«(...) pero que el conocimiento del infinito sea más sobrenatural o más sorprendente, y más difícil de concebir que el conocimiento de lo que es finito, es lo que no veo de ningún modo, e incluso es contrario a lo que cada uno de nosotros podemos experimentar por nosotros mismos todos los días. Pues no hay nadie que no conozca ni conciba fácilmente la extensión: la extensión, por ejemplo, de un pie, la extensión de una toesa, o si se quiere, la extensión de una legua, o de dos o tres leguas. También nos es fácil conocer o concebir además una extensión de mil leguas, y de cien mil leguas, y finalmente una extensión que no tuviera fin, y que por consiguiente sería infinita, pues por lejos que se pudiera pretender concebir un fin, o un límite, siempre se concibe, sin embargo, claramente, y se concibe incluso fácilmente que siempre habría un más allá de los dichos límites y un más allá de dicho fin, y por consiguiente que seguiría habiendo extensión e incluso una extensión que no podría tener fin, y que por consiguiente sería infinita, ello se concibe con absoluta naturalidad y facilidad.»
Jean Meslier: Crítica de la religión y del Estado. Ediciones Península, págs. 145-146. Barcelona, 1978