Cortometraje de un día de abril de 1948 en una ciudad andina
Abril es el mes más cruel.
T.S. Elliot
Es un día para echárselo a los perros callejeros.
Es un día en que la muerte, vestida de buhonero, quiere vender un espejo en casa de un hombre ciego.
Es una proverbial cosecha de cuervos que vuela a picotear su bulimia de ojos.
Hay un tranvía en llamas que arde en la memoria. Un tranvía que parece llegar por los rieles de otro mundo.
Hay un borracho que abre un paraguas para protegerse de una llovizna de balas.
Hay una ronda de pájaros trazando coronas en el tablero del cielo. Son banderas de luto, patriotas de la ruina, tumbas de aire.
Hay un olor a miedo y podredumbre bajo la lluvia negra que cae sobre los muertos insepultos.
Hay estruendos de estampidas en las calles y autos fantasmas que parten la noche en dos tajos de silencio.
Hay un salón sonoro donde las novias de los ladrones y las muchachas del prostíbulo se envuelven en armiño.
Hay, alrededor del gran muerto, una junta de soldados, cirujanos y enfermeras asomados al futuro por el ojo del retratista.
Hay un Palacio de Justicia -ni es palacio ni hay justicia-, envuelto en llamas como un bonzo.
Hay una gavilla de ladrones subiendo un piano de cola por una colina de oriente.
Hay un hombre que envuelve entre gasas un gramófono y apresura su paso con su absurdo botín.
Hay algo de pajarracos en los grandes señores vestidos de negro, un gabinete de sombras que ha cortado la línea con la rabia en ascenso.
Hay ruinas y escombros de una ciudad necrosada. Un cortejo de estatuas de sal que miran al pasado.
Es un día para echárselo a los perros callejeros. Un capítulo abierto de la historia del miedo.