Tres breves biografías de Mujica Lainez para Dignora Pastorello, Valerio Ledesma y Cristina Hopffer
en: La pintura ingenua, 2017
Pastorello, Dignora
Esta compatriota nuestra de tan comunicante simpatía cursó sus estudios en la Escuela Nacional de Bellas Artes y los perfeccionó, de 1953 a 1954, en el taller de Jorge Larco, hermano de su marido; de 1955 a 1956, en el de Ramón Gómez Cornet, y de 1956 a 1957, en el de Luis Centurión. Ya el año siguiente comenzaron sus exposiciones individuales, así como su inclusión en los salones y en muestras de conjunto significativas. La claridad de su paleta, la geométrica síntesis de su dibujo y la lírica ingenuidad de su “clima”, se conjugan para dar origen a composiciones muy logradas, en las que predominan los temas arquitectónicos. Córdova Iturburu señaló que desde tiempos de Norah Borges no se ha producido, dentro de nuestra pintura, otro caso como el de Dignora Pastorello, es decir el de una obra en la que armonicen de manera tan feliz “la dignidad del vocabulario expresivo con un espíritu tan limpiamente cercano a la poesía de la inocencia”. Además de sus cuadriculados edificios y sus ventanas abiertas, sorprenden, en sus creaciones, las extrañas brujas que recuerdan el mundo de los cuentos infantiles, un mundo inseparable de su invención.
Ledesma, Valerio
Vástago de un cultivador de trigo y uvas, nació Valerio Ledesma en Cubo del Vino, Zamora, España, el 30 de julio de 1896. De niño, con sus cuatro hermanos, secundaba a su padre en la faena campesina. No estudió más allá de la escuela primaria: los labrantíos reclamaban sus brazos y si dejó los surcos y los viñedos fue para trabajar en las minas del Valle de la Ciana, Ponferrada, León. Los azares de la vida exigente lo llevaron, a los 21 años, a la fábrica de alambres, en París, donde trabajó durante dos años y medio, pero regresó al pueblo natal y esta vez se empleó en una salchichería. Contaba 34 años cuando viajó a la Argentina, por sugestión de un hermano aquí residente. El viejo sueño de América continuaba floreciendo, aunque el rigor de la realidad aguardaba al solterón. Los cuatro primeros años hizo de mozo de restorán y de lavacopas; después cambió tales tareas por las de vendedor ambulante de puntillas, en ferias y calles, que desempeña en la actualidad. La falta de horizontes de esa vida, la tristeza mediocre que en su interior bullía y que lo empujaba a buscar refugio en actividades menos monótonas y mecánicas, empezó a despuntar en los almohadones y alfombras tejidas que recogían, en su diseño, las inquietudes de su imaginación. En 1953 pintó su primera acuarela; un amigo le facilitó los elementos y realizó al óleo nueve cuadros más. Su primera muestra tuvo lugar en El Taller en el año 1965. Los datos consignados refirman que este autodidacta es un “ingenuo” auténtico.
Hopffer, Cristina
Nació en Leipzig, Alemania, en el año 1912, en un hogar que le facilitó la atmósfera necesaria para el desarrollo de las condiciones artísticas que desde la infancia evidenció. A los catorce años ingresó en la Academia Nacional de Bellas Artes de su ciudad natal y estudió allí bajo la dirección del maestro Schimps. Un cuadro de Brueghel que contempló en Munich la impresionó poderosamente y robusteció su vocación. Prosiguió sus estudios en París junto al profesor Richet, y allí experimentó las influencias de Kokoschka y del caricaturista George Grosz. De 1928 a 1948 trabajó en Munich, especializándose en los temas de la calle y del campo. Las tendencias abstractas la sedujeron luego y, ya en Buenos Aires, fue durante un año alumna del taller de Emilio Pettoruti. Pero aunque en el curso de la década siguiente siguió investigando dentro de esa línea, se produjo a continuación un cambio radical dentro de su expresión. Ese cambio hace que la incluyamos en este capítulo: él nos demuestra que, pese a una formación plástica poco común, Cristina Hopffer conservaba, en lo más íntimo de su esencia, los caracteres “primitivos” que definen a su personalidad. Al surgir nuevamente, a través de una nutrida serie de óleos inspirados por la temática de la Biblia, Cristina Hopffer reconquistó su auténtico mundo interior. En 1960 expuso por primera vez en la Argentina; en 1961 lo hizo en México y de allá trajo sugestiones que, en agosto de 1962 nutrieron su exhibición porteña en la Galería Wildenstein. Sus obras se vieron también ese año en el Museo Castagnino de Rosario y, en 1965, en Wildenstein.












