Me alimento de la espera, de esa pausa sagrada entre el deseo y la entrega. He devorado bibliotecas enteras buscando este sentimiento: una adoración que no pide permiso, un cortejo que se arrastra con la elegancia de un verso de Byron y la pesadez de una lápida de mármol.
Amo el peso de tus presentes; cada objeto que depositas en mis manos es un fragmento de tu voluntad que ahora me pertenece. Los guardo con un celo religioso, como reliquias de un santo que aún no sabe que ha muerto. Me gusta imaginar que tus regalos son hilos invisibles; con cada uno, envuelves mis muñecas, mi cuello, mi aliento.
No busco un afecto mundano. Quiero esa devoción absoluta de las novelas de antaño, donde el amor es un altar y el amante un sacrificio.
Búscame en la penumbra, donde el romance se confunde con la vigilancia. Quédate ahí, observándome en silencio, hasta que mi sombra sea solo una extensión de la tuya.
Porque en mi mundo, la mayor prueba de amor no es el beso, sino la renuncia total de tu libertad ante mi puerta.












