cierran, empieza el ciclo nuevamente en otro lugar. No tengo una solucion, me he visto ahí, con las manchas de pintura del techo que arreglaste o de la ventana que acomodaste, o del jardín que levantaste, de la biblioteca armada, de las horas de limpieza a una alfombra que tenía una ciudad de ácaros, de la grasa refregada de la cocina, mirando como se rompe todo por dentro, como pican tu esperanza y vacían de tus recuerdos el living, alguien, algo, en el mejor de los casos se reconoce a tiempo que no hay futuro, se extirpa sin dolor, pero te traen esa noticia, siempre fulminante, un clásico “esto no da para más” que la plata, que el alquiler, que la familia, cualquier razón. Está bien lo nuestro solo era un sueño, para algunos termina cuando despiertan.
Algo que puedo aconsejar es intentar ser lo más trasparente con sus intenciones, algunos hacen desde la necesidad de hacer o de encontrar algo que no existe, de imaginar el lugar al que quieren ir, mientras otres porque desean otras cosas (casi siempre es el clásico, fama, guita y rockanroll). Ojo ambas opciones son válidas, muchas veces con una se llega a otra pero siempre está bueno saber cual es el fin así no chamuyar el medio. Mi consejo como habitante de las ruinas, como el último humano en pie que quedó en cada rincón de esta ciudad bombardeada por el sismo cultural del consumo, la gran boca de saturno que nos engulle la identidad devorando como a sus hijos, nos cala hondo nos recorre el cuerpo, nos deja tirado como una bolsa de hojas secas, nos explota hasta llevarse la última gota de sangre. Soltá, soltá, no te quedes ahí.
De saber irnos antes llegamos temprano a otros lados, re dificil, esto no es una petición, de esas que mandan a grupos de whatsapp donde nos piden una firma así no nos venden las tierras o el agua, ni un poema, ni un ensayo, casi que parece una carta abierta a que no dejen de enfrentarse a la vida, nada más impotente, vivir resignado a habitar un lugar que no tiene lugares, para algunes sí, para otres no, mira que he visto a los más monstruos y las más duras abrir lugares donde hasta el cheto mas cheto vino a llorar cuando le dolía un poquito el hombro “dale pasá aca no juzgamos a nadie” pero no tiren la piedra y escondan la mano, dejen ver todas las hilachas, tiremos de ellas hasta deshacernos en pedazos.
Miramos el cielo, pidiendo ayuda, lo miramos como desafiando algo que existe más allá. La mayor parte de la vida es aprender a no taparse la cara para llorar, o al reírse, estar en paz un rato. Miramos el cielo como quien quiere un milagro en los últimos 4 minutos de partido, como si algo mágico nos rescatara de recibir (por estar con la cara pasmada, mirando a la nada) la cagada de paloma que llega como un mensaje de libertad, nadie está exento, no siempre llegan los mensajes divinos que esperamos. Solo un soplo de realidad que nos advierte dónde estamos parades, hay que saber de dónde viene uno para saber a donde va, no es una cuestión de subir o bajar, es un recurso de orientación poética.
Deseo que puedan entrar a cada espacio sintiendo que es suyo, que puedan ver la noche y el dia y la tarde, que no les falten estaciones, ni paisajes, que siempre tengan un rio cerca, que las montañas les abracen, que puedan perderse por un rato entre medio de la higiene de los bancos, les deseo el caos, les deseo el amor, ojalá nunca les falten las palabras, deseo que se equivoquen, mucho, tanto mas que uno y que otres. Que al final del día no les quede remordimiento. Espero continúen escribiendo de aquí para abajo ustedes, yo voy a seguir intentando que no me traguen los yuyos, no devore la maleza, que no me arranquen del asfalto.