Se encontraba en aquella disposición anímica en la que no sabía si saldría a comer helado o cometer una felonía. Al final, optó por decidirlo en su auto, durante el trayecto hasta el parque de diversiones. Como todo lo que articulaba Stell, no había nada librado al azar, ni siquiera el sitio, habiéndolo citado en un espacio público para mantener a salvo a Snyder de sí mismo. Aunque su vestimenta, comparada con la habitual, resultaba cuestionable: entre las gafas de montura cuadrada y la gorra de béisbol, lucía sospechosamente parecido al Joe Goldberg de «You».
¿Por qué para esta ocasión vestía como un asesino en serie? La respuesta era dudosa.
Aguardó con exasperación en la entrada; esperaba que, encima de todo, Mark no fuese del tipo impuntual. Apenas distinguió su figura entre la multitud, lo siguió por unos metros desde lejos y tras aproximarse por sus espaldas, lo arrastró consigo hasta la atracción de las tazas giratorias, empujándolo al interior. “Tú y yo deberíamos tener una conversación”, no tardó en arrepentirse tras percatarse de las reducidas medidas, especialmente para dos adultos. “Antes quiero que disfrutes de un paseo seguro, con la experiencia completa” sugirió, acentuando en los adjetivos positivos mientras se aseguraba de de cerrar la puerta, evitando que su compañero lo abandonase. Seguro que Stell podía verse ridículo encogido en una tacita de té rosa que comenzaba a rotar, pero sus ojos tenían el brillo depredatorio de un tigre de bengala mientras le mostraba, entre su diestra, el celular de su hermana menor.