¡Hola a todos! Hoy les traje una sorpresa en modo de recompensa por hacerlos esperar tanto por una actualización de esta historia.
He decido publicar el día de hoy otra historia titulada METAMORFOS ( https://my.w.tt/UiNb/2YKDp1h0RH ). Es mi primer historia (al menos publicada) con toques de fantasía, espero disfruten leerla.
Por favor ayúdenme compartiendo mis historias con amigos, familiares, enemigos jaja y con todos los que puedan. Siéntanse libres de compartir los links en cualquier blog, me ayudaría mucho.
Sin más que decir, espero disfruten de este nuevo capitulo de Enlazados y de mi nueva historia METAMORFOS. ¡Muchísimas gracias por leerme!
Los Kryan son una especie tan antigua como el mismo tiempo, su origen se remonta a la creación del mundo que conocemos. Eran seres metamorfos que tenían la habilidad de adquirir la forma de bestias monstruosas, habilidad que les permitió sobrevivir por milenios enteros… hasta que el hombre apareció y se convirtió en su principal enemigo y los llevó al borde de la extinción. Pero no sólo fue el hombre, la misma especie era responsable de un centenar de muertes, aniquilándose los unos a los otros por pequeñas diferencias.
Demian (si es que así podía traducirse su nombre de aquella lengua tan antigua), un bebé metamorfo que nació en la séptima luna llena del decimotercer mes fue un augurio, un aviso, que, según los ancianos de las mayores tribus no podía significar otra cosa más que destrucción.
Dorian, un niño que se vio atrapado en una brutal guerra, observaba como su pueblo era aniquilado por soldados de un pueblo aledaño. Soldados impulsados por la avaricia y el hambre de poder.
Caminó, cojeando a través de los árboles, esquivando hasta el más pequeño guijarro que podía avivar el insoportable dolor que le aquejaba la pierna. Un soldado había entrado a su hogar y asesinado instantáneamente a su padre, clavándole una flecha directo al corazón. Antes de que el cuerpo de su padre cayera al suelo, Dorian ya se hallaba corriendo directo al bosque. Con lágrimas nublándole la vista, corría lo más rápido que sus pequeños pies le permitían. Recordaba haber sentido un punzante dolor debajo de la rodilla, tan similar al dolor que una vez le causó la mordida de aquella serpiente venenosa. Cuando su mirada buscó el origen de aquel malestar, esperaba ver una mandíbula llena de dientes desgarrándole la piel. Pero no fue así. Lo que encontró en cambió, fue una flecha idéntica a la que había atravesado el corazón de su padre. El milagro de algún dios olvidado le había ayudado a que esa flecha no le partiera el hueso, porque de ser así, hubiera sido capturado.
Y caminaba, cojeando y esforzándose por llorar en silencio para que aquellos soldados no pudieran encontrarlo. Era consciente de que en ese bosque podría toparse con criaturas monstruosas que podrían quebrar cada hueso de su cuerpo como pequeñas ramitas, pero estaba seguro que la maldad de ningún monstruo se asemejaba a la de los humanos que asesinaban a otros. Podía escuchar gritos desesperados, gritos de agonía que iban perdiendo fuerza mientras se adentraba la oscuridad del bosque. Su pierna herida perdió fuerza y cedió contra el peso de su propio cuerpo. Dorian se arrastró hasta el hueco de un tronco seco, y sólo ahí, permitió que un llanto desgarrador escapara por su garganta. Lloró. Y lloró más. Hasta que el sol perdió fuerza y cedió su lugar a la blanca luna. Hasta que su cuerpo sucumbió ante el agotamiento y lo obligó a dejarse llevar hasta el mundo de la inconsciencia.
Despertó al sentir que algo húmedo le recorría la zona donde el soldado le había disparado con la flecha. Sus ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la claridad de la mañana y en darse cuenta que aquella borrosa mancha blanca que descansaba a sus pies era una enrome bestia peluda. Gritó tan fuerte que el enorme felino se sobresaltó y se alejó unos metros en un abrir y cerrar de ojos. Dorian se arrastró hasta lo más profundo del árbol y no fue hasta que su espalda chocó con la madera seca que se dio cuenta que la herida había sanado. Quedaban pequeños rastros de sangre pero ni una sola marca que indicara que horas antes había tenido una flecha incrustada. Con respiración agitada y el corazón desbocado, observó como el felino adquiría un brillo cegador, tan intenso que tuvo que protegerse los ojos con el dorso de las manos.
-Yo… yo no quise asustarte –susurró el niño que apareció en el lugar que instantes atrás había sido ocupado por aquella extraña bestia. Su piel era tan clara como el pelaje del animal y aquellos ojos plateados podrían haber sido los mismos de no ser el aspecto humano que habían adquirido. Su acento era extraño, como si el idioma que estuviera usando no le perteneciera-. Estabas herido, yo… yo sólo quería ayudarte.
Debajo de sus pies se encontraba la flecha partida en varias partes. Estaba cubierta de sangre, pero no toda era suya; había un líquido viscoso unos cuantos tonos más oscuro que el de la sangre humana. Mismo líquido que escurría lentamente de sus labios.
-Tus labios… están sangrando –dijo Dorian acercándose un poco. Durante años, su padre le había contado leyendas que pasaban de generación en generación, leyendas que narraban historias sobre seres antiguos y peligrosos que podían transformarse casi en cualquier cosa, y que hace mucho tiempo habían dejado de existir. En ese momento no le había creído a su padre.
-No podía sacar la flecha que tenías en tu pierna, tuve que morderla para poder sacarla. Era muy filosa –con la manga de lo que parecía ser un abrigo, se limpió la sangre de los labios. Cayó el suelo de rodillas y sacudió la cabeza varias veces -. La sanación no es mi fuerte, siempre me deja muy aturdido.
Dorian lo observó unos instantes más antes de atreverse a acercarse a él. Parecía estar hecho de plata. El cabello y cejas parecían estar bañadas en ese preciado metal, tan brillantes e insólitas. Si las historias de su padre eran ciertas, se equivocaban en algunas partes. Ese niño que tenía en frente no tenía nada peligroso. Trató de convencerse que aquellos relatos habían sufrido cambios al ser contados de una generación a otra y que aquel extraño que tenía en frente era alguien bueno. Cuando estuvo cerca de él, le ayudo a arrastrarse dentro del tronco y fuera de la vista de cualquier soldado que pudiera estar merodeando por ahí.
-Mi nombre es Demian. Sí, creo que así suena mi nombre en esta lengua tan simple. ¿Dónde… dónde están tus padres? –hablaba de forma pausada, como si trata de recordar las palabras que iba a usar-. He visto a tu especie y sé… sé que eres muy pequeño para estar solo.
Dorian pasó saliva tratando de deshacer el nudo que se había formado en su garganta. Su padre… apenas ayer había tenido un padre y ahora estaba solo en el mundo.
-No eres precisamente un adulto –comentó-. ¿Dónde están los tuyos?
-Murieron –respondió inclinando su cabeza hacia atrás hasta recargarla contra la madera-. Tengo que ir al norte, ahí estaré a salvo.
Su cuerpo perdió fuerza y quedó tendido en el suelo en una posición incómoda. “Ahí estaré a salvo”. ¿A salvo de qué? ¿Su pueblo también habría sido atacado por algún ejército?
Se quitó su propio abrigo y lo colocó debajo de la cabeza para que no se lastimara con las pequeñas piedrecillas que había debajo de ellos.
Demian despertó cuando la luna estaba una vez más sobre el cielo. Sanar las heridas de aquel niño lo dejaron agotado, esas habilidades siempre habían sido el punto fuerte de su madre. Lo último que recordaba de ella, era el enorme leopardo negro en el que se había convertido para detener a aquellos metamorfos que trataban de asesinarlo. Había logrado mantenerlo con vida durante quince años y luchó hasta el último de sus alientos para que él pudiera escapar. Recordaba perfectamente el sonido de aquellas garras oscuras abriéndose paso entre la carne de sus oponentes, aquellos furiosos gruñidos que le hacían vibrar los huesos.
-¿Qué hay en el norte que no hay aquí? –preguntó el mismo niño que había salvado.
-Nada. En…en el norte no hay algo que hay aquí.
-Personas y Metamorfos. Hay solo bosque. Un bosque libre de maldad. Mi madre quería llegar allá pero nunca pudimos porque nos tenían rodeados. Pero… pero ahora que hay guerra, los Metamorfos han abandonado la frontera, estoy seguro que podré llegar al otro lado.
El niño asintió con un semblante pensativo y segundos después le tendió un fruto rojo. Descubrió que era una manzana cuando el jugo se derramó sobre su lengua e inundó sus papilas con su dulce sabor. Llevaba varios días caminando por el bosque transformado en felino y no había comido nada porque en esa forma podía resistir más sin probar bocado alguno. Ahora que era un simple humano estaba muerto de hambre.
-Nunca me… nunca me dijiste tu nombre.
Demian asintió y no dijo nada más. Se concentró en la tarea de masticar la jugosa manzana que Dorian le había dado. Lo vio sentarse a su lado sin decir nada. Le devolvió su abrigo.
-¿Te transformas en gato? –preguntó con la boca llena de manzana.
-Lince –respondió Demian.
-Tendría que ser negro, pero nací defectuoso. Los Ancianos dijeron que soy una aberración. Por alguna razón que desconozco mi piel y mi cabello no tienen color.
-¿Por eso mataron a tus padres?
-Mi madre asesinó a mi padre cuando él intentó matarme a mí. Ni siquiera lo conocí… cuando… cuando… cuando eso pasó yo apenas había nacido.
-Qué horror –respondió Dorian.
-Sí. ¿Qué… qué les pasó a tus padres?
-Yo nunca conocí a mi madre. Creo que murió cuando yo nací. Nunca le pregunté a mi padre porque, supongo que en el fondo no quería saber. Mi padre fue asesinado ayer –Dorian hizo una pausa. Escuchó claramente como trataba de tragarse la manzana y con ella el nudo que se había formado en su garganta-. Un soldado entró en nuestra casa y lo asesinó con una flecha como la que yo tenía en la pierna. Ni siquiera le dio tiempo de defenderse o huir.
-Veo que nuestras especies tienen en común lo autodestructivo.
-Eso creo. Llévame contigo al norte.
-¿Qué? No…no sobrevivirías con esa forma humana.
-Una vez me picó una serpiente y no me morí –dijo con una sonrisa y un encogimiento de hombros-. De cualquier forma moriré si me quedo aquí.
Tristemente tenía razón. Dorian también estaba solo en el mundo, sus padres habían muerto en situaciones tan desastrosas como los suyos, ambos no eran más que dos pequeñas e insignificantes piezas con las que el destino jugaba a su antojo. Cerró un momento los ojos y pensó en las posibilidades que tenían de sobrevivir: nulas. Daría lo mismo si mueren juntos o cada uno en diferente zona del bosque.
-Mañana saldremos a primera hora, será mejor que duermas.
Los ojos de Dorian se iluminaron suavemente y asintió. Después de comer dos manzanas más, lo vio recostarse en el rincón más profundo del árbol dejándole espacio suficiente para que él durmiera a su lado. Lo escuchó sollozar unos minutos antes de que se quedara dormido.
Demian salió del tronco seco y respiró profundamente el aire fresco. Su cuerpo brilló intensamente y sintió como las extremidades de su cuerpo se retorcieron hasta convertirse en las extremidades de un lince. Inspeccionó el terreno en busca de algún soldado que persiguiera a Dorian o un ser metamorfo que lo buscara a él. Nada. La noche parecía tranquila y el único sonido en el bosque era el de las hojas agitadas por el viento. Los ojos de felino le permitían ver claramente en la oscuridad, ventaja que usaría para mantenerse con vida.
Regresó al árbol y se quedó unos minutos en la entrada preguntándose si debía regresar a su forma humana. Desechó esa posibilidad al imaginarse acorralado por algún enemigo. Tanto Dorian como él serían una presa fácil. Se recostó delante de la cabeza de Dorian, manteniendo la vista en la única entrada. Si alguien trataba de sorprenderlos los estaría esperando.
Observó a Dorian moverse en sueños dejando al descubierto su rostro surcado de lágrimas. Lo que fuera que estuviera soñando debía ser horrible. Pasó repetidas veces su lengua sobre su suave rostro y no se permitió dormir hasta que estuvo seguro de que estaba tranquilo.
Despertó sobre una superficie afelpada que por unos minutos le hizo creer que estaba en su cama. Eso era imposible. Entreabrió los ojos y notó que Demian se había transformado nuevamente en aquel enorme felino y lo rodeaba para protegerlo del frío. La suave piel del animal era tan cálida y suave que podría pasar todo un invierno sin morir de hipotermia. Estando consciente de la oscuridad, calculó que aún le quedaban varias horas para descansar. Hundió el rostro en el cuello felino de Demian y durmió tratando de creer que las cosas estarían bien a la mañana siguiente.
Sólo habían pasado tres semanas y con cada hora que pasaba el aspecto de Dorian se volvía más deplorable. Demian sabía por qué y se sentía realmente culpable. Lo había sometido a intensas caminatas que ningún ser humano resistiría. Llegar a los bosques del norte había sido su único objetivo y había descuidado por completo al amigo que lo acompañaba. Sí. Dorian había demostrado tener todas las cualidades necesarias para ser una persona de confianza. Habían sobrevivido a base de frutos y pequeños tragos de agua que podían permitirse cada vez que se acercaban a un rio. Eran condiciones inhumanas y aun así Dorian seguía detrás de él.
-¿Podemos ir a descansar más temprano? –le preguntó Dorian un poco desanimado-. Muero de sueño.
Siempre se despertaban antes de que saliera el sol y dormían muy entrada la noche. Dormían cuatro o quizá cinco horas. No era el tiempo necesario para que su cuerpo recuperara las energías para el día siguiente. Demian saltó desde la copa de un árbol y aterrizó a su lado, lo condujo por varios minutos hasta un árbol de ramas gruesas que les permitiría dormir en la cima, lejos de cualquier depredador terrestre. Lo observó subir con dificultad y respirar de alivio cuando lo había logrado. Instantes después, subió y se recargó a su lado ya en su forma humana.
-Haz perdido peso –comentó Demian.
-Supongo que sí. No podré vivir comiendo sólo manzanas –le dedicó una desganada sonrisa-. Te he visto transformarte muchas veces y siempre me he preguntado qué pasa con tu ropa cuando lo haces.
-Ni yo lo sé. Así que no esperes que te dé una respuesta.
Dorian rio por unos segundos. Su risa también sonaba algo apagada. Como fuera, tenía que encontrar la manera de conseguir algo más que manzanas para que no muriera de hambre. Si había aceptado que lo acompañara, también cuidaría que no muriera en el camino…
-A veces pasas tanto tiempo en tu forma felina que comienzo a olvidar como eres de verdad. ¿Nunca te ha asustado eso? ¿Qué los demás olviden como eras?
-Nunca antes había tenido a alguien más que mi madre. Siempre… siempre estábamos huyendo. Así que no, nunca había sentido ese miedo.
Vivir como fugitivo lo había privado de muchas cosas. Su madre le enseñó que si quería sobrevivir en este mundo hostil no debía confiar en nadie, ni siquiera en su misma sombra. Al confiar en alguien le das el poder para destruirte, le repetía cada día de su vida. Nunca estaban más de dos días en un mismo lugar, y no podían se permitir quedarse en sus formas humanas a menos que fuera estrictamente necesario. Como aquella vez que tuvieron que entrar a un pueblo para conseguir algunos remedios medicinales. Pero tanto su madre como él, sabían que estando en esa forma eran mucho más susceptibles a ser asesinados.
-Yo siempre tuve ese miedo, a desaparecer y que nadie me recordara. Porque si nadie nos recuerda ¿qué somos después de la muerte? ¿En realidad existimos alguna vez si nadie más nos recuerda?
-El hambre… el hambre te está poniendo muy filosófico –espetó-. Deberías dejar de pensar en eso y concentrarte en la vida que ahora tienes. Todavía… todavía te queda mucho por vivir.
Sintió como Dorian recargaba su cabeza en su hombro. Esperó hasta que se quedara dormido para enderezar su cabeza y recargarlo de forma segura en el árbol. Segundos más tarde estaba de nuevo en su forma animal y tenía toda la intención de regresar al pueblo que habían dejado atrás hace unos días. Corriendo a toda velocidad, estaría de vuelta a la mañana siguiente con algo de comida. Antes de marcharse vio el cuerpo delgado de Dorian y pasó suavemente su lengua sobre su frente. Era una promesa silenciosa de que todo estaría bien. De que regresaría tan pronto como le fuera posible.
Antes de marcharse olfateó el aire tratando de encontrar a cualquier depredador que estuviera oculto. Nada. Los únicos aromas que percibía provenían de las flores y algunos roedores que aprovechaban la oscuridad de la noche para alimentarse. Antes de marcharse observó por última vez a Dorian. Seguía tranquilamente dormido.
Durante la noche algunos animales fueron capaces de ver una criatura plateada, tan veloz que sus ojos no percibieron su forma ni su tamaño. Era un destello de luz que atravesaba la oscura noche.
-¿De dónde sacaste esto? –preguntó mientras se embutía una pieza de pan en la boca. Sabía que Demian no podría responderle mientras estuviera transformado en aquella enorme bestia pero aun así lo intentó. Seguían sobre la gruesa rama del árbol a varios metros del suelo. Sus pies comenzaban a entumecerse a consecuencia del peso de Demian sobre él pero no dijo nada. Sólo podía observarlo comer un los restos de algún animal. Sus colmillos eran enormes y hacían añicos con facilidad el hueso que estaba en medio toda esa carne. Cuando despertó, se encontró con el enorme lince sobre sus piernas y junto a él un bolso de cuero parecido a los que usaban los cazadores de su aldea. Descubrió que dentro había comida y una cantimplora (también de cuero) llena de agua.
No supo el porqué, pero la certeza de tener a alguien como Demian en el mundo lo hizo sentir afortunado.
Cada noche, después de que Dorian se quedaba dormido, se daba a la misión de escabullirse en el pueblo más cercano para robar un poco de comida y agua. Sabía que estaba haciendo algo malo pero aceptaría cualquier castigo con tal de que su amigo estuviera bien.
Algo en su interior le indicaba que estaban cerca de los bosques del norte. Quizá fuera su instinto, pero con cada paso que daban en esa dirección, algo en su interior latía con jubilosa intensidad. Habían pasado ya cinco semanas, y desde que alimentaba de mejor manera a su amigo había recuperado casi por completo el peso que había perdido. Ahora parecía estar lleno de vida y energía.
-¿Cómo es que tu cabello no crece? Mira el mío, es un desastre.
Demian lo miró sonriendo. El cabello negro ahora le cubría completamente los ojos y las orejas. Desordenados mechones se agitaban por todos lados.
-¿Por qué siempre haces… preguntas sobre el funcionamiento de mi cuerpo?
-Porque no es justo que tú no tengas estas dificultades –bromeó. Y esa broma iba a acompañado de una linda sonrisa.
Demian, que había decidido acompañarlo durante un pequeño tramo del recorrido en su forma humana, se acercó a Dorian y tomó de su bolso una pequeña navaja (que también había robado).
-Déjame… déjame arreglarlo.
Dorian no se inmutó ni un poco cuando Demian acercó la filosa hoja a su cuello. Con cortes perfectos, dejó el cabello tan corto como lo tenía el día que se habían conocido. Su piel morena estaba un poco irritada a causa de los aplastantes rayos del sol. Cuando terminó, enterró los restos de cabello para que ningún ser metamorfo pudiera localizarlos.
Dorian agitó suavemente la cabeza para deshacerse de los cabellos que se habían atorado en su ropa. Al ver su rostro lo invadió la necesidad de besar cada parte él como lo hacía cada noche antes de desaparecer. Claro, si es que esos lengüetazos que le daba podían ser considerados como besos felinos.
Siguieron caminado, esta vez en silencio debido a que ahora recorría los arboles valiéndose de su vista animal para mantenerse a salvo. La noche caería en unas cuantas horas y la parte del bosque en la que se encontraban no contaba con ningún árbol lo suficientemente ancho para dormir sobre él. Tenían que darse prisa, no podían permitirse correr el riesgo de dormir sobre el suelo.
-Sé que cada noche escapas mientras duermo para conseguir más comida –dijo Dorian entre jadeos mientras trataba de alcanzar la rama más alta. Habían corrido poco más de media hora entre la oscuridad antes de encontrar ese árbol. Demian ya lo esperaba arriba-. No quiero ser una carga en este viaje.
El lince negó con la cabeza. Cuando logró subir a la rama, se quedó de rodillas para estar a la altura de Demian. Apenas alcanzaba a cubrir los costados de ese rostro felino con sus manos y restregó su rostro contra la cabeza peluda de Demian. Recibió un suave lengüetazo por todo el rostro como respuesta.
Asintió y desapareció a través del bosque como un borrón plateado. Era la primera vez que estaba despierto mientras desaparecía y sintió como la soledad penetraba hasta el fondo de sus entrañas.
No llevaba más de veinte minutos durmiendo cuando el crujir de los arboles lo despertó. Abrió los ojos pero no logró ver nada. Se abrazó al árbol y se esforzó por controlar su respiración. No podía ser el viento el causante de ese ruido, no tenía la fuerza suficiente para causarlo. Además, ese sonido se parecía más al de las ramas al quebrarse. Y no provenía de arriba sino de abajo. De la impenetrable oscuridad que reinaba en suelo. Con movimientos lentos y silenciosos, alcanzó el bolso con el pie y se lo colgó en el dorso. La luz de la luna le permitía ver las ramas más cercanas a las que podría saltar pero no la criatura que merodeaba en el suelo.
Por unos segundos, el mundo pareció quedarse en silencio y en ese momento comprendió aquello que los adultos decían: antes de la tempestad viene la calma. El sepulcral silencio se vio interrumpido por la explosión de la madera del árbol en el que se encontraba. El árbol se estremeció bruscamente y empezó a ladearse con alarmante rapidez. Sin detenerse a pensar, Dorian corrió hasta el extremo de la rama en la que se encontraba y se lanzó al vació suplicando para alcanzar la rama que parecía más cercana. La piel de sus manos se desgarró al tallarse contra la áspera corteza pero eso no le impidió sostenerse y mantenerse alejado del suelo. Usando todas sus fuerzas logró alcanzar la rama con las piernas y subir el resto de su cuerpo. ¿Qué había sido eso? ¿Qué criatura tenía la fuerza necesaria para derribar un árbol tan grande como el que habían encontrado? Lo que sea que estaba abajo, seguramente lo había localizado por el cabello que habían dejado atrás.
No pudo evitar gritar cuando el árbol que estaba a su lado explotó de la misma manera. Se cubrió el rostro con las manos sanguinolentas para proteger sus ojos de los cientos de fragmentos de madera que volaban en todas las direcciones. Trato de localizar otra rama cercana a la que pudiera ir antes de que él árbol en el que se encontraba explotara en pedazos. La más cercana se encontraba a unos tres metros. Ni saltando con todas sus fuerzas lograría llegar hasta ella.
Esta vez el árbol no explotó. Algo enorme parecía trepar lentamente hasta donde él estaba. Por más que se esforzaba, la tenue luz de la luna no le permitía ver nada. El crujir de las ramas cada vez se escuchaba más cerca. Respiró profundamente y tomó todo el impulso posible antes de lanzarse al vacío y tratar de alcanzar el árbol de al lado. Sus dedos apenas habían alcanzado la rama cuando una enorme sombra atravesó el cielo y lo golpeó en la espalda haciéndolo caer hasta el suelo. El impacto fue tan fuerte que llenó su campo visual de chispas. Algo crujió debajo de él y espero que hubieran sido las algunas ramas y no sus huesos.
Cuando pudo recuperar el aliento, gateó lo más rápido que pudo tratando de escapar de su depredador, sin embargo, algo en su interior le decía que estaba perdido. Sin los sentidos sobrenaturales de Demian, él no era más que indefenso conejo en medio de una jauría de lobos rabiosos. Todo estaba tan silencioso que juraba que podía oír el latido de su corazón. ¿Hacia dónde se había ido aquella monstruosa sombra? Sus ojos no eran capaces más que de percibir las siluetas de los árboles, y eso no era suficiente para trazar una ruta de escape.
Una mortífera garra lo golpeó en el costado y lo derribó varios metros más allá de donde había estado parado. Supo que había sido una garra cuando sintió las enromes y gruesas uñas cortar la piel de su brazo.
Al tratar de ponerse de pie, vio un par de ojos tan rojos como la sangre acercarse a él, acompañados de unas enromes fauces repletas de gigantescos dientes. Cerró los ojos y pidió disculpas en silencio a Demian por no haber podido sobrevivir solo una noche.
Deseaba estar equivocado aunque sabía que eso era prácticamente imposible. El olor de un Metamorfo era inconfundible. En su cabeza trataba de formularse una pregunta por sí sola que no quería responder: ¿era demasiado tarde? ¿Cuánto tiempo debió haber pasado para que el olor de ese Metamorfo llegara él?
Rezó a todos los dioses olvidados para que no hubiera encontrado a Dorian. Estaba ya a solo unos kilómetros de él pero si lo había encontrado, por más rápido que fuera no podría salvarlo. Aunque también sabía que si llegaba y aún seguía con vida, la posibilidad de salvarlo era mínima. Él no podría ganarle a un Metamorfo adulto.
La oscuridad lo rodeo, una enorme garra le oprimía el pecho evitando que el oxígeno entrara en sus pulmones. No podía hacer otra cosa más que rendirse ante una muerte inminente y dolorosa. Con aquella culpa de haberle fallado a Demian.
Escuchó el rugido de victoria característico de un Metamorfo al terminar con su presa y se negó a creer que Dorian estuviera muerto. No, no podía estarlo.
Al llegar, vio el inerte cuerpo de su amigo debajo de un enorme lobo que superaba con facilidad su tamaño. Con unos ojos llenos de furia analizaba cada movimiento que hacía al tratar de acercarse para alejar a Dorian de sus garras. Sin otra alternativa, se lanzó en un ataque directo, si no podía salvarlo, al menos moriría con él.
Aspiro con todas sus fuerzas cuando aquella aplastante garra abandonó su pecho. Dorian podía ver como un enorme lobo negro peleaba con ferocidad contra aquel felino plateado. ¡Demian! ¡Había vuelto!
Los escuchaba gruñir y al ver la diferencia de tamaños comprendió que la batalla no duraría mucho tiempo y que Demian sería el que saldría perdiendo. Lo veía esquivar los enormes y desgarradores zarpazos del lobo y sus intentos inútiles por atravesar su piel con sus pequeñas garras. Era una batalla injusta de un cachorro contra un adulto.
Dorian buscó entre los restos de los árboles que había hecho explotar la enorme bestia y tomó lo más parecido a una lanza. Vio como Demian salía volando cuando no fue lo suficientemente rápido para esquivar uno de los ataques, y a la enorme bestia lanzándose sobre él.
Su cuerpo se lanzó a la batalla de esas enormes bestias sin pensar que perdería la vida en esa pelea de monstruos.
Demian cayó sobre su costado y vio a Dorian caer a su lado. Todo se volvió oscuridad cuando la bestia cayó sobre ellos y un sonido ensordecedor atravesó el bosque.
La bestia bramó de forma ensordecedora y sintió como su cuerpo se empapaba de un viscoso líquido de olor putrefacto. La pieza de madera que segundos antes había tenido en las manos había desaparecido en el interior del cuerpo del lobo que ahora estaba sobre ellos. Lo había matado. Lo había matado y salvado la vida de Demian.
Escuchaba los gemidos de Dorian muy cerca de él. Demian giró sobre su cuerpo y se apoyó sobre sus cuatro patas para quitarse de encima el cuerpo del lobo que ahora estaba sobre ellos sin vida. Con un sonido bofo, el animal cayo a su lado y encontró el cuerpo de Dorian bañado en sangre. Llegó rápidamente a él y con su agudo olfato se aseguró que no estuviera herido. Al darse cuenta que todo estaba bien, le limpio el rostro con su lengua. Dorian empezó a llorar y abrazó su peludo cuerpo con ambas manos. Demian, sin dejar de lamerlo, se tendió a su lado.
Jamás volvería a dejarlo solo.
Los lengüetazos de Demian se habían convertido en pequeños besos que recorrían suavemente su rostro. No se había dado cuenta del momento en que había adquirido su forma humana porque estaba demasiado ocupado llorando y agradeciendo al destino por haberles permitido seguir vivos.
-Me… me salvaste –susurró Demian sobre su rostro -.Nunca volveré a dejarte solo. Lo… lo prometo.
Tomó el rostro de Demian como había hecho hace apenas unas horas, sus dedos, acunando perfectamente ese rostro humano trazaron el camino que unió sus labios. Fueron pequeños besos, intensos, llenos de felicidad al darse cuenta de la suerte con la que habían corrido.
La adrenalina que su cuerpo había liberado durante la batalla había funcionado como un potente analgésico que apagaba el dolor de todas sus heridas, no obstante, ahora que estaban fuera de peligro cada fibra de su cuerpo palpitaba dolorosamente. No estaba del todo consciente cuando Demian lo arrastro por varios metros, tratando de ponerlo a salvo.
-Es raro verte en tu forma humana –comentó al despertar. El cielo sobre su cabeza comenzaba a tornarse en un tono naranja oscuro. ¡Había dormido casi todo el día! Su cuerpo se estremecía con cada movimiento que trataba de hacer, creía que si diez hombres lo hubieran golpeado el dolor sería un poco más soportable. Observó por un momento el rostro de Demian, tan cansado, con su habitual palidez que lo hacían un metamorfo único. Quizá no pasara mucho tiempo en su forma humana, pero sabía que esas marcas oscuras debajo de su rostro habían aparecido a consecuencia de una noche en vela.
-Si… si los metamorfos están detrás de nosotros, podrían rastrearnos fácilmente si continuo en mi forma animal.
-Entiendo –alcanzó a decir Dorian antes de estremecerse de dolor. Sus ojos se posaron sobre las heridas irregulares que recorrían la superficie de su brazo. Estaban cubiertas (o al menos una parte) por un improvisado vendaje hecho con la ropa de Demian.
-Discúlpame por no haber sanado tus heridas… si lo hubiera hecho me habría sido imposible mantenerme despierto toda la noche… Y… lo siento –su voz, cargada de arrepentimiento, causaban un insoportable dolor en el pecho de Dorian, aún peor que el de todas las heridas de su cuerpo.
-Si hubiera estado consciente, no te lo habría permitido –reconoció, recordando lo agotado que había quedado la vez anterior.
Demian suspiró y se sentó a su lado.
Se encontraban ocultos en un enorme agujero cubierto por enormes troncos de árbol. Todos estaban acomodados de tal forma que cualquier humano que pasara por ahí, daría por sentado que esa extraña formación se había formado durante años por obra de la naturaleza.
Por algún motivo que no alcanzaba a comprender, sentía que todo lo que había pasado era culpa suya. Si Demian hubiera estado solo no habría sido necesario que regresara y se enfrentara a un metamorfo más grande y poderoso que él. Probablemente hasta habría llegado a su destino de no ser por su lentitud humana. Qué inútil se sentía en ese momento.
Habían pasado cinco días después del ataque sorpresivo de aquel metamorfo. Fue imposible para Demian no notar el cambio en el humor de Dorian. Estaba más callado de lo habitual, incluso en aquellos días que pasaba en su forma animal siempre tenía algo que decir, no dejaba de hacer preguntas aunque no recibiera respuesta alguna.
-¿Estás bien? –le preguntó a Dorian mientras caminaban. Esa mañana habían retomado su caminata hacia el norte. Durante esos cinco días se vieron forzados a regresar a su antigua dieta de frutos y agua, no podía arriesgarse a alejarse mucho de Dorian ahora que estaba herido.
-Casi no me duele, creo… creo que bien.
Durante la batalla, el metamorfo había aplastado su cuerpo con sus enormes y pesadas garras, gracias a que su piel era más dura mientras estaba transformado no sufrió ningún corte pero habían aparecido enormes moratones a lo largo de sus costillas.
Se sentía tan impotente al ver la lentitud con la que avanzaban. No le molestaba el tiempo que les pudiera tomar llegar a ese paso, sino lo vulnerables que eso los hacía. Sabía que el olor de toda la sangre derramada en la palea atraería a más de una bestia y comprendía que habían sido muy afortunados al sobrevivir a un ataque directo. La impotencia iba acompañada de la paranoia originada por todos los años que vivió como fugitivo; los metamorfos no eran seres solitarios, siempre iban en grupos no menores a cinco o seis, por más posibilidades que pensara no podía entender porque ese enorme lobo los había atacado cuando estaba solo.
Tenía que dejar de pensar en eso y concentrarse en mantenerse vivo.
No permitió que Dorian lo convenciera de caminar durante la noche. Era una propuesta que ni siquiera estaba a discusión dado el peligro en el que se encontraban. Lo ayudó a subir a un árbol, no estaban tan alto como le gustaría pero al menos la distancia que había entre el suelo y ellos le daría el tiempo necesario para transformarse y atacar en caso de una emboscada. Lo escuchaba gemir de dolor mientras se esforzaba por alcanzar las ramas más altas y sostenerse de ellas.
-Es suficiente –le dijo a Dorian para que se detuviera.
Obtuvo un asentimiento como respuesta. Algo andaba mal con Dorian y no sabía qué. ¿Las heridas eran más graves de lo que aparentaban ser? ¿El zarpazo que había recibido habría tocado algún órgano importante?
-No me gusta que hagas eso –comentó Demian.
-Estar… estar tanto tiempo dentro de ahí –con sus dedos goleó suavemente la frente de Dorian-. ¿Qué tanto estás pensando?
Observó como las facciones de su rostro se crispaban apenas por un segundo; si no hubiera sido por su aguda vista sobrehumana ni siquiera lo habría notado. Respiró lentamente antes de responder.
-¿Alguna vez has sentido que no sabes qué hacer?
-Cada día de mi vida –respondió Demian-. Hay días en los… en los que me gustaría dejar de huir, dejar que me atrapen y que hagan conmigo lo que quieran. Y últimamente no sé cómo hacer para mantenerte a salvo.
Otra vez esa mínima tensión en su rostro se hizo presente; creía saber de qué venía todo este silencio en los días anteriores. Lo pensó por un momento. Sí, quizá estar con un humano hubiera complicado un tanto las cosas, sí, pero además de Dorian, no había hablado con nadie durante tanto tiempo. Las situaciones tan similares por las que habían pasado los unió de una manera que los humanos ni los metomorfos entenderían. ¡Ni siquiera él podía entenderlo!
-Ni se te ocurra continuar –lo interrumpió bruscamente-. Lo… lo que sea que estás pensando no es así. No complicas nada. Lo que paso… lo que pasó fue por un descuido que no volverá a ocurrir.
-Pero –quiso objetar Dorian con una mueca suplicante.
-No hay peros –trató de suavizar su tono de voz-. Ambos sabíamos a lo que nos enfrentamos, y no sé tú… pero yo estoy dispuesto a continuar.
Para su sorpresa, recibió una sonrisa por parte de Dorian; estaba siendo demasiado duro con él pero necesitaba que entendiera a la perfección lo que trataba de decirle. Lo que sentía al estar con él era algo totalmente diferente al arrepentimiento.
Esa noche, presa del agotamiento, cayó en la inconsciencia antes que Dorian. Cuando sintió que sus parpados eran tan pesados que no pudo sostenerlos, se acercó lo suficiente para poner su cabeza en los muslos de su amigo. Sentía unos suaves dedos recorrer su rostro, su cabello, sus orejas, justo como lo hacía cuando él estaba convertido en un enrome lince.
Si la muerte era lo que le esperaba por estar con Dorian, la aceptaría con gusto, sabiendo que valdría la pena.
Nueve semanas más tarde, el suelo debajo de sus pies había cambiado. La tierra había abandonado ese color ocre oscuro para convertirse en un café tan claro que visto debajo de la incandescente luz solar podría hacerse pasar por blanco. Sus heridas se habían recuperado casi por completo y comprobó con satisfacción que los hematomas de Demian también habían desaparecido. Su padre le había enseñado a preparar un ungüento a base de corteza de sauce y árnica, muy efectivo para esa clase de heridas. Había funcionado a la perfección.
-¿Cómo vamos a saber que ya llegamos? –le preguntó a Demian.
-Lo sentiremos en el corazón –le respondió tranquilamente.
-No –soltó una carcajada. Ese dulce sonido podría hacerle creer que nada estaría mal-. Mi madre decía que los bosques del norte estaban encantados por una magia ancestral. Incluso más antigua que los metamorfos y los humanos. Lo mantienen a salvo de cualquiera con un corazón oscuro. Los Lores mantienen a raya cualquier ser negativo que trate de acercarse.
-Y los Lores son… -inquirió tratando de entender lo que Demian le decía.
-Tampoco lo sé. Los metamorfos… creen que son la primera especie mágica que pisó este mundo. Su poder es inigualable. Y lo más importante es que son justos.
-Vaya –fue lo único que pudo decir. No podía impedir sentirse atemorizado al saber de la existencia de seres tan poderosos. Si esos Lores podían hacer ver a un metamorfo como una criatura inofensiva, no podía imaginar el aspecto que podían tener. Lentamente, una imagen de una criatura monstruosa comenzó a formarse en su cerebro. Enrome, cubierto completamente de escamas que lo hacían impenetrable ante cualquier tipo de garras-. Qué miedo.
Demian rio aunque no con la fuerza de antes.
Dorian se preguntó si algún día podría acostumbrarse a esa piel pálida y ese increíble cabello plateado. Esperaba que no, era algo que lo tenía cautivado. ¿Por qué los de su propia especia creían que había algo de mal en él por no ser igual a todos?
Siguieron caminando, siempre en línea recta para no perderse. Caminaron por varias horas hasta que la oscuridad cayó sobre ellos. Durante la noche, Demian observaba el cielo tratando de ubicar las constelaciones para asegurarse que fueran en la dirección correcta, habilidad que había aprendido gracias a su madre. Dorian logró convencerlo para pasar la noche en una pequeña planicie lejos de los árboles, con el cielo resplandeciente de estrellas sobre sus cabezas. Lo veía olfatear el aire y poner atención al más pequeño crujido. Al final aceptó fiándose de sus agudos sentidos. Recostados sobre hojas secas y con la mirada en los diminutos puntos brillantes que aparecían en el firmamento, se permitió disfrutar de la compañía de Demian como nunca lo había hecho. Respirando su aroma, que, sin explicación alguna, siempre olía como el bosque, como el rocío de la mañana y las plantas nocturnas. Era un aroma exquisito. Notó reacciones en su cuerpo que antes no eran tan comunes; parecía que cada partícula que entraba en contacto con su compañero reaccionara y vibrara ante el más mínimo contacto. Algo estaba cambiando.
-Corre más rápido por favor –le pidió a Dorian mientras atravesaban un amplio pastizal. Si no se equivocaba, esos tallos gruesos y secos que trataba de esquivar eran hortalizas. El sembradío de algún campesino. En su desesperación por huir, habían perdido el rumbo y entraron, quizá, en alguna granja apartada de un pueblo. Porque sí, estaba seguro que siempre había tenido el cuidado suficiente para alejarse lo más posible de los asentamientos humanos.
La única respuesta que obtuvo de Dorian fueron esos sonoros jadeos de agotamiento.
Ahora que, nuevamente corrían por su vida, aquella noche perfecta parecía tan lejana. Recordaba el cuerpo de Dorian contra el suyo, separados únicamente por la tela de sus prendas. Le había preguntado por los planes que tenía al llegar a su destino, y Demian, sin pensarlo, le respondió que no le importaba con tal de que siguiera a su lado. Recordaba sus risitas insulsas, tan carentes de malicia. Su rostro oculto entre su cuello, cada palabra que Dorian pronunciaba cosquilleaba en la zona donde el cuello y el hombro se unían. Si le fuera posible, habría ofrecido a todos los dioses, tanto humanos como metamorfos lo que fuera para esa noche hubiera sido eterna. Se esforzó por dejar de pensar en eso y concentrarse en correr y seguir viviendo. Observó como Dorian preparaba el arco y flechas que hace unos días había encontrado olvidado en un árbol; para su sorpresa, su puntería era casi perfecta.
-No es por desanimarte, pero sería mejor que siguieras corriendo –sugirió. Dorian hizo una mueca que sólo denotaba desesperación.
Se maldijo a sí mismo al notar una vez más la lentitud con la que avanzaba en su forma humana; sería imposible que escapar de un metamorfo de esa manera. Si el olor ya había llegado a él, serían necesarios apenas unos minutos para toparse con ellos. Si es que tenían suerte. Detectó dos aromas distintos, no podría decir que tipo de metamorfos eran pero podía asegurar que dos bestias muy distintas a un lobo estaban detrás de ellos.
Pronto abandonaron ese sembradío para internarse nuevamente en el bosque. El sol, que, empezaba a ocultarse detrás de las montañas proyectaba las largas sombras de los árboles sobre ellos, como garras de una bestia antigua que se desplegaban para recibirlos. Esquivaban rápidamente los troncos y ramas que se atravesaban en su camino; probablemente fue un error internarse en el bosque cuando el sol abandonaba el cielo pero no tenían opción. Lo único que les quedaba era correr por sus vidas.
Pareciera que el oxígeno iba desgarrando su garganta y todo a su paso hasta llegar a los pulmones, su cuerpo humano estaba a minutos de colapsar ante el agotamiento. Se preguntó por cuánto tiempo más resistiría Dorian. Apenas podía verlo de reojo, con el rostro de un tono rojizo y con el sudor perlándole la frente y las mejillas, al parecer, tenía mejor condición de lo que esperaba; tenía el arco entre las manos, con la cuerda tensa y listo para disparar a cualquiera que se pusiera en su camino. De pronto, sintió el mundo sacudirse, una sensación aplastante subió por su estómago y se quedó en su pecho impidiéndole respirar. Cayó al suelo de rodillas tratando de no gritar de dolor. Conocía esa sensación, la había sentido días atrás, sólo que esta vez era mucho más intensa.
Estaban cerca del bosque del norte.
Apenas alcanzó a detenerse cuando el cuerpo de Demian se desplomó frente a él. Instantáneamente soltó el arco al que se había aferrado durante los últimos minutos y se lanzó de rodillas a su lado.
-¿Estás bien? –le preguntó a Demian sin molestarse por ocultar el miedo de su voz.
-Corre –gimió con un hilo de voz. Dorian podía ver como las venas sobresalían en la piel de su cuello y rostro.
-No puedo dejarte aquí –espetó Dorian. No era una opción para él abandonarlo ahí.
-¡Corre maldita sea! –gritó furioso, y su voz pareció llegar a cada rincón del bosque. Sus dedos se contrajeron y formaron un puño sobre la tierra. ¿Qué le estaba pasando? ¿Qué lo estaba lastimando? Dorian miró en todas direcciones, buscando algún ser que lo estuviera lastimando a la distancia con algún tipo de magia extraña. Nada. Sólo estaban ellos dos-. Huye, Dorian, por favor.
No pudo decir nada cuando vio lágrimas derramarse de sus ojos. Pequeñas perlas que caían con suavidad y desaparecían en la tierra junto a sus manos. Dorian se levantó, tomó el arco y corrió lo más rápido que pudo. No podía dejar atrás la imagen del rostro de Demian, se había alojado en una parte de sí que tiraba de él para que no lo abandonara a merced de aquello que los perseguía.
Siguió corriendo pero la velocidad con la que lo hacía no se comparaba con la que llevaba hace unos instantes; la idea de dejar atrás a Demian le destrozaba el corazón. Él lo había salvado cuando aquel monstruoso Lobo lo atacó, se había transformado y luchó contra una bestia tres veces más grande y fuerte, lo hizo sin pensar que podría haber perdido la vida. Si Demian podía arriesgarse para salvar su vida, él también podía hacerlo. Ajustó la flecha sobre el arco una vez más y caminó en sentido contrario, dispuesto a encontrarse con el metamorfo que los asechaba y clavársela en medio de los ojos.
Caminó sigilosamente al escuchar una especie de gruñidos y el batir de unas alas. Trató de relajarse y disminuir los latidos de su corazón, si esos metamorfos alcanzaban a escucharlo u olerlo, estaba muerto. Los restos de un sol agonizante atravesaban el follaje de los árboles y alumbraban débilmente la pequeña parte de tierra donde se encontraba el cuerpo de Demian. Aún estaba de rodillas, exactamente en la misma posición en la que se había quedado cuando él había corrido…
Faltó poco para que la flecha se le resbalara entre los dedos al ver la monstruosa ave que lo observaba desde un árbol cercano. Era imposiblemente grande, sus huesudas garras rodeaban con facilidad la rama, que sin exagerar, era el doble de gruesa que un cuerpo humano promedio. Sus ojos, tan negros que parecían absorber la poca luz que quedaba, oscilaban entre el cuerpo de Demian y el suyo, quizá, calculando cuantas milésimas de segundo serían necesarias para devorarlos a ambos. Se armó de valor y caminó sin bajar el arco (que creía sería inútil contra algo de ese tamaño) hasta donde estaba Demian. Este lo miró de soslayo y le dedicó un gesto que no supo descifrar. Podría haber sido una queja. O tal vez, una advertencia de la dolorosa muerte que les esperaba.
Enfrentaría cualquiera de esas cosas por salvar a su amigo.
Se puso de rodillas a su lado y al instante notó que tenía un aspecto deplorable. Demian no podría pelear mientras estuviera en ese estado. Tratando de ganar tiempo y de medir la fuerza de aquella bestia que los asechaba, soltó la flecha. Salió disparada a toda velocidad, rugiendo y cortando el viento directo a donde se supone tenía que estar el corazón de aquel ser. En menos de un parpadeo y antes de que la flecha llegara a su objetivo, aquella espantosa ave se elevó hacia el cielo y se perdió entre las sombras de los árboles, soltando un agudo graznido que le hizo vibrar los huesos. Rápidamente y con la experiencia de un cazador colocó otra flecha en el arco.
-Te dije que corrieras –susurró Demian, esforzándose para ponerse de pie.
-También dijiste que estabas dispuesto a continuar con todo esto –respondió sin dejar de buscar en las copas de los árboles. Movía el arco en todas direcciones siguiendo cualquier movimiento que sus ojos humanos detectaban-. ¿Estás herido?
-No –le respondió hasta que pudo ponerse de pie-. Es el bosque. Estamos cerca. Creo que no estaba del todo equivocado cuando te… te dije que lo sentiríamos en el corazón. ¿Tú no sientes nada?
Como si fuera posible, su preocupación alcanzó niveles inimaginables; el aspecto de Demian empeoraba con cada minuto, como si la vida se le escapara entre cada suspiro. Dejó de apuntar con el arco, consciente del peligro que corrían y se pasó el brazo de Demian detrás del cuello para poder alejarse de ahí. Quizá, el metamorfo que los había encontrado no quería hacerles daño y por eso los había dejado vivir…
Mientras retrocedían lentamente supo que se había equivocado. Las ramas de los árboles se estremecieron cunado una sombra amorfa descendió lentamente. Lo que antes había sido una ave monstruosa, ahora tenía la forma de una bella mujer. Su belleza, de alguna forma inexplicable, de la daba un aspecto letal; Dorian pensó que era como las rosas negras que crecían en el bosque, hermosas y mortales. Su piel oscura contrastaba de una forma atractiva con aquellos ojos dorados, que, para sorpresa de ambos chicos, eran los ojos de un reptil. Con una línea vertical como pupila, parecía observar cada movimiento que hacían, por más mínimo que este fuera.
-Tú madre fue muy lista al tratar de llevarte al Bosque sagrado. Es una lástima que haya tenido que asesinarla –susurró con voz antigua. Una voz de ceniza y muerte, de odio y destrucción-. Al menos dio una buena pelea.
Si su voz era muerte y destrucción, la sonrisa que les dedicó era el mismo infierno; una sonrisa provocada por el sufrimiento, una sonrisa que se deleitaba en la agonía. Sintió como cada musculo del cuerpo de Demian se iba tensando, preparándose para la batalla aunque apenas podía mantenerse de pie. Dorian preparó el arco y apuntó su segunda flecha hacia la mujer.
-Alguien tiene que pagar por lo que me hizo esa perra –sentenció, ensanchando su sonrisa. Con sus delgadas manos que terminaban en filosas zarpas se apartó el cabello que le cubría el cuello y dejó al descubierto una espantosa cicatriz. Eran las marcas de unas garras que habían desgarrado la piel desde la oreja hasta la clavícula. Una herida que seguramente hubiera sido mortal de no ser por la rápida sanación que poseían.
-¿Se dieron cuenta que… con un metamorfo no es suficiente para cazarme? Me siento honrado que se hayan tomado la molestia de enviar dos esta vez –se burló Demian, haciendo un esfuerzo por ocultar su agotamiento. Dorian dejó de respirar al escucharlo. ¿Había dos metamorfos? Tragó saliva al recordar el enorme lobo que casi los había asesinado.
Aquella mujer apretó los labios y fue la única reacción que demostró que estaba tan sorprendida como Dorian. Si Demian había detectado el olor de otra criatura, no estaba con ella.
-Hoy me siento misericordiosa, morirán sin tanto dolor –susurró y su cuerpo se estremeció de placer al detectar el miedo de Dorian.
Se abalanzó sobre ellos, un borrón negro atravesando la distancia que los separaba a una velocidad sobrenatural. Dorian reaccionó por instinto puro y lanzó a Demian hacia un lado y él cayó hacia el lado contrario. Si hubiera reaccionado segundos más tarde, esas oscuras garras de la mujer les hubieran destrozado la piel del cuello y el rostro. Si rebanarles el cuello era ser misericordiosa no se imaginaba las torturas que podría prepararles si estuviera de mal humor.
-No le vamos a ganar… corre –jedeó Demian. Su cuerpo fue cubriéndose de un tenue brillo que antecedía a su transformación.
Dorian asintió, se levantó y corrió hacia la oscuridad del bosque con la idea de abandonar a Demian muy lejos de su cabeza.
Ver a Dorian desaparecer entre los árboles le dio la sensación de paz que tanto ansiaba. Él iba a morir, estaba seguro de eso, pero saber que su amigo sobreviviría lo dejaba tranquilo. La metamorfa rio a sus espaldas, una risa que le hizo recordar aquel día que su madre murió. La misma risa que fue lo último que escuchó antes de abandonarla y dejar que la asesinaran.
-Eres idéntico a tu madre, siempre convirtiéndose en los mártires del momento. ¿Crees que dejaré que tu amigo se escape? Cuando tus entrañas estén esparcidas por esta tierra iré detrás de él y disfrutaré de cada gemido de agonía que escape de sus labios –esa voz antigua adquiría matices de perversión cuando de sufrimiento se trataba.
-Eres menos insoportable cuando tienes esa forma de zopilote –había burla en la voz de Demian-. Al menos así mantienes esa asquerosa boca cerrada.
Tiempo, tenía que darle todo el tiempo posible a Dorian para que pudiera huir, alejarse, esconderse de la despiadada metamorfa que tenía enfrente. Cerró los ojos por unos segundos tratando de concentrarse e internarse en su poder. Siempre se imaginaba a sí mismo lanzándose a un precipicio de fondo helado. Vientos gélidos eran presencia de su poder, pero ahora…. Todo era fuego. Aquello que lo estaba atacando iba directo a su magia, lo estaba incinerado desde el interior. Sentía un poder antiguo entrando por cada poro de su piel, iba quemando todo a su paso mientras se internaba y se quedaba en su pecho, en el origen de su propio poder. Si la metamorfa no lo mataba, lo que fuera que lo estuviera atando lo haría.
-Al menos tu madre tuvo la decencia de mantenerse calla mientras moría en mis garras –susurró, inyectando ira a su voz.
Sus huesudas extremidades comenzaron a deformarse en medio de una oscuridad antinatural. Sus huesos crujían al fracturarse y alargarse para adquirir el tamaño y forma de las monstruosas alas que había lucido cuando apareció. Las facciones de su rostro que antes habían sido suaves y perfectas perdieron su belleza y dieron lugar a un enrome pico lleno de filosos y letales dientes. Su cuerpo transpiraba muerte, unas garras que ya desgarraban carne y partían huesos desde antes que el tiempo existiera se preparaban lentamente para arrebatarle la vida.
Demian sentía que su cuerpo se incendiaba, ese poder antiguo le impedía acceder a su magia y transformarse en alguna bestia capaz de combatir contra esa mujer. Trataba de sumergir su conciencia en ese pozo que antes había contenido su poder. Nada. Estaba vacío. Lo único que contenía era un fuego antiguo que no era capaz de usar. Su visión mejoró un poco y las uñas de sus dedos se habían convertido en garras felinas pero no sería suficiente para detenerla por más de varios minutos. Moriría e inevitablemente Dorian también. No sería capaz de mantenerlo a salvo. Tenía en frente a un enorme quebrantahuesos y él no era más que un niño con las uñas largas.
Su vista mejorada alcanzó a percibir cuando los fuertes músculos de las alas se tensaron segundos antes de lanzarse contra él. Obligó a sus pies a moverse y retroceder algunos metros evitando así las largas garras que tenían como objetivo cortar su piel. El ave de más de dos metros aulló de dolor cuando Demian se lanzó sobre ella tratando de alcanzar el cuello. La metamorfa se retorció violentamente y Demian salió volando por los aires. Cayó sobre el suelo cubierto de corteza y pequeñas ramas de los árboles. Trató de ponerse de piel, de encontrar su poder y convertirse en un felino capaz de combatir.
Había firmado su sentencia de muerte al percibir esas dos presencias de metamorfos y no hacer nada al respecto.
Su cuerpo ni siquiera había recuperado el aire cuando unas enormes garras lo levantaron y lo estrellaron contra un árbol, que, apenas dos segundos atrás, había estado a diez metros de él. Sus músculos rugieron adoloridos cuando la corteza gruesa y rugosa se abrió paso entre su piel; sintió sus huesos crujir, resquebrajarse rápidamente. Al menos una costilla había sucumbido ante el impacto. Trató de burlarse de la metamorfa que lo tenía aprisionado contra el árbol y con sus fauces a unos centímetros de su rostro. Lo único que brotó de sus labios fueron borbotones de sangre pues las heridas habían sido más graves de lo que había pensado.
La voz que antes había empleado la mujer apareció dentro de su cabeza:
-Es tan placentero el dolor ¿no crees? –aunque parecía imposible, su rígido pico pareció curvarse y formar una sonrisa torcida y malévola.
Demian no logró hablar, la sangre de su boca estaba ahogándolo. Respiró lo más profundo que sus costillas fracturadas le permitieron y escupió una mezcla de saliva y sangre contra el rostro quebrantahuesos. Haciendo acopio de todas sus fuerzas logró sonreír. ¿Dorian ya estaría lo bastante lejos como para que no lo encontraran?
Furiosa, la metamorfa, clavó con fuerza esa afiladas uñas en su hombro izquierdo. Demian se mordió los labios tratando de no gritar de dolor y darle esa satisfacción. Rápidamente el sabor metálico de su propia sangre se apoderó de sus sentidos. Todos sus esfuerzos fueron en vano cuando el quebrantahuesos presionó con más fuerza y escuchó el chasquido que hizo su hueso al partirse. Demian gritó y gritó más. Gritó con todas sus fuerzas hasta sentir como su garganta se desgarraba con los lamentos de agonía; en toda su vida jamás había experimentado un dolor tan insoportable. Poco a poco, sus pensamientos se fueron tornando más confusos, más torpes. Su consciencia lentamente abandonaba su cuerpo y se alejaba de ese dolor que se cernía sobre él. ¿Eso era todo lo que podía hacer? ¿No era capaz de detener a una metamorfa antigua por más de quince minutos? A pesar de sus esfuerzos por mantenerse despierto su cuerpo imploraba que detuvieran esa agonía que estaba acabando con él. Cuando su vista comenzaba a nublarse, las garras lo liberaron de su prisión su cuerpo se desplomó sobre la tierra. Empezó a temblar de miedo y dolor.
-No eres más que un gatito asustado.
Giró sobre su cuerpo para escupir la sangre que se había vuelto a acumular en su boca. Enterró las uñas en la tierra y se arrastró hasta el árbol más cercano, consciente de que el quebrantahuesos avanzaba lentamente detrás de él y que nada lo salvaría de su inminente muerte. La metamorfa parecía deleitarse en todo el sufrimiento que le estaba propinando. Los bordes de su visión comenzaban a oscurecerse y sus uñas habían regresado a su forma natural cuando llegó al tronco de un árbol que empezaba a secarse.
-Oh no, aún no puedes quedarte dormido –ronroneó el quebrantahuesos.
A pesar de estar sumergido casi por completo en la inconsciencia, Demian sintió como las filosas garras que antes había tenido enterradas en el hombro se clavaban en su espalda. Una a una, se fueron abriendo paso entre su piel, desgarrando los músculos y partiendo los huesos que aun parecían estar intactos. Se sorprendió a sí mismo cuando aulló de dolor pues creía que ya no tenía fuerzas ni para respirar. Reuniendo todas las fuerzas que le quedaban, trató de girar para al menos, morir burlándose de la mujer; calculando que el tiempo había sido suficiente para que Dorian se hubiera escondido. El quebrantahuesos pareció concederle su último capricho y lo dejó girar, observando detenidamente como la sangre se escapaba por las heridas. La tierra a su alrededor se teñía rápidamente de un rojo escarlata, tan rápido como la vida abandonaba su cuerpo.
Cerró los ojos recordando la sonrisa de Dorian, el sonido de su voz cuando pronunciaba su nombre y el tacto de sus manos sobre su piel. El dolor que sentía ahora era poco comparado con lo que soportaría con tal de que ese hermoso ser humano pudiera escapar con vida.
Antes de sumergirse en una profunda oscuridad que prometía alejarlo del dolor alcanzó a ver las antiguas fauces, letales y despiadadas, cernirse sobre él, dispuestas a arrebatarle la vida. O lo que quedaba de ella.
Las piernas le fallaron y cayó de rodillas al suelo cunado vio como la mujer abandonaba su forma humana y se transformaba en una monstruosa ave, con garras enromes y con un plumaje tan oscuro como la noche. Las plumas, que parecían metálicas, reflejan los escasos rayos de sol que alcanzaban a atravesar las copas de los árboles. Demian seguía en el suelo, con el cuerpo brillante pero aun humano. ¿Por qué no se transformaba? En su forma humana sería imposible ganarle a ese monstruo. El quebrantahuesos se lanzó hacia Demian a una velocidad que sus ojos humanos no pudieron seguir; su corazón dio un vuelco cuando apareció detrás de él. Al parecer, Demian si lo había visto pues logró esquivar ese letal ataque, y al mismo tiempo, lanzarse contra él tratando de llegar a su cuello. Dorian se obligó a cerrar los ojos cuando el cuerpo de su amigo salía volando por los aires y se estrellaba estrepitosamente contra el suelo.
-Levántate, por favor –susurró, sabiendo que Demian no era capaz de oírlo.
Se puso rápidamente de pie y avanzó entre los arbustos silenciosamente, cuidando cada pisada y cada respiración para que la metamorfa no fuera capaz de detectarlo. Rodeo la zona donde Demian estaba siendo golpeado de forma brutal; el quebrantahuesos lo había estrellado contra un árbol y ahora lo tenía aprisionado contra él. Las lágrimas se agolpearon instantáneamente en sus parpados cuando escuchó el alarido agonizante que escapaba de los labios de Demian. Por primera vez, desde la primera semana que lo conoció, se permitió pensar en su padre; en la forma que aquellos soldados habían entrado a su hogar y lo habían asesinado a sangre fría. Se permitió recordar aquel día que corrió por su vida, con los tendones de su pierna tensos a consecuencia de aquella flecha que los atravesaba. Se permitió recordar el vacío infinito dentro de su ser ante la muerte de alguien que amaba. Prefería morir antes de volver a sentir esa asfixiante desolación. Sin duda, moriría tratando de salvar a Demian.
Con el dorso de la mano se deshizo de las lágrimas que nublaban su visión y corrió a toda velocidad. De su bolso sacó el ungüento que había preparado hace algunos días. Su principal activo era belladona, un potente veneno extraído de una flor que rara vez se encontraba en el bosque. Cuando la encontró supo que ese hallazgo tendría un motivo, y al parecer estaba frente a sus ojos.
-Suéltalo, maldita bestia –susurró una vez más, tan bajo que ni los poderosos sentidos de esos seres serían capaz de escucharlo.
Había llegado al otro extremo del claro donde el quebrantahuesos se encontraba; ahora tenía sus garras sobre la suave piel de la espalda de Demian. Sus ojos brillaban de fruición al enterrar esas letales uñas sobre la blanda superficie. Su amigo gritó una vez más, y a pesar de la distancia que los separaba y de sus bramidos de dolor alcanzó a escuchar el crujido de sus huesos al astillarse.
-Mierda –gimió, limpiándose por enésima vez las lágrimas que escapaban de sus ojos. Untó el veneno sobre la punta de la flecha y la colocó sobre el arco, apuntando con firmeza el cuerpo oscuro que se abalanzaba sobre Demian. Sólo tenía una oportunidad, un único tiro decidiría si salina con vida o morirían en las garras de la metamorfa.
Con el arco en posición, buscó puntos débiles sobre los cuales sería factible disparar la flecha envenenada. Imposible. Sus plumas parecían ser el blindaje perfecto e impenetrable ante cualquier arma humana.
Demian había girado ahora estaba de espaldas, sonriendo débilmente ante la muerte que estaba frente a él. El quebrantahuesos abrió el pico lo suficiente como para devorarlo de un bocado…
Siguiendo sus instintos, disparó cuando vio el único lugar vulnerable que la flecha sería capaz de atravesar. El quebrantahuesos que estaba tan inmerso en el sufrimiento de su amigo no se percató de la flecha cargada de veneno que se dirigía hacia él. En mucho menos de un parpadeo, la flecha rasgó el viento y se incrustó en el centro del hocico del animal.
Antes de asegurarse que la flecha hubiera dado en el objetivo, Dorian ya iba corriendo hasta donde estaba tendido Demian. El quebrantahuesos rugió, al inicio furioso y después dolorido. Había puesto suficiente veneno como para matar a un búfalo. O dos. O quizá hasta tres. Su padre, con una décima parte de lo que él había empleado, era capaz de dormir a antílopes y alces durante horas. La criatura se desplomó pesadamente; todavía no había llegado al suelo cuando perdió la consciencia.
-No te mueras, por favor –lloriqueó, con el rostro de Demian entre sus manos. Trataba de mantener una distancia prudente entre sus rodillas y el cuerpo malherido de su amigo, que, estaba salpicado de sangre por todas partes.
-¿Gané? –preguntó con un hilo de voz. Sus ojos eran apenas unas rendijas oscuras. Expulsó un coagulo de sangre por la boca al toser.
-Casi –respondió, tratando de recuperar la voz para sonar firme.
Demian cerró los ojos durante unos minutos, concentrándose en respirar. De repente abrió tanto los ojos que parecían escapar de sus orbitas.
-¿Dónde está? –gritó, muerto de miedo.
-Le disparé –explicó Dorian, aun temblando-. La flecha estaba envenenada con belladona. Creo que la maté.
Demian quiso levantarse pero las costillas rotas y su mano sobre su pecho se lo impidieron. Tendría que encontrar alguna forma de moverlo sin lastimarlo tanto como para que un hueso astillado se clavara en algún órgano.
-Nosotros… somos inmunes al veneno. No nos afectan de la misma manera que a los humanos. No… no la mataste.
Dorian dejó de respirar al escuchar lo que Demian le estaba diciendo. De forma mecánica, puso otra flecha sobre el arco y giró sobre su cuerpo para dispararle otra vez a la metamorfa… que ya no estaba.
-Corre –jadeó Demian, que había conseguido sentarse.
-Ni se te ocurra pedirme eso de nuevo –respondió, molesto.
Dorian buscó la manera de controlar su cuerpo, de relajarse. Por el rabillo del ojo vio una sombra deslizarse lentamente entre las hojas de los árboles. Con toda la velocidad que su cuerpo le permitió, giró y disparó la flecha. Atravesó el follaje limpiamente al fallar el tiro. Del cielo oscuro que se alzaba sobre ellos los restos de la flecha envenenada que había disparado contra la metamorfa.
-¿Puedes oler dónde está? –le preguntó Demian que parecía estar haciendo un esfuerzo sobrehumano para mantenerse sentado sobre la tierra. ¿Cuántas costillas habrían roto esas endemoniadas garras?
-Su olor está por todas partes –jadeó. Volvió a toser y más sangre brotó de sus labios. Estuvo a punto de agregar algo más pero se atragantó con las palabras al ver descender a la metamorfa por donde momentos antes había caído la flecha. Sus majestuosas alas parecían atrapar el viento que le permitía volar sin moverlas como un ave ordinaria.
Dorian no espero a que tocara el suelo, disparó flecha tras flecha hasta que sólo le quedó una. Ninguna había logrado atravesar ese plumaje de aspecto metálico. Un sonido que oscilaba entre graznido y risa inundó el bosque. Se interpuso en su camino, no permitiría que tocara una vez más a Demian, lo defendería con su frágil e inútil vida humana. Sí, inútil, eso era lo que sentía en momentos como esos, cunado no tenía nada para combatir los peligros que los asechaban.
-Si te acercas un paso más, te asesinaré –le ladró al quebrantahuesos, escondiendo su miedo detrás de ese tono ácido.
La metamorfa sonrió dejando a la vista sus filosos dientes.
-Me gustaría ver que hicieras eso.
Se acercó un poco más, rasgando la tierra con sus huesudas y afiladas patas. Dorian estaba seguro que hacía trizas cada rama que pisaba para recordarle el sonido que producían los huesos de Demian al romperse. La inmortalidad de los seres inmortales era algo difícil de entender y a la vez predecible. Tenían todo el tiempo del mundo para hacer las cosas bien, para enmendar sus errores, para arreglar todas aquellas vidas que alguna vez intentaron destruir o destruyeron por completo. Sin embargo, todos tenían a irse por el camino gobernado por el odio y la venganza, esa misma inmortalidad los había expuesto a innumerables golpes y penas que destruyeron sus almas, que erradicaron la bondad que alguna vez pudieron tener.
Se acercó tanto que fue capaz de oler su putrefacto aliento.
-Maldita sea –gruño Demian a sus espaldas.
Dorian apuntó a la cabeza del quebrantahuesos y cerró los ojos antes de soltar la flecha. Un viento gélido atravesó su cuerpo al soltar la cuerda y tanto la metamorfa como Demian aspiraron sorprendidos. Unos dedos esqueléticos se estrellaron contra su pecho y sintió su cuerpo atravesar el aire. Su costado se estrelló contra una superficie suave y al abrir los ojos solo alcanzó a distinguir una silueta humanoide. Retrocedió dando traspiés y cayó sobre su trasero; frente a él estaba una figura femenina, o femenina a medias. Sus musculosas piernas terminaban en patas felinas equipadas de enromes garras de hierro. Se arrastró sobre la tierra procurando no darle la espalda a la silueta que lentamente tomaba forma; Demian gimió adolorido cuando su espalda golpeó su cuerpo pero no volteó a verlo. La mirada de Demian estaba sobre otra forma idéntica a la que lo había salvado. Le cortaba el paso a la metamorfa y se interponía entre ellos.
-¿Están de nuestro lado? –preguntó en tono bajo y urgente.
-No lo sé –respondió Demian igual de bajo, con los músculos de su rostro tensos. Dorian fue capaz de distinguir el palpitar de una vena que sobresalía de la piel pálida de su cuello.
Demian negó con la cabeza, un movimiento casi imperceptible.
-No tienen presencia alguna. No tienen olor energía que delaten que están… frente a nosotros.
El quebrantahuesos graznó mostrando su inconformidad ante la interrupción de esos seres desconocidos; ella, al igual que Demian parecía sentirse amenazada. Después de eso, ambas figuras lo rodearon con movimientos precisos y depredadores. A pesar de no tener los sentidos de un ser mágico, fue capaz de sentir el poder indómito y antiguo que desataron. No pudo evitar sentir el desagradable sabor amargo del pánico en la garganta. ¿Cómo era posible que esos cuerpos tan insulsos albergaran tanto poder? Eran la mezcla de los miembros de una mujer y una pantera, al menos eso podía entenderlo. Todo en ellas era oscuridad, una mancha negra sobre la noche. No tenían prendas sobre el cuerpo y aun así no revelaban más que las siluetas de los senos y las curvas femeninas.
La metamorfa giró sobre su cuerpo desplegando las garras con la intensión de partir en dos a las… Sombras –susurró una voz vieja, tan delgada como el pergamino antiguo-. Esquivaban con facilidad cada zarpazo, dos líneas oscuras entre la negrura del bosque a una velocidad que hacían quedar a la metamorfa como un ser lento y torpe. Rugieron al unísono al lanzarse sobre el quebrantahuesos con la garras de hierro por delante. La sangre salpicó varios metros a su alrededor mientras seguía emergiendo de dos heridas irregulares que habían aparecido en su espalda y pecho.
-Magnificas ¿no? –era la misma voz que rebeló el nombre de las criaturas que eran capaces de combatir con una metamorfa antigua.
Un hombre –o eso podía intuir por la voz- se hallaba inclinado sobre el cuerpo de Demian que nuevamente se encontraba tendido sobre el suelo. Una enorme túnica le cubría por completo el cuerpo, de un rojo idéntico al de la sangre de la metamorfa que estaba siendo derramada.
-¿Qué le está haciendo? –preguntó, haciendo el movimiento que le permitía tomar una flecha pero al no sentir nada recordó que acaba de lanzar la última. Apretó el arco con tanta fuerza que sus dedos adquirieron un tono mortecino y apuntó al hombre.
-Sus heridas son graves –respondió sin ninguna alteración en la voz-. Si no lo ayudo, morirá.
Dorian soltó el arcó y se arrastró los pocos centímetros hasta colocarse frente a Demian, a lado opuesto del hombre. Se esforzó para no prestar atención a las tres criaturas que luchaban a muerte a pocos metros de distancia.
El rostro de su amigo estaba relajado, apacible, como si hubiera caído en una agradable siesta. El hombre pasaba sus manos –de las cuales, la túnica solo dejaba ver las puntas de los dedos- sobre su cuerpo a centímetros de tocarlo. Brillaban con intensidad y las heridas se cerraban lentamente. Algunos huesos chasquearon al acomodarse dentro de la piel rota hasta regresar a su estado natural. Dorian se inclinó sobre el cuerpo de su amigo tratando de vislumbrar el rostro del desconocido que los estaba ayudando. Una oscuridad profunda fue lo único que encontró del gorro del hábito.
-¿Morirá? –preguntó con un claro temor en la voz.
Sitió claramente como un enorme peso lo abandonaba permitiéndole respirar de nuevo. Giró un poco la cabeza en la dirección de la metamorfa. Una de las Sombras retenía una de las alas mientras la otra, con precisión mortífera la desencajaba del cuerpo.
Dorian no tuvo el corazón ni el estómago para observar como ese par de filosas uñas de hierro descuartizaban violentamente al quebrantahuesos.
Demian se encontraba en un punto entre la consciencia y la inconsciencia. Podía escuchar todo lo que pasaba a su alrededor, percibir olores y el lejano dolor de sus heridas pero no podía despertar. Sentía los parpados tan pesados que le era prácticamente imposible abrir los ojos.
Hace horas o minutos tal vez, que dejó de escuchar los aullidos agonizantes de la metamorfa. Al parecer había muerto de la manera que a ella tanto placer le causaba matar a sus presas.
-… los metamorfos fueron exiliados del Bosque hace milenios, eran seres sanguinarios y crueles. Fue por eso que el Alto Lord los desterró. Si tu amigo quiere entrar contigo, tendrá que elegir entre sus… habilidades o el bosque.
-No puede obligar a Demian a ser un humano –rezongó Dorian con suplica en la voz.
-Nunca he dicho que debe ser un humano. Él puede elegir la forma que quiera pero estará atrapado en ella el resto de su vida.
Dorian pareció ahogar un sollozo.
Debía dejar de ser un metamorfo si quería entrar con Dorian al bosque. Tenia un vago conocimiento de ese exilio pero nunca se imaginó que alguna vez pertenecieron al bosque al que ahora deseaba entrar.
Durante todas las semanas que pasó junto a Demian no había logrado sacarse de la cabeza la idea que su inmortalidad sería un problema. Los metamorfos podían vivir siglos, incluso milenios si no los asesinaban antes. Quizá, esa era la razón por la cual siempre arriesgó su vida con tal de salvarlo, era egoísta pero él no quería lidiar con el momento en que Dorian abandonara este mundo para trascender al otro.
Abandonar su poder para estar con Dorian en el Bosque por el resto de sus vidas…
-Acepto las condiciones –susurró con la voz rota y apenas entendible-. Dejaré de ser un metamorfo.
-No tienes que hacerlo –gimió Dorian con el rostro empapado de lágrimas.
-Quiero hacerlo, ser metamorfo me importa mucho menos que estar contigo… lo que quiero es mantenerte a salvo y mi poder es un precio muy bajo, sin duda.
Dorian se inclinó sobre él, la piel suave y húmeda lo abrazó segundos antes de que sus labios hicieran contacto.
Algunas leyendas humanas cuentan que en los bosques habitan guardianes que protegen a toda criatura indefensa. Muchos aseguran haber visto a dos hombres acompañados por un par de panteras negras siguiéndolos en sus viejas, ocultándose entre las sombras y asegurándose que lleguen con bien a sus destinos.
Otros tantos, murmuran con asombro que uno de esos hombres es blanco como la luz de la luna, que sus ojos plateados, acompañados de otros más oscuros vigilan y mantienen a salvo la tranquilidad del bosque.
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