L 182
Aunque, para mi estupor perenne, no figure en las filmografĂas, en los libros sobre Bergman o en lo que la pereza ha convertido en mayoritaria obra de referencia y consulta mundial (IMDb), Ă©ste (1) es el Ăşnico tĂtulo verdadero (en la claqueta (7) se lee, manuscrito con tiza) de la pelĂcula conocida, segĂşn los paĂses, como "En passion", "PasiĂłn" o "The Passion of Anna" y otros "alias" que nunca han gozado de un cartĂłn en los tĂtulos de crĂ©dito originales, sino que suelen aparecer, fantasmalmente, como subtĂtulos de "L 182"... o de la nada, cuando de la copia se han suprimido los fotogramas inmediatamente precedentes al letrero "En film av Ingmar Bergman", "un film de Ingmar Bergman" (como sucede en (2), extraĂda de mi copia en DVD).
Asà es como la vi por vez primera, en el Festival de Valladolid, y la he visto cada vez que he encontrado una copia no mutilada (en algunas, como la inglesa, han sido cortados planos importantes, con la excusa de que mostraban - obviamente, ya que es uno de los temas que aborda - crueldad con animales... que parece importar más a algunos que la sufrida por seres humanos).
Si insisto en este “detalle” no es por manĂa historiográfica ni por obsesiĂłn de precisiĂłn filmográfica, aunque tambiĂ©n, sino porque pienso que altera la visiĂłn de la pelĂcula y dice algo acerca de Bergman, por un lado, y de los distribuidores y demás mercaderes del cine, por otro. No es lo mismo enfrentarse con algo cuyo tĂtulo es una mera matrĂcula, el largometraje 182 de la Svensk Filmindustri (no sĂ© contando a partir de cuándo, y no he visto otra de Bergman ni de la SF que lo indique), variante despersonalizada del aĂşn reciente (seis años) "Otto e mezzo" de Federico Fellini, sobre todo siendo - como es - una pelĂcula que se presenta abiertamente como tal, y no como un fragmento de realidad, que con una que, en abstracto, indeterminadamente, o determinada y singularizada arbitrariamente (de padecer alguien en la pelĂcula, Âżpor quĂ© no Eva, o Andreas, o sobre todo el secundario Johan, o incluso Elis?), evoca de nuevo la tendencia contenutista y el aprovechamiento ideolĂłgico doloso de los que ha sido vĂctima, desde 1956, el cine de Bergman, convertido en “religioso” (y en España hasta en “catĂłlico”, lo que ya tiene bemoles) o, cuando menos, englobado en la lĂnea jesuĂtica marcada por Paul Schrader en un libro misteriosamente cĂ©lebre (y que encuentro francamente infumable), en “trascendental” o “trascendente” (en cualquier caso, “serio e importante”).
No es que "L 182" sea una pelĂcula violentamente – como birriosamente se dice ahora - “deconstructiva”, seguramente no es tan “radical” y “contestataria” como otras y como muchos (¡justo tras Mayo del 68!) hubieran deseado o hasta (los más fatuos) exigido (Âżcon quĂ© derecho?), pero digamos que continĂşa y prolonga una tendencia autoreflexiva y distanciadora (aunque no por ello necesariamente “brechtiana”), reciente y progresivamente afianzada en Bergman despuĂ©s de la celebrada “trilogĂa”, precisamente desde la muy subvalorada "För att inte tala om alla dessa kvinnor (Esas mujeres, 1964)" y hasta ese momento ilustrada, en grados diversos, por "Persona (1966)", "Vargtimmen (La hora del lobo, 1967)" y "Skammen (La vergĂĽenza, 1968)". Es decir, que el Bergman de esos años - en una de esas impresionantes series de obras maestras con las que a veces nos sorprenden los grandes maestros - ha abandonado el clasicismo (austero o barroco, segĂşn el caso) de años anteriores y ha dejado de presentarse como un registro transparente y continuado de una parte de la realidad, estructurado en forma de historia o de pieza de teatro. Desde el punto de vista de una supuesta (Âży fijada por quiĂ©n?) ortodoxia narrativa, Bergman pasa de gran narrador y dramaturgo a deficiente e ineficaz en ambos terrenos. Es como si Bergman hubiera perdido (además de, supuestamente, la fe) la confianza en sĂ mismo y dudase.
Esta permanente inseguridad, vacilaciĂłn, interrogaciĂłn, que puede desconcertar y decepcionar a algunos, a mĂ me merece todos los respetos, pues veo como evidente que no es una pose “modernista” ni está motivada por el oportunismo (a menudo agresivo para el espectador) tan extendido en aquellas fechas, y además la encuentro tan comprensible (si no ineludible) como interesante. No ha sido Bergman nunca (en sus declaraciones) un “fan” de Godard - más bien al contrario -, mientras que Godard sĂ era un admirador confeso de Bergman por lo menos desde 1958 (su artĂculo "Bergmanorama" sigue siendo interesantĂsimo y hasta profĂ©tico), pero el caso es que precisamente en estos años los respectivos cines de ambos se acercan, en lo que yo tenderĂa a considerar un proceso de influencia mutua y recĂproca, dijera lo que dijera Bergman. Detecto tambiĂ©n otras dos influencias básicas en este Bergman se dirĂa que involuntariamente “moderno”, una reconocida, la de Luis Buñuel, y otra tan silenciada como evidente, la de Alfred Hitchcock (veo en "L 182" citas de "Psycho", "The Birds" y "Marnie"). Bueno, y el cierre de la pelĂcula – aunque con antecedentes muy remotos en la filmografĂa del propio Bergman – parece evidentemente sugerido por "Wavelength (1966-7)" de Michael Snow (no deja de ser significativo que lo que a ciertos vanguardistas les ocupa toda una pelĂcula, a Bergman o Antonioni les dĂ© para un plano o una escena como mucho).
Creo que podrĂa organizarse una especie de interesante ciclo retrospectivo con algunas obras de los años 60 de Hitchcock, Buñuel, Bresson, Rossellini, Bergman, Antonioni, Godard y Rivette que permitirĂan descubrir curiosas afinidades y tal vez ocultas influencias, ciclo que, me temo, resultarĂa hoy tan revelador como deprimente, ya que la mayor parte de las pelĂculas, que entonces se produjeron y estrenaron con normalidad, hoy serĂan irrealizables y, en todo caso, inestrenables, lo que reafirma la mĂşltiple sensaciĂłn de caminar hacia atrás, hacia el pasado, en sentido opuesto al que siempre se considerĂł el curso de la historia, que se observa ya en otros muchos terrenos, más vastos que el cine.
Esa interrogaciĂłn bergmaniana se detecta ya a los pocos minutos, cuando una voz en off – no casualmente la suya – presenta al personaje en el que parece centrarse la pelĂcula, Andreas Winkelman, y se hace brusca y brevemente manifiesta cuando el actor (Max Von Sydow) que lo encarna habla de Ă©l y de la dificultad que supone representarlo. Este proceso se repite otras tres veces, con los otros personajes fundamentales. Es algo que hoy resulta impensable, pero entonces apenas sorprendĂa levemente. Bergman consigue, además, mantener la tensiĂłn pese a esas rupturas de la homogeneidad dramática, e incluso crear, mediante brutales elipsis, una suerte de suspense adicional, no ya sobre los personajes, sino sobre la pelĂcula misma.
Publicado originalmente aquĂ:Â http://postcefalu.blogspot.com/2013/06/l-182.html












