Cap 4. Antes: Verano 2015
Samantha había decidido callar ante la testarudez de Andy. El viaje que podría haber sido de cuatro horas máximo, ya estaba por llegar a la quinta y aún estaban en la ruta hacia Pensilvania. Refunfuñó, pero prefirió no seguir acotando nada, pues finalmente estaban en el camino correcto y verdaderamente no quería llegar a conocer a la madre de su amigo con un gran mal humor...o que fuese evidente, por lo menos.
Entonces se le ocurrió tajar el silencio con música, era algo que lograba en ambos amansar a sus fieras. Primero sonó Mayer, tres temas seguidos y el ritmo del último le trajo un recuerdo fugaz, del año anterior. En el que se habían conocido. Samantha buscó el tema y le dio play, espiando de reojo la reacción de su amigo, al que lentamente se le cerraron los ojos por un instante, en el que reconoció la canción, y una sonrisa de labios cerrados se expandió por el ancho de su cara. Samantha sonrió ampliamente ante ese gesto, y para que el buen humor comenzara a reinar nuevamente entre ellos, comenzó a moverse al son del tema de Tim Buckley que habían bailado recreando una escena exagerada de Woodstock. Finalmente consiguió que Andy la siguiera, moviendo los hombros e imitando la voz particular del cantante.
Samantha, a medida que se acercaron a destino, había comenzado a sentirse más y más nerviosa. Y con razón, pues Regina los reprendió a ambos...a Andy sobre todo, pues no estaba para nada de acuerdo con lo que iban a hacer. Luego, se suavizó y le agradeció a Sam por acceder a la mentira que su hijo la había obligado a participar. Ambos repitieron que nadie obligó a nadie, y Sam le aseguró de todas maneras que iba a ser todo muy decoroso y tranquilo. Ella tenía un novio de vuelta en Manhattan a quien amaba, y Andy era su mejor amigo, y lo amaba tanto que solo podía querer ayudarlo siempre.
Regina asintió ligeramente, entendiendo más de lo que ninguno de aquellos chiquillos estaba enterado. Y luego sacudió su cabeza, esto era peor que una mala idea, pero no objetó nada más.
La hora de la cena llegó rápido, pues habían pasado la tarde desempacando y dando un corto paseo por el bosque, junto a Regina. Ella le contó lo travieso que había sido Andre desde pequeño, recorrieron cada una de sus cicatrices y sus respectivas historias, y tan pronto como terminaron con las de él, empezaron con las de Samantha. Eran menos anécdotas, pero Andy sonrió como un niño pequeño ante un dulce al escucharla contar aquello. Luego, Regina le preguntó por Jules, cómo se conocieron y cómo se llevaban, qué hacía él... No hizo falta preguntar qué tal se llevaban con Andre, porque vio la cara de su hijo mientras Sam contaba y le bastó para comprenderlo todo.
Al volver, Andy sugirió que las mujeres se dieran una ducha mientras él fue a hacer las compras y se dio el lujo de cocinar. Samantha había probado muchos platos de Andy y le habían encantado, pero ninguno como el plato de esa noche. Pensilvania le daba una tranquilidad y alegría que nunca había visto en él en Nueva York. Más tarde esa noche, Andy le confesaría que, si bien encontraba los modos de distraerse en la Gran Manzana, nada podría combatir los bosques de Pen. Su corazón estaba allí y dudaba que se mudase a cualquier otro estado, cualquier otro país, cualquier otro planeta. Al menos que ese fuera Neptuno, su favorito por la vuelta al sol errática, su color turquesa, y su anillo descubierto hacía poco tiempo. Júpiter le parecía poca cosa; Venus, Marte y Saturno le daban igual... En cambio, las dos ovejas negras –Neptuno y Plutón- le encantaban. De eso se enteró Samantha en el house-tour, en cuanto pisaron su cuarto y allí lo esperaba todo intacto desde que había dejado la casa. Junto a la ventana había un telescopio, y sobre un corcho varias fotos que no sólo implicaban los planetas, sino los bosques de Pensilvania, retratos de las manos de su madre cocinando; Samuel (su pareja) jugando con el antiguo perro de la familia, un Golden de cabello ébano... Juró no haber espiado a nadie con el telescopio, y cuando ambos se miraron ante la evidente mentira, se rieron. Entonces comenzó a contarle la historia de la vecina de enfrente; ama de casa, divorciada, que tenía un fetiche por Andre adolescente... Todos los domingos a la noche dejaba las cortinas de su cuarto retraídas, encendía la luz y dejaba sus pechos a la vista, ojeando la ventana de Andy. Ahí Samantha no supo si creerle o no, pero el acting de Andy imitándola le había hecho reír, y mucho.
Tras cenar, compartieron la mitad de una película con la madre de Andy. Ella había levantado los platos, Sammy los lavó, Andy los secó, y tras hacer té se fueron al sofá. Allí, Andre se quedó dormido contra el hombro de Samantha. Regina se lo señaló a Sam, que lo espió por el refilón, y la inglesa lo despertó con mucho cariño. Se notaba que tenían un vínculo muy profundo.
"Hijo, ve a la cama, vamos", le susurró, y Andy al abrir los ojos se encontró con uno de los tantos lunares de Samantha. Actuando somnolencia le sorprendió al morderle el brazo con violencia, por lo que se ganó un golpe en la cabeza de su madre, que saltó a defenderla. Riendo se puso de pie, se despidió con la mano y actuó como zombie hasta alejarse de ellas. Esa noche dormiría diez horas seguidas, profundamente, como hacía años no sucedía.
Al despertar, se topó con la parte histérica de su madre que no había extrañado en lo absoluto. Desde la planta alta podía oírla a los gritos, aunque no entendía bien sus palabras. Lo que sí, de lejos, escuchaba una murmurante Samantha que probablemente hacía todo para tranquilizarla. Él bajó las escaleras y fue directo a la cocina, donde estaban junto a Samuel. El griterío se aplacó cuando lo vieron llegar, y Samuel fue directo a abrazar a Andy, quien le correspondió afectuosamente el saludo.
"¿Qué diablos pasa aquí?", preguntó An, con una marca de sábana atravesándole el cachete izquierdo.
"No encuentran al novio, no sé a dónde diablos se habrá ido, ¡pero en cuanto lo vea...!", Regina, encargada de la torta de casamiento, batía intensamente el boul donde estaba cocinando.
"Mamá, tranquila. Se aman. Quizá fue al bosque", soltó Andy, y observó a Samantha con los ojos abiertos tanto como pudo. Era una señal de disculpas. "Con Sam iremos a buscarlo, ¿te pare-?"
"¡Claro que me parece! ¡Vayan, y si lo ven, díganle que como deje en el altar a mi hermana, lo buscaré, lo encontraré y lo matar-!"
"Bueno", canturreó Andre, palmeando la espalda de su madre. Ella giró para verlo y matarlo con la mirada.
"No me molestes. Es grave"
"No resolveremos lo grave con estos humores", replicó An.
"¡Y cómo quieres que me ponga!"
"Como te salga", sorprendió Andre a los demás. "Para eso estoy aquí. Te llamo en cuanto sepa algo", y así, en joggineta y una camiseta vieja, Andy tomó las llaves del auto y se llevó consigo a Samantha.
En cuanto le dio marcha al auto le pidió disculpas por su madre, pero estaba tranquilo. Sabía dónde el novio podía estar, y sino, lo averiguaría. Pero de lo que estaba seguro era que se casarían, porque se amaban. Por alguna razón, quizá, le agarró un pánico, pero eso no significaba más que el miedo a no cumplir con las expectativas. Las hermanas Wallace eran mujeres especiales, que habían tenido mucha historia y que, por eso, no cualquiera podía estar a su lado.
Una hora después de adentrarse al bosque de pie, el novio tenía puesto su traje y blandía una botella de vodka. Estaba sentado sobre un tronco, en un antiguo mirador que habían clausurado por diversas razones. Andre suspiró al verlo de espaldas, lo mismo hizo Samantha.
"Viejo, ¿qué pasa?", preguntó el fotógrafo. El novio, sin sobresaltarse porque había escuchado pasos atrás, siguió mirando la inmensidad de Pensilvania ante sus ojos.
"Prefería pasar unas horas aquí en lugar de ir al hotel directamente", se explicó, con una voz neutral que le dio sospecha. Andy se acercó y tomó asiento a su lado, en el tronco, mientras Samantha guardaba silencio detrás de ellos y se asombraba por la naturaleza del lugar.
"Sabes que estás asustando a unos cuantos, ¿cierto?"
"Es que... estoy ebrio y no puedo conducir así. No quiero morir antes de mi boda", dijo, girando el rostro para verlo a Andy. Él también enseñó el perfil desde la perspectiva de Samantha, y ella vio cómo se marcaba uno de sus hoyuelos en una apretada sonrisa.
"¿Y por qué no llamas...? Claro. No hay señal", supo el muchacho, y poniendo los ojos en blanco, se puso de pie arrastrando consigo al novio, tomándolo del brazo.
"Vamos al hotel que sino mi madre tendrá un infarto. Para tu suerte, la novia no sabe nada", le dijo, y al voltearse, los presentó. Él felicitó a Andre por la hermosa 'novia' que tenía, y le preguntó a Samantha cómo se habían conocido. La mentira que habían ensayado en el viaje comenzó a salir de los labios de ella, y entretuvo al novio hasta llegar al auto. Después de llevarlo al hotel, en el viaje en auto, Samantha cumplió con la tarea de hacerle saber a Regina que todo estaba bajo control.
"No entiendo cómo tu padrino no te encontró", soltó cuando se lo dejó en manos de él. No conocía al tipo y no lo había dicho simpáticamente, pero el otro rio.
"Gracias, de aquí me encargo".
Así y tan pronto como pudieron, volvieron a la casa de Andre. Se bañaron por turnos y comenzaron a vestirse Andy en su cuarto, y Sam en el de huéspedes.
Samantha había decidido llevar el vestido más sobrio que pudo haber encontrado, era color azul y tenía -como casi todos sus vestidos- la espalda descubierta, la falda iba hasta sus rodillas y apenas le quedaba al cuerpo. Se recogió en un flojo rodete el pelo y atrapó con un invisible en el costado izquierdo de su cabeza, dos margaritas de tela. Cuando se encontró con Andy, este llevaba un traje azul oscuro, aún más apagado que el azul que ella portaba, y una camisa blanca. Su amigo, aunque parado en los pies de la escalera y con sus manos en el bolsillo, tenía su rostro girado hacia la cocina. Recreó su vista en aquel ejemplar en silencio, aprovechando lo distraído que se encontraba...con una ligera sonrisa en su boca. Aquel perfil tomó por sorpresa a Samantha, aunque estuviese acostumbrada a él, hoy el ambiente se sentía diferente. En su piel, en su cuello, en su estómago. Ante el sonoro –e involuntario- suspiro de Samantha, Andy giró su rostro, y su sonrisa, lentamente se ensanchó.
"Lista para enfrentar a tus familiares y fingir que estamos locamente enamorados." Le dijo terminando de bajar las escaleras, había dicho lo primero que se le ocurrió con tal de tapar aquel suspiro bochornoso.
Apenas llegaron al lugar, una señora de cabello enrulado y gris, les hizo señas a Andy y a Regina. Samantha no dudó un segundo en agarrar la mano de su amigo y entrelazar sus dedos. Levantó apenas su cabeza y lo encontró observándola con una expresión que ella interpretó como nervios y para infundirle valor, le besó la mejilla. Andy le devolvió un apretón en la mano y marcharon hacia quien más tarde supo Sam, era su tía abuela.
La boda había sido hermosa, y Sam pudo ver que Andy tenía razón, aquellos novios de verdad se amaban y estaban enamorados uno del otro. En el lugar donde la fiesta se llevaba a cabo, el centro de atención antes de que los novios llegaran, habían sido Andy y su novia, Sam. Por lo cual, ambos habían comenzado a agarrar sin pausa las copas de champagne que los mozos del catering ofrecían cada diez minutos. Llevaban tanto tiempo agarrados de las manos que era difícil recordar cómo se sentía el no estar así. De todas maneras, a Samantha, no le molestó en lo absoluto. Y en tanto su nivel de alcohol comenzaba a subir, menos le molesta...de hecho le parecía algo natural. En lo que iba de la noche, después de haber bailado, cenado, bailado otra vez y cenado el segundo plato antes del postre, Sam había recibido incontables besos de Andy en su coronilla...tantos como besos en la mejilla y en la línea de la mandíbula de Andy que ella hubo depositado. Cuando sus manos se soltaban, pasaban a ocupar lugar en la espalda o el abdomen del otro...parecían atados de la cadera. Los habían elogiado, les habían dicho que hacían una pareja hermosa y que finalmente veían a su Andre sonreír como no lo hacía en mucho tiempo.
"No sé que hiciste con este muchacho, cariño, pero gracias." Le dijo aquella señora, la que habían saludado fuera de la capilla.
La pista de baile estaba casi llena, y ellos se retiraban a sentarse pues habían estado bailando por lo que se sentía una eternidad. Andy se dejó caer en una silla y Sam, quien sentía pesadez en sus piernas y brazos por el efecto del alcohol, se sentó sobre las piernas de su amigo. Pasó un brazo por detrás del respaldo, apoyando su antebrazo en el hombro de él y su mano libre buscó la de Andy. Ambos se quedaron así, mirando hacia la pista de baile hasta que una canción lenta comenzó a sonar y Sam –que se había reclinado ligeramente sobre el pecho de su amigo- se enderezó, tratando de escuchar mejor.
"¿Es una canción de Ed...? ¿Es una canción de Ed Sheeran? ¡Lo es, ay por favor, la adoro!" Exclamó brincando fuera de las piernas de Andy y arrastrándolo hasta la pista de baile. Cuando llegaron, varias personas se quedaron viéndolos con una tierna sonrisa en su cara mientras bailaban cerca, incluso los novios. "Más te vale que me agarres y bailemos como estuvimos haciendo toda la noche, o la mentira se nos va por el caño." Le dijo ella a Andy, pegando su cuerpo al de él, para poder susurrarle en el oído. Las manos de Samantha se cruzaron tras el cuello de él y Andy apoyó una mano en su baja cadera, apretándola más contra él y la otra en su desnuda espalda. Cuando Samantha sintió ese contacto, un escalofrío la recorrió por completo y el impulso nervioso hizo que se mareara ligeramente. Apoyó su frente contra el hombro de Andy, estaba aún más cerca de su piel, ya que el saco del traje no lo llevaba puesto, y la sintió hirviendo. Samantha atrapó un quejido en su garganta, diluyéndolo antes de que se escapara por su boca y levantó la cabeza para encontrar los ojos de Andy, perforándola. Se movían apenas unos centímetros, simplemente se balanceaban sobre sus pies mientras la canción sonaba, y la mano de Andy que se encontraba en su espalda, reptó lentamente, arrastrando los dedos por la piel de Samantha, hasta ahuecarse tras la nuca, obligando a Samantha a inclinar hacia atrás su cabeza. Andy bajó ligeramente la suya y en el cuello de la castaña, a penas debajo de su oreja, colocó un beso. Posó ahí su boca, inerte, y Sam cerró sus ojos, exhalando lo más tranquila que puedo. Por loco que pareciese, no quería que Andy dejase de hacer ese contacto...pero este lo hizo, deslizó sus labios lentamente, bajando un poco más, y luego volvió a subir. Llegó hasta la comisura de Samantha y ahí volvió a detenerse. Como la respiración de Sam. Pero Andy se separó y cuando ella abrió sus ojos, lo encontró mirándola. Andre barrió sus labios con su lengua y Samantha tragó, con impaciencia. En algún lugar de su cerebro, algo estaba implorando sentir los besos de Andy es sus labios. Devorarse las bocas, era algo que entonces a Sam le pareció instinto de supervivencia. La impaciencia llegó a su fin cuando Andy alejándose apenas un poco, la hizo girar sobre sus talones. La canción terminó y él le pidió salir de allí. Había visto unos bancos de piedra ubicados bajo una glorieta de lilas y otras florecillas blancas. Samantha lo siguió sin rechistar.
Salir al jardín los hizo toparse con una noche cálida y estrellada. Inspirar el aire de Pensilvania era justo lo que Andre necesitaba para recargar energías y estímulos para seguir adelante con su vida en la Gran Manzana. Y sin dudas, haber paseado su boca por el delicado cuello de Samantha le había dado un extra; caminando hacia el banco, disfrutando de que no había un alma más afuera que ellos dos, pensó que le había enloquecido tanto que era difícil resistirse a una vez más. Al mismo tiempo, otra voz en su mente juró no exponerse nunca más a ese límite donde pudo haberlo echado todo a perder. Pese a ello, lo cierto era que había llegado a una conclusión: prefería haber estado cerca de conocer lo que era fundirse en un beso con ella, que eso le doliese incluso más de lo que había dolido el último tiempo imaginárselo, a no tenerla en lo absoluto por haber cometido un error.
El decorado de flores lo alucinó todavía más cuando estuvo lo suficientemente cerca. Mientras Samantha tomaba asiento, él exploró la glorieta desde abajo; fue imposible no vislumbrar un buen ángulo para sacar una foto. Entonces bajó la mirada y la vio a ella. Era la vez número 100 que vestía más sencilla que el ambiente y aún así... Para cualquiera podría pasar desapercibida, pero para Andre resaltaba con destellos y luz blanca. No podía entender la capacidad que ella tenía de hacerlo imaginar, o mejor dicho, delirar, de un futuro juntos cuando le daba esos disparadores a la imaginación. Nunca se dejaría de sorprender de la belleza que evocaba Samantha, y que iba más allá de un vestido azul: sus gestos, sus miradas, pescarla observando algo con atención y que no tenga idea cuan ensimismada se veía cuando en verdad creía estar disimulando... Una pequeña sonrisa se estiró en los labios masculinos al recordar que en New York le esperaba un hombre que, por más que no le gustase a él, la había mantenido consigo durante 8 años. Había compartido con ella un sinfín de experiencias, incontables besos y abrazos; ahora, incluso, podía despertar cada mañana y encontrarla a su lado. Andre le envidió a Jules hasta las peleas, los mal humores, y tuvo que dejar de mirarla para frenar el flujo de su imaginación. ¿Cómo serían las cosas con él? Nunca lo sabría.
"Quédate así", murmuró Andre para no sobresaltarla, y si bien ella atinó a mover el cuello al escucharlo hablar, hizo un esfuerzo por volver a imitar la pose en la que se encontraba. Andy entonces quitó del bolsillo de su saco una Polaroid, apuntó tras haberse puesto en cuclillas, y disparó para inmortalizar lo hermosa que se veía bajo la glorieta de flores. Su agraciado rostro era iluminado desde abajo con luces cálidas que estaban dispuestas en el césped para darle a la glorieta incluso un tono más onírico. De la cámara salió la foto que Andy capturó al vuelo, y comenzó a agitarla para ver su resultado. Guardó la cámara nuevamente en su bolsillo y se dejó caer en el banco, a su lado y junto a un suspiro. "Tengo sueño", le confesó, cosa que no era en lo absoluto común en él. El efecto de las copas que habían tomado estaba menguando hacía rato, y la consecuencia era un Andy versión niño, al que le agarraba sueño y hambre.
Tras haber perdido su mirada en la inmensidad del jardín, ambos se quedaron en silencio durante unos pocos minutos. Andy le había estirado la foto a Samantha para que la viese, y ella sonrió cortamente al pensar que Andre conseguía unos puntos de vista envidiables para cualquier novato.
Pronto, obligándose a divorciarse de las imágenes que inundaban sus pensamientos, Andy giró el rostro para mirarla y así recorrerle el perfil: observó el único ojo que podía ver, la perfecta y envidiable nariz, los labios gruesos, los lunares en su quijada... ese cuello que aún sentía en sus labios. Sin darse cuenta volvió a relamerse para encontrar allí el sabor a vainilla de la crema que normalmente Samantha utilizaba.
"¿Sabes de qué me he dado cuenta?", dijo de la nada, reflexivo. La estrategia para calmar el maremoto de emociones que era su interior se puso en marcha. Tan sólo necesitaba distracción. "Nunca me has hablado de tus padres. No sé cómo se llaman, cómo son, qué te parecen, cómo te llevas...", enumeró sin respirar entre medio. "Sólo sé que él es militar".
Samantha se sintió aliviada cuando Andy hizo aquella pregunta. Necesitaba cambiar la imagen mental que tenía, las palabras y pensamientos que se estaban sucediendo uno tras otro, como si siempre hubiesen estado ahí y ella no los había podido comprender. Cuando miró la foto que aquel lo ofrecía, se preguntó si era tan obvio....si esa era la cara que ponía cada vez que pensaba en él. En cuanto a la pregunta que se había hecho de por qué había deseado tan fuertemente que él la besara, había una sola respuesta. Tan clara y cierta que la angustia de haber tardado casi un año en darse cuenta, era grande. Sentía cosas por Andy, y era más que un sentimiento de amistad por él. La pregunta al por qué él no la hubo besado...bueno, esa teoría se ramificaba bastante. Pero, el hecho que no lo hubiese hecho, tiraba más a favor de que, simplemente, Andy veía a Sam como su amiga. Le pareció la más cierta y lógica conclusión, nunca, en un millón de años, ella podría captar la atención de alguien como él. Nunca podría él corresponderle románticamente porque simplemente Samantha no estaba a su altura.
Eso no evitaba que el mundo de fantasías comenzara a desplegarse con el ímpetu de un huracán azotando todo a su paso. Sentía que cada cosa que había pasado, pensado y vivido, empezaba a cambiar.
"Mi papa es militar, sí" concedió aclarándose la garganta, haciendo huir el nudo que sentía ahorcándola. "Mamá solía estudiar arquitectura cuando era joven, mientras salía con papá...o en los principios de su relación. Pero luego, las exigencias de la carrera de mi padre la instaron a abandonar la suya y seguirlo. Ahora mamá es...¿ama de casa?" Trató de encontrar la palabra que definiese lo que su madre hacía, y se mordió la lengua "esposa de un militar, eso es lo que es mi madre. Robert y Felicia, por cierto." Le dirigió una mirada a su amigo, que con su gesto le hizo saber que tenía por completo su atención. "Y luego está mi hermano menor, sé que solo me preguntaste por mis padres, pero" la castaña se encogió de hombros y luego le sonrió, ante el recuerdo de aquel "mi hermano...lo amarías si lo conocieses. Es todo lo opuesto a mí, es divertido, es carismático y es valiente...es muy valiente. Justo antes de que volviese para aquí...mira, mi hermano siguió los pasos de mi padre, realmente le apasiona volar y en cuanto a la disciplina militar, crecimos con ella. Cuando entró a la academia conoció a un chico y te puedo jurar que nunca vi a dos personas que se amen más que ellos dos. Mis padres no tuvieron problema con aquello, mamá siempre lo había sabido y aunque papá se sorprendió y le llevó unos días terminar de comprender que la vida que había planeado para August tendría un ligero cambio, se aseguró de que dentro de la Academia, mi hermano y Ben –su novio- no tuviesen ningún enfrentamiento con nadie." Samantha pensó en las golpizas que su hermano y Ben habían sufrido, por turnos diferentes. Las bromas, las noches en que los habían despertado y los habían hecho correr en el invierno parisino solo en ropa interior a las 4 de la mañana. Las típicas "bromas" que eran moneda corriente allí dentro de la milicia pero que se reservaban sólo para aquellos que no cumpliesen con su deber, o con su entrenamiento, o a quienes faltasen el respeto a sus superiores; August y Ben las sufrían casi diariamente. "Son incontables las veces que le pedí que abandonara la Academia, ni aún con la influencia de mi padre pudieron escaparse del maltrato y el mal rato que pasaron allí. Mi hermano se negó...ambos se negaron, y continuaron su carrera allí dentro. Se tenían el uno al otro, y no iban a impedir que aquellas mentes cuadradas cerraran las suyas."
Andre no podía evitar no indignarse ante la experiencia de August, el hermano de Samantha. No le sorprendía que en el régimen militar esas cosas sucedieran; pero no por saberlo le era más fácil aceptar esa realidad que, si bien no vivía, le sensibilizaba mucho. Escuchó cada una de sus palabras con el entrecejo fruncido y, de tan sólo imaginarlo, le hervía la sangre. Tuvo que hacer un esfuerzo para no empezar a gritar y generalizar que los militares y todas las fuerzas armadas eran nefastas, gente rígida, autoritaria, que se aprovechaban de su poder. Samantha sabía que pensaba al respecto de ellos porque en contadas ocasiones Andre había despotricado sin pelos en la lengua. Claro, hasta que se enteró que Samantha provenía de una familia como tal.
"Es...", buscó la palabra adecuada con tal de no ofenderla. Empezó a negar con la cabeza mientras optaba por fijar su mirada sobre sus zapatos, como si en ellos fuera a encontrar las palabras adecuadas. "No lo puedo entender", terminó por articular e internamente se felicitó por lo correcto que había sonado frente a otras situaciones donde todo había sido improperios. "Lo que sí puedo entender es que se hayan negado a dejar la Academia. Entiendo lo que es tener más pasión que miedo, y me parece admirable que sigan estando ahí. Lástima que los otros...", y literalmente se mordió la lengua, lastimándose más de lo que hubiera esperado. 'Lástima que los otros sean seres tan involucionados y ridículos que creen tener una verdad absoluta donde lo estereotipado es la base de sus abusos' , completó su mente. "Y, para tu información, tú también eres valiente", los codos de Andre se hincaron sobre sus propios muslos, y desde aquella posición inclinada, ladeó el rostro para verla por el rabillo de su ojo. "Sólo que tienes miedo de dejar salir la fiera que quiere comerse al mundo", expuso sin miramientos previos, la hipótesis que tenía desde que la había conocido. "Tu pasión también es más grande que el miedo, pero no entiendo qué es lo que estás esperando para estudiar Historia y dejar ese lugar; como si estudiar Historia te dejara en la calle... ¿Y si te deja en la calle, cuál hay? Es problema tuyo, no de tu familia", escupió, con la cara asqueada: ese miedo se lo había generado el mismo régimen que él tanto rechazaba. Entonces fue que negó con la cabeza dos veces. "No soy quién para decir nada, pero apuesto cien millones de dólares que serías más feliz estudiando en vez de estar en ese estudio, aún sin tener estabilidad económica o lo que seas que te imagines que es el cuco", ácido, pero desde su punto de vista sólo ayudándola a lanzarse, se incorporó para apegarse más a su cuerpo, mostrándose amistoso y no una amenaza. "Si te quedas en la calle, yo te alimentaría, pero...", de repente, su tono de voz pasó de intempestivo a uno dulce. Una de sus manos se tomó el atrevimiento de tomar apoyo sobre el muslo de Samantha. "Hazlo. Hoy, mañana, en cuatro, nueve años. Todos lo estaremos esperando. Estoy seguro de que hasta tu padre. Pero hazlo."
Samantha sin pensarlo dos veces, apoyó su mano sobre la que Andy descansaba en la tela azul de su vestido. ¿Cómo explicarle a él, que era una tromba, un espíritu libre, lo que era crecer con una vida diagramada paso a paso, milímetro a milímetro? ¿Cómo explicarle lo que sufría Samantha cuando aquellos impulsos chocaban con su realidad, sintiéndose presa de hasta ella misma? Había hecho lo mismo que su madre, había abandonado su sueño y le había entregado el poder de decisión a su padre. Había jurado nunca cometer ese mismo error, el trabajo en el estudio que su padre le había conseguido lo aceptaría por unos años, y luego haría lo que ella realmente quería...pero aún allí estaba. Sintiendo que se le escurría el tiempo a la par que su pasión se alejaba. Con una sonrisa ladeada, Samantha admitió que no era igual a su madre...pues Felicia por lo menos, lo había hecho todo por seguir al amor de su vida.
"Suficiente de mí, vamos, que sabes que no tengo ni una pizca de coraje...y siempre me quedo donde me es cómodo y seguro." Concedió sonriendo, lo había aceptado, ella era así. Apretando un poco más la mano de Andre, se animó a seguir la charla personal y la pregunta que siempre rondaba por su cabeza, pero nunca se atrevía a hacerle. "¿Qué hay de tu padre?"
Aunque el tema familia hubiera salido a luz, Andre no esperaba la pregunta que Sam acababa de hacerle. Precisamente porque durante los meses en los que se habían convertido en grandes amigos, Andy nunca había sacado el tema a colación. La peor parte de la pregunta no era la realidad, sino que sentía deberle una explicación a Sam a cuenta de todas las veces que había evitado darle una respuesta. Sentía que, para subir del escalón de conocerse al de profundizar la relación (cosa que ansiaba, deseaba y en la que trabajaba todos los días porque encontraba a Samantha con esa calidad de persona que quería mantener a su lado toda la vida) radicaba en darle esa respuesta.
Hizo la mirada a un lado, creyendo que sería más sencillo comenzar a contarle sin mirarla a los ojos. Y si bien habían pasado ya muchísimos años, había días que dolía como el primer momento. Infló sus pulmones, procurando encontrar en el aire un poder de síntesis y la tolerancia en caso de que ella le enseñara lástima.
"Se llama Douglas y ahora tendrá unos... 65 años", comenzó a relatar, lo cual implicaba dos cosas: 1) no estaba muerto 2) le llevaba a Regina al menos 20 años. "Hace diez años desapareció de nuestras vidas y... me alegra que así haya sucedido", confesó y no por eso se lo vio contento o conforme; por el contrario, su rostro había adoptado un gesto severo, concentrado y perdido en los recuerdos. "Era obrero en una fábrica de engranajes y cuando dejó embarazada a mamá, instaló un taller mecánico en el garage de casa. No la que conociste, otra. Cercana al centro, un lugar horrible y mal cuidado", contó entonces, observando el césped, sus zapatos y a la gente bailar sólo para después repetir el ciclo. "No sólo no quiso tenerme porque mi madre era muy joven, sino que, al parecer, yo no le caía bien", encogiéndose de hombros de la tensión, no los devolvió hasta su posición inicial sino hasta haber terminado con la historia. "Al parecer era inconcebible que el niño de la casa quisiera ir a teatro, se disfrazara de mujer, no le gustaran los autos ni el fútbol... No sé cómo fue ni en qué momento empezó a beber, yo lo recuerdo siempre borracho. Y violento. Se desquitaba con mi madre, y de niño, de vez en cuando conmigo. Luego... fue sucediendo más seguido", simplificó, y una de sus manos dibujó una figura amorfa en el aire, restándole importancia. "A mis quince años, volví del secundario y encontré a mamá en la cocina, en el suelo", tuvo que hacer una pausa y mantenerse en silencio al ser su mente atacada por las imágenes que habían marcado un antes y un después en su vida. "Tenía... la cabeza del doble del tamaño, estaba desfigurada, y el gas del horno encendido. Él no estaba. Dejó sus cosas pero nunca volvió. Mamá estuvo en el hospital unos meses y la tía nos dio una de sus propiedades para mudarnos. Según la policía, él ya no estaba en el país, cosa que... nunca creí hasta que me llegó una carta de Alemania...", y entonces se interrumpió para empezar a reír sin nada de gracia "pidiéndome que le enviemos algunas de sus cosas", por primera vez en toda la oratoria, Andy giró el rostro para ver a Samantha con una sonrisa verdadera y algo juguetona. Había conseguido una mirada que estaba desprovista de dolor. "Lástima que ya habíamos quemado todas sus cosas".
"Gracias por contarmelo." Dijo Samantha, comprendiendo que no habría sido fácil para él recordar para responderle. Aunque sabía que, esas cosas no se recuerdan, simplemente están alojadas en nuestra mente –tal vez debajo de una manta, tal vez no- pero esas cosas viven con nosotros, todo el tiempo. Y si, al oír aquella pequeña porción de vida que él había decidido contarle a Samantha se le había encogido el corazón, no podía ni imaginar cuan horrible había sido vivirlo. Muchos interrogantes que Sam tenía en su cabeza acerca de Andy desde el momento en que habían comenzado a relacionarse fueron encontrando respuestas, propias, creadas por ella misma, claro. Pero que iban siguiendo lógicas que él manifestaba. Samantha acercó su cuerpo aún más al de él, como queriendo fusionarse y hacerle saber que sentía lo que había vivido. Estaba tentada a probar fundirse en un abrazo que extrajese todo el dolor que Andy podía poseer en su alma. Sabía que, con él, mostrarle lástima no funcionaba. Si quería hacerlo sentir mejor, tenía que apelar a una respuesta al estilo Andy. O al menos, eso trataría. "Una lástima, si hubiesen guardado las cenizas de aquello...tengo contactos en la fuerza que podrían habérselo hecho llegar."