Bitácora del desempleo 3: duelos, idiomas y castillos de naipes.
Creo que los duelos siempre tienen que ver con el tiempo. Se sufren porque el proceso de encontrar qué hacer de nuevo con tu tiempo es tortuoso e incierto. ¿En qué y con quién invertirlo? Porque uno edifica castillos de naipes e invierte tiempo en ello, y si se desmoronan, o no funcionan, o desaparecen, debemos hallar de nuevo la voluntad para construir otro... ¿pero cómo hacerlo sin temor? ¿Cómo invertir sabiamente nuestro tiempo en la reconstrucción?
Escribo esto y recuerdo a Solange LeBourges (una bailarina francesa) cuando leí un librito suyo que me salvó la vida. En serio. No lo digo con fines dramáticos. Estoy segura me salvó. Pero para explicarles cómo me rescató de la peor depresión de mi corta vida y cómo se relaciona con toda esta etapa de desempleo, debo regresar en el tiempo brevemente (ah, la magia del time travel). Ahí va: hace poco más de seis años dejé la danza, paulatinamente, casi sin enterarme, y de pronto un día me di cuenta que ya no bailaba nada. Que mi vida ya no era esa y que mi futuro no era ser bailarina. Y me derrumbé por completo. Ese proyecto, en el que había invertido toda mi vida, se había desplomado como castillo de naipes. Y no había forma de reconstruirlo porque los naipes (mis pies) estaban irremediablemente torcidos, lastimados y al final eran ya incapaces de sostener un proyecto de vida de esa magnitud.
El amor y la costumbre lo hacen a uno aferrarse a las personas, a los empleos, y a sus vidas alternas más de lo que es sano. Yo por meses y años estuve aferrada a bailar. Intentando construir el mismo castillo de naipes que solo se hacía más débil cada vez. Hasta que comencé a cansarme, y luego, peor, a cansarme de estar cansada. No conseguía nada más que frustraciones y hallar mis tristes límites. Entonces encontré a Solange en una librería del CENART. El título, “Lo bailado nadie me lo quita”, habló por sí sólo... y lo compré con mi poco dinero de fracasada, sin saber que sus páginas aguardaban mis lágrimas y el inicio de mi recuperación emocional.
Es difícil explicar con palabras lo mucho que duele dejar atrás una pasión como la danza después de 15 años. Es difícil explicarlo porque para empezar es complicado hacerle entender al mundo que no es un hobbie, ni algo que se hace por las tardes. Porque, como las carreras deportivas, es una profesión que se inicia desde niño, y se crece más rápido de lo normal. No es una materia extracurricular, es LA carrera. Cuando llegas a los 18 y estás bailando ocho horas al día, eso es toda tu vida. Y claro, cuando se deja, el duelo también se convierte en una forma de vida diaria, insuperable como la muerte de alguien querido. Se va convirtiendo en algo tolerable sólo con el paso de los años, cuando se halla algo nuevo en qué invertir el tiempo. Y algo nutritivo sólo cuando se sabe transformar ese duelo en renovadas pasiones. Para mí, después de mucho conflicto y trial and error, se convirtió en la literatura. Nunca me había imaginado a mí misma como estudiosa de las letras (mucho menos periodista, o lo que sea que soy ahora) entre otras cosas porque no me había imaginado como otra cosa que no fuera bailarina. Cuando dejé de bailar no sabía quién era, a donde pertenecía, ni mucho menos lo que quería hacer profesionalmente. Ser bailarina se había convertido en la forma de definirme e insertarme en el mundo. Especialmente durante mi adolescencia. Cuando todos estaban inseguros, sin saber cómo y dónde encajaban, yo tenía una autoconfianza desbordada porque sabía perfectamente mi lugar y no tenía dudas de mi futuro. God was I a wrong. Así que hube de empezar ahí: por construirme una nueva identidad, y eventualmente, un nuevo futuro.
El caos, la confusión y las dudas eran hermosas. Como lo eran las opciones, las vidas alternas. Y aunque eso lo vine a apreciar mucho después, el primer reconocimiento de las oportunidades y el desafío de empezar una de ellas, inició seguramente con estas líneas de Solange: “¿En qué proyecto invertir? ¿Cómo mudar y permanecer a un tiempo?, ¿y cómo acordarme de quién fui? ¿Cómo aceptar este nuevo cuerpo? ¿Cómo hablar y con qué lenguaje? ¿Cómo insertarme en el mundo? ¿Y con qué herramientas? Para empezar, debo aprender a hablar de nuevo e inventar nuevas palabras”.
Ahí el desafío: Aprender un nuevo idioma. Una forma de expresarse que nos permita una relación (sana, idealmente) con el resto del mundo. Recomenzar y construir un castillo de naipes con una nueva estructura, pero con la experiencia de por qué la anterior no funcionó.
Después de muchos intentos truncos de insertarme en el mundo (como internacionalista, como comunicóloga, como historiadora), llegué a un lugar que terminó por resucitar lo que Solange ya había empezado a rescatar: la facultad de filosofía y letras. Ningún lugar me hace sentir tan en casa. Mi casa ya no son los salones de baile, ni los escenarios; estos ya no me hacen sentir segura. Los cambié por la tranquilidad de una biblioteca. Ahí transformé mis tristezas y frustraciones en una vida que poco a poco tenía forma de nuevo, y que contra todo pronóstico, empezaba a motivarme. Cuatro años después, esa motivación se tornó en una pasión con muchas sonrisas, en una profesión que paga las cuentas (hasta hace unos meses las pagaba) y en la sabiduría de que uno puede tener más de una vida en una sola vida. Porque aunque los castillos se caigan, los naipes siguen intactos. Supongo que todo está en saber disfrutar el caos y estar dispuesto a aprender nuevos idiomas, porque a veces los que ya sabemos son insuficientes.
Algo similar ocurre en mi vida ahora. Las opciones son muchísimas cuando uno no tiene una oficina a la que ir diario, porque de pronto recuerdas que tu vida no es tu trabajo (contrary to popular belief). Y que puedes funcionar de muchas otras formas. Muy probablemente termine haciendo lo mismo, sólo en otro lugar. Pero esa certeza no es absoluta. Y como siempre, la libertad angustia. Una parte de mí piensa que ya debería estar calada y entrenada para vivir este caos profesional porque ningún desempleo se le comparará al duelo de 2010, pero la realidad es que uno nunca recuerda esa hermosa angustia, vértigo de la libertad, hasta que entra en over-drive. De pronto todo es caos de nuevo, opciones, caminos, puertas cerradas y abiertas, Anaclaras alternas.
Aprender nuevos idiomas y, eventualmente, recomenzar.
Quiero pensar que, como Cortázar, aunque mi castillo se derrumbe cada dos por tres, yo recomienzo: “Plaf, todo al suelo. Pero recomienzo, sabe usted, recomienzo”, decía él.
Pues bueno, aquí va, verano de 2017: otro castillo de naipes.