Weás de cuarentena / Jainico.
taba aburrida y con ganas de escribir y dije why not ksjdf ta como el hoyo, pero está con amorcito.Â
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—¡Pero Jaime culiao, siempre encontrai la manera de hacer trampa en el juego, weon! —aburrido, el Nico tirĂł todos los billetes del Monopoly encima del tablero cuando se dio cuenta que, inminentemente, iba a perder en contra del Jaime. TenĂa rabia: ¡Siempre perdĂa con ese weon! Estaba seguro que siempre hacĂa trampa, como en todos los juegos que podĂan. ¡El no podĂa ser tan malo! ÂżO sĂ? Daba lo mismo, la wea era que se habĂa enojado y habĂa mandado el juego a la chucha.
 ¡Puta que era aburrida la cuarentena! En ese punto, ya habĂan agotado todas las opciones que pudieran proveerles de alguna diversiĂłn en la tarde: habĂan jugado todos los juegos de mesa que tenĂan, habĂan ranqueado con los cabros por Skype y hasta habĂan dejado grabadas algunas weas para no aburrise. ¡Puta la wea fome!
 —Pero Nico culiao, ÂżPor quĂ© eri tan picota? Todo porque estaba ganando —le reclamĂł el Jaime, imitando a su pololo y mandando el juego a la chucha. Se desparramĂł lánguidamente en el sofá de su departamento y se dedicĂł a observar al más bajo: Ă©ste, haciĂ©ndolo honor a su enojo, se habĂa metido en el celular con el ceño levemente fruncido y habĂa decidido ignorar al Jaime el resto de la noche.
El Jaime hizo todo lo posible por reprimir una risa.
Pero fallĂł.
 —¿De quĂ© te estai riendo? —le recriminĂł el moreno, guardándose nuevamente el celular  y cruzándose de brazos: se habĂa amurrado completamente como un cabro chico. Sin embargo, a su pololo aquella imagen no le podĂa parecer más tierna. —Si no es chistoso que siempre hagai trampa en los juegos.
 —Es que te veĂ tan tierno cuando te enojai —le respondiĂł el Jaime, sin dejar el contacto visual que habĂa logrado vincular. Fue cosa de segundos en que el color rojizo se instalara en las mejillas del Nico, logrando que bajara la mirada. ¡Si era tan tierno ese culiao! —Ya po ven, dame un besito.
 —¡No! ¡Ni cagando, Jaime culiao! —el más bajo se levantó rápidamente de la silla en donde estaba sentado y se dirigió a la pieza sin mirar hacia atrás ni un segundo. Si ese weon esperaba que le diera un besito, iba a tener que quedarse toda la noche esperando ahà sentado en el sillón como weon, ¡por que el ni cagando se lo iba a dar! —Tramposo de mierda.
 —¡Yaaapo, Nico! No te enojĂi —el aludido se levantĂł silenciosamente del sofá y se acercĂł sigilosamente a la pieza que compartĂan en su departamento. El Nico, picota en todo su esplendor, habĂa dejado la puerta entrecerrada y habĂa apagado la luz. El Jaime se lo imaginĂł echado en la cama, echo bolita mientras lo puteaba todo lo que podĂa. ¡Si era tan tierno ese weon! —¿Nico? —susurrĂł el castaño, abriendo lo más suave que pudo la puerta. Con el mundo a su favor, la puerta no hizo ningĂşn ruido por lo que se vio en la oportunidad de entrar sin que el moreno lo escuchara.
 —Tramposo culiao —escuchĂł como susurraba el más bajo. El Jaime tuvo que hacer una fuerza sobrehumana para no cagarse de la risa ahĂ mismo, pero sabĂa que eso solo lo harĂa enojarse más. —Nunca puedo ganar yo.
 El Jaime, ingeniándose la forma en que se pudiera abalanzar sobre el otro sin que se lo mandara a la chucha, se quedó parado a un lado de la cama, con una tierna sonrisa dibujada sobre su rostro. Cualquiera que lo hubiera visto en ese momento se hubiera dado cuenta que el cabro estaba enamorado hasta las patas.
Sin dejar pasar ni un segundo más, el más alto se abalanzĂł a la cama atrapando las muñecas de su pololo para dejarlo sin posibilidades de que le mandara tremendo wate. El Nico, tomado completamente por sorpresa, se le saliĂł el alma del cuerpo cuando sintiĂł esas dos manos que tan bien conocĂa dejarlo preso en su propia cama, con las dos muñecas aprisionadas por encima de su cabeza. SintiĂł todo el peso del Jaime encima de Ă©l (la verdad no era una sensaciĂłn desconocida) y el calor subiĂł rápidamente a sus mejillas cuando, aĂşn en la oscuridad, observĂł claramente el brillo que desplegaban los ojos del barbĂłn.
 —Sale de acá, oh —alegó con la poca convicción que le quedaba, intentando (en vano) zafarse del agarre del Jaime, quien lo aún lo miraba fijamente a los ojos. —Jaime…
 —No te enojĂ po —susurrĂł el aludido, acercándose cada vez más a los labios del Nico, sujetando fuertemente sus muñecas. Bajo Ă©l, sintiĂł el movimiento que el cuerpo del Nico producĂa al estar intentando zafarse de su agarre, pero bien sabĂa que a su pololo le encantaba cuando lo trataba de aquella manera: dominante. —Pa la otra te dejo ganar, Âżya?
 —No quiero que me dejĂ ganar —respondiĂł el moreno, haciendo un puchero que al Jaime le hubiese encantado atrapar entre sus dientes en ese mismo instante. Le sorprendĂa el autocontrol diario que manejaba para no toquetear al Nico en cada rincĂłn de su departamento, cada dĂa, cada minuto. —Quiero ganarte y que vo no hagai trampa.
 —Ya mi amor —le respondiĂł de la manera más suave que fue capaz de emplear. AĂşn en la oscuridad, fue capaz de ver como el color rosado iba ganando terreno en las mejillas del Nicolás, por lo que, sintiĂ©ndose satisfecho, dejĂł libre las muñecas de su pololo para luego acomodarse a un lado de su cuerpo en la cama que ambos compartĂan. — ÂżMe perdonai?
 El Nico, con la última fuerza de voluntad que le quedaba en el cuerpo, dejó escapar un largo suspiro para luego murmurar un “Jaime culiao, siempre podà conmigo” y finalmente alargar sus brazos hasta rodear el cuerpo de su pololo, quien sonrió satisfecho con su cometido.
 —Ya weno ya.
 El Jaime, con una sonrisa de suficiencia (y por quĂ© no, tambiĂ©n de orgullo, si el culiao sabĂa lo que hacĂa) se acercĂł lentamente hasta tener los labios del Nico a unos escasos centĂmetros de los suyos, sellando el vasto espacio que quedaba con un beso más meloso de lo que estaban acostumbrados, disfrutando cada mordida, cada caricia. Las manos del Nicolás paseaban libremente por cada rincĂłn del Jaime: sus hombros, su estĂłmago, el espacio entre la clavĂcula y ese cuello que tantas veces habĂa saboreado, mordido y besado.
 Al parecer, la cuarentena no era tan fome como pensaban.
















