[EN TL] [May 19, Maruzensky Birthday]
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maruzensky
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These Maruzen pens were the first Japanese pens I have seen with a direct copy of a Sheaffer Triumph nib, but they were not alone. There are Navy brand and several unbranded pens with similar conical nibs. These post World War II Athena pens are examples of Maruzen’s return to making quality pens. One line is clearly inspired by mid 1940s Sheaffer Triumph fountain pens to the degree that they have a similar conical nib, ribbed nib section, and balance shape. They look like Japanese Sheaffer pens in the same way that many other companies copied Parker 51s. The second Athena line has a cap and barrel shape and style more like the 1940s Parker Duofold, though without the striped plastic. Removing the cap reveals the same Sheaffer Triumph style nib and section as on the balance shape pens.
Read the story about these interesting pens here:
Es otoño, a finales de octubre, así que a las cinco ya es de noche en las calles y no se distinguen las caras de los transeúntes; sin embargo el resplandor del crepúsculo parece demorarse en la oscuridad del anochecer y las farolas eléctricas no acaban de imponerse. Como resultado parece más de noche de lo que realmente es. La gente que va y viene, cada uno a lo suyo, testimonia el ajetreo propio de la hora en esta zona donde todo se rige por el reloj. Las calles pavimentadas con bloques de madera hacen resonar los zapatos y zuecos, el racheo de los geta de buen tiempo. En el leve fulgor las formas oscuras pululan como en una aguada de tinta. Sólo los tranvías pasan broncos arrojando ruidosamente al fosco exterior la luz de su interior. Bajo aquella luz se ven rostros mudos y apelotonados.
De vez en cuando se levanta una ráfaga de viento que barre todo el ancho de la calle, como si de pronto recordara de que tal es su cometido, calando quejosa el meollo de la gente y recordando a todos y cada uno de los que transitan por la calle, y a los que se apiñan oscuramente en los cruces esperando el tranvía, que el corazón de la ciudad donde se encuentran queda muy lejos de sus hogares. Entonces todos sienten la angustia de quien ha sido abandonado a su suerte en el mismo centro de la urbe, y se arriman a quien tienen delante o detrás.
El tiempo es antes del gran terremoto, todavía hay algunas tiendecitas —relojerías y mercerías— en la calle principal, entre el tercer chōme y el puente Nihon, junto a Yamamotoyama —el venerable comercio de té— y frente a la librería Maruzen, pero en su mayoría son grandes empresas que al anochecer bajan sus cierres de acero, prestando al área comercial cierto aire moderno que no desentona del todo con lo tradicional. Muchos de los edificios son de estilo europeo, pero hasta el de Maruzen —por cuya puerta trasera salgo yo ahora— tiene un tono herrumbroso, y asimismo la sede del club Nozawa, en la esquina opuesta, es un edificio europeo de ladrillo rojo que se ha quedado ya antiguo aquí en Nihombashi.
Y no sólo los edificios son viejos. Las pertinaces y rancias tradiciones del viejo Edo siguen arraigadas por todo Nihombashi. Están las tiendas como Yamamotoyama, con su mastodóntico tejado, su ancho pórtico abierto, y su piso de tatami. Sus empleados, sobra decirlo, visten quimonos rayados y mandiles. Y no es un caso aislado; incluso en la librería Maruzen —que sin lugar a duda se vanagloria de ser el único importador de libros extranjeros de la nación y de atraer a su tienda a la élite de la intelectualidad japonesa— casi todos los trabajadores llevan quimono a rayas y delantal. Y muchos de los clientes calzan geta. Por eso en la entrada hay dos ancianos que se ocupan de guardar el calzado. Ambos son del tipo apacible y discreto que hace que te preguntes dónde tienen la gran suerte de dar con gente así. Lo que no significa que sean serviles, en absoluto. Uno, de refinados rasgos, tiene el cabello todo blanco y siempre muy corto. El otro es algo más joven y más bajo, con un aire de postración en su rostro chato, aunque no siempre. Ambos caminan como quien nunca en su vida se ha puesto zapatos: levemente encorvados y a pasos medidos e iguales. Al entrar en Maruzen ves a ambos lados hileras de sandalias de paja con correas rojas; los clientes que llevan geta los cambian por éstas al entrar y obtienen de los ancianos la correspondiente papeleta. Los que calzan zapatos tienen a su disposición unos chanclos color ocre que se ponen encima. Las calles de Tokio hacen necesarias todavía tales precauciones.
Los tejoletazos de los geta de zanco alto que se mezclan con las otras pisadas por la avenida principal de Nihombashi, justo después de dar las cinco, son los de los dependientes de quimonos rayados. Las dependientas calzan los geta de tacón bajo. Por entonces una mujer que podía mecanografiar en inglés era alguien de consideración; entre las demás mujeres trabajadoras dominaban las dependientas. Quizá fuera por la gran cantidad que empleaban los grandes almacenes como Mitsukoshi, Matsuzakaya y otros. Se las distingue a primera vista. Hasta en Maruzen, donde se demoraron más en contratar mujeres, trataron de amoldarlas a la fuerza al estereotipo de dependienta, con el pelo recogido en un peinado abombado y exótico, y por lo general una faja de muselina muy alta en la cintura. Detrás del mostrador se ponen un guardapolvo morado de algodón encima, con un chapa numerada prendida en el pecho.
Ahora salgo del trabajo y voy camino de casa, así que no llevo la bata, sino un quimono listado de fábrica con un diseño rojo jaspeado, ceñido con una faja teñida por reserva. Mi colega viste más o menos lo mismo. Quienes nos ven por la calle saben que somos dos dependientas recién salidas del trabajo que vuelven a casa. Somos meras comparsas de la viñeta de fin de jornada que se desenvuelve borrosa ante sus ojos al viento de otoño, mientras cae la noche en la ciudad. Cuando las dos cruzamos la viva luz que sale a la calle desde el interior de Yanagiya, en la esquina, con sus coloridos expositores de tembladeras de flores, pañoletas para moño y sofisticadas estolas exclusivas, varios empleados nos adelantan dejando caer con guasa: «Pasamos delante, si no tienen inconveniente». Eso es todo. Nadie advierte en mi figura, que se aparta de la claridad de la mercería, que mi faja va anudada más bajo de lo habitual y propio de una dependienta. Solamente yo lo sé. Ni siquiera mi colega sabe que mi mapa de Tokio se extiende desde Ikenohata, en el distrito de Ueno, hasta Nihombashi; y que he hecho mis pinitos de transformista, pasando de camarera en un pequeño restaurante tradicional a vendedora de la prestigiosa librería Maruzen.
Sata Ineko

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マルゼン KG9ガスブロのやつ