Asesinato
Fui asesinada por cuatro manos que viven sin consecuencias. Dos que fingÃan amor mientras bordaban traición, y otras dos, de alguien que nombre ni siquiera puedo pronunciar.
Desgarraron mi alma.
Mientras yo intentaba bordar cada puntada de un futuro que ustedes condenaron mientras solo jugaban a sentir el filo, y ese filo resultó estar sobre mi piel abierta.
Mientras yo imaginaba un hogar, ustedes sellaron una traición envuelta en sudor. Mientras construÃa lo que creÃa real, ustedes desmoronaban mi alma con caricias.
Cada risa, cada mirada compartida en la sombra, fueron cuchillos que abrieron mi piel y me partÃan en pedazos sin siquiera estar presente.
Las sábanas donde se buscaron no eran neutras: eran mi tumba blanca. El colchón fue altar y crimen, y el asesinato se perpetuó cuando mi nombre ni siquiera fue invitado al juicio donde me condenaron sin derecho a réplica.
Sus manos no me tocaron, pero me dejaron heridas abiertas que aún supuran. No hubo inocentes entre ustedes. Ambos son igual de culpables y llevan sangre de mi cadáver bajo las uñas.
La culpa no borra lo que siguieron a plena conciencia, mientras yo, lejos, me desangraba por la espalda.
Cuatro manos rompiendo algo que solo dos sostenÃan a la distancia. Y la sangre que brotó de mà fue el precio del deseo efÃmero que eligió antes que a mÃ.
El calor los encegueció, el placer les amputó el recuerdo, pero en mà quedó intacto el momento que no vivÃ, pero que me asesinó el alma igual.
Y ahora estoy aquÃ, escuchando arrepentimientos como si no fueran ustedes quienes apretaron la cuerda que me colgó de la decepción, como si en mi asesinato sus manos manchadas fuesen las que más sufrieron, como si no estuviesen bailando sobre mis huesos ya quebrados en la escena que no vi, pero que lastimosamente recuerdo.
Tres noches de mentiras.
Dos miradas que no saben sostener la mÃa.
Y una sola fosa: la que cavaron entre los dos para enterrar mi amor, mi fe, mi nombre, y mi cuerpo inerte.
Y ahà sigo, con la tierra hasta el cuello, viendo cómo ella se aleja con las manos limpias, y tú bajas la mirada, mientras yo cargo la lápida de algo que solo yo sufro, y el cadáver de alguien que no estaba lista para morir en manos tan sucias como las suyas.

















