LUNES 4 DE ABRIL 2022.
No sé ni siquiera por que estoy escribiendo esto cuando hace apenas unos días juré que me iría con este sentimiento hasta la tumba. De acuerdo, quizá estoy siendo un poco drástico, lo único que pretendía era ignorarlo hasta que este muriera lenta y dolorosamente. Pero no lo está haciendo. Y eso ya debería haberlo sabido. Los sentimientos no mueren así nada más, a veces se transforman en algo más hermoso y duradero, pero otras, en mi caso, mutan en algo doloroso y confuso.
Y aquí es donde estoy yo, escribiendo sin orden y sin sentido tratando de entender como es que llegué a este punto tan doloroso y sin salida aparente.
A ver, quizá lo mejor sea comenzar desde el inicio de todo esto.
Ulises, ¿todo esto siempre estuvo en mi imaginación? ¿O quizá en algún momento sí me diste señales que yo no supe interpretar… o malinterpreté? Porque si yo fui el que se enamoró, no todo debió haber sido mi culpa ¿o si? Por favor dime que no.
Uno de los recuerdos que guardo con más cariño es el de aquel primer día de trabajo. Ambos estábamos nerviosos y sin saber que hacer, cada uno dentro de sus pensamientos tratando de encontrar la mejor manera de llenar ese incomodo silencio que nos rodeaba. Y fuiste tú el que inició la conversación, con un tema banal y entre tartamudeos pero con más valentía que la que yo sentía ese momento. ¿Recuerdas que ese mismo día al salir intentamos intercambiar números de teléfono y casi fuimos asaltados? Esa escena viene a mi mente y ahora me causa ternura y diversión. Yo todo distraído como de costumbre, caminando detrás de ti sin saber que era lo que estaba pasando. Y tú, alerta y ansioso como siempre te ponías cuando estabas en una situación que no podías controlar. Al final logramos escapar, y entre risas nerviosas me explicaste que dos tipos nos estaban siguiendo con la intención de quitarnos los teléfonos.
¿Puedo confesarte que tú y tu forma de ser fue lo que más confusión causó en mí? Es que tú… tu forma de ser, de ver el mundo, era algo que jamás había visto en un chico heterosexual. Y no, no estoy generalizando que los hombres heterosexuales no sean como tú eres, solo no había tenido la suerte de encontrar a uno. Siempre tan amable, tan comprensivo, tan cariñoso, tan sincero y transparente, tan tímido y tierno… todas esas cualidades tuyas llegaron a confundirme de una manera abrumadora.
Como aquel día en el que te confesé que me gustaban los chicos y tú no podías creerlo. Recuerdo que reí mucho ese día por tu cara de asombro y los comentarios sin sentido que soltabas cada tanto para aligerar la incomodidad que sentí al inicio. “No pasa nada, amigo, yo no tengo ningún problema si te gustan los hombres o las mujeres”. Sabía que podía confiar en ti y eso me lo confirmó.
Desde las primeras semanas de trabajo siempre fuiste muy atento conmigo, siempre me ayudabas a cargar las cajas más pesadas que mis debiluchos brazos no podían levantar y te ofrecías a ir por mercancía pesada para que no me mandaran a mí. Admito que desde ese momento ya mi corazón latía de jubilo cuando pasabas tu brazo sobre mis hombros y caminábamos hasta la parada del autobús, cuando en algunas ocasiones tomábamos el mismo autobús y tú me compartías uno de tus audífonos para escuchar la música que tú tanto disfrutabas…
Y mierda, esto no me está ayudando a entender nada, solo está demostrándome porque ahora estoy enamorado de ti.
¿Recuerdas la primera vez que viniste a mi casa a ver películas? Te compre pizza y comimos hasta que ambos sentimos ganas de vomitar. Tú fuiste el que eligió la película y de lo único que me acuerdo de ella es que no entendí lo más minino. Quizá influyó un poco el hecho de que estabas acostado tan cerca de mí que mi cerebro estaba más concentrado en aquellos pequeños puntos en los que nuestros cuerpos hacían contacto que en aquellas imágenes que pasaban en la televisión. Cuando ya había oscurecido te lleve a tu casa y antes de bajar del auto me abrazaste. Y ese abrazo me hace sentir mucho dolor en este momento porque hoy más que nunca anhelo poder abrazarte una vez más.
El día que tuviste que renunciar porque tus practicas universitarias lo requerían sentí que una parte de mí se iba contigo. Sabía que las cosas serían diferentes a partir de ese momento, porque a pesar de que prometimos seguir viéndonos, yo sabia que no sería lo mismo, ya no te vería todos los días, ya no compartiríamos nuestra comida en los pequeños ratos que nos daban para almorzar, ya no me contarías tus anécdotas locas que unos no creerían que podían pasarle a una persona normal hasta que empecé a vivirlas contigo. Ya no seríamos los mismos “buenos amigos” que todos decían que éramos.
Debo confesarte que sí me sentí muy triste los días después de que tú renunciaste. Era muy notorio pues nuestros de compañeros hacían bromas amistosas al respecto. ¿Recuerdas la foto que te mandé en la que se veían nuestros nombres en medio de un corazón sobre mi casillero? Los dos nos reímos mucho de eso, aunque una parte de mí albergaba un enorme temor de que lo que sentía por ti fuera tan evidente para los demás. ¿Para ti era evidente como lo era para ellos? Supongo que no, pues las cosas entre nosotros seguían muy bien.
Ese distanciamiento involuntario ayudó a calmar todas esas confusas emociones que causabas en mí. Ignoraba en lo posible tus mensajes pues tenías el poder de reavivar todo lo que sentía por ti con un simple “¿Cómo estas?”. Era algo que me consternaba no poder controlar.
Llegados a este punto, debí haber visto lo obvio: tú tenías una novia desde hace varios años. Sí, peleabas mucho con ella pero eras capaz de estar con una mujer. Y aunque algunas veces traté de creer que muchos chicos gays estaban con mujeres antes de aceptarse debí entender que tú no eras de esos.
Y tú no me la ponías muy fácil que digamos.
Como en aquella ocasión en la que salí con una amiga a un bar. Tú también la conocías y supongo que eso facilitó lo que esa misma noche le dio a mi esperanza una renovada vida. Había alcohol en nuestras venas y nos llenaba de una eufórica felicidad que en ese momento no tenía razón alguna. Solo la música y el alcohol. Tú apareciste varias horas después porque al destino le pareció buena idea ponerme a un Ulises ebrio y sonriente. Abandonaste a tus amigos y te quedaste con nosotros. Bebimos tanto que ni siquiera éramos conscientes de la música que estábamos bailando. Bebimos tanto que después de una hora o dos tú besaste a mi amiga. En ese momento no sentí nada, seguro cortesía del alcohol, y sin pensarlo solté una broma que estando en mis cinco sentidos jamás habría hecho. “Hey, él es de mi propiedad” le grité a mi amiga. Tú me volteaste a ver y reíste con fuerza. Yo te imité. Mi amiga decidió llevar la broma un poquito más lejos y nos puso uno frente al otro. “Entonces bésalo tú”. Tú y yo nos negamos por un par de segundos aunque por dentro moría de ganas por besarte. Al final los dos cerramos los ojos y nuestros labios hicieron contacto por un momento tan corto que creí que todo estuvo en mi imaginación. “Eso no cuenta, tiene que ser un beso de verdad”. Ambos reímos al escuchar a mi amiga. Mi cuerpo entero latía de emoción y felicidad. “Sí, sí, eso no cuenta”, gritó un chico de la mesa de a lado. Mi amiga tomó nuestras cabezas y nos acercó una vez más. Esta vez el beso fue verdadero. Pude sentir tus labios sobre los míos, pude sentir tu lengua rozando mis dientes, pude sentir de nuevo que estaba enamorado. Yo fui el que rompió el beso pues una parte de mí decía que estaba cometiendo un error y que ese error podía costarme tu amistad. Prefería tenerte como amigo a simplemente no tenerte.
Me alejé de ti y me sonreíste. Yo solté una carcajada de alivio y te abrace. Y tú me abrazaste a mí. Tal vez estuvimos así por unos segundos, unos minutos o toda la noche. No me importaba. Yo era feliz entre tus brazos y con el pecho lleno de risas y felicidad.
A la mañana siguiente la cruda moral me estaba matando. Tenía miedo que una vez pasado el efecto del alcohol decidieras que lo mejor seria dejar de hablarme. No fue así. Tus mensajes siguieron llegando y en las esporádicas salidas que teníamos seguías siendo el mismo Ulises que conocí años atrás. Acepté que estaba enamorado de ti y que ese enamoramiento no me llevaría a ningún lado.
Una vez más decidí tomar distancia. No porque ya no te quisiera. Era todo lo contrario. Te quería tanto que ya no sabía como estar cerca de ti sin decirte todo lo que tú significabas.
Pasaron los meses. Quizá hasta un año o dos. El tiempo se puso muy raro cuando el mundo intentó acabar con nosotros con virus que nos mataba por montones. En ese tiempo los mensajes eran tan esporádicos que yo creía que ya te había superado. Hasta que decidimos reunirnos y yo invité a nuestro grupo de amigos porque no sabía si podría lidiar en solitario con tu presencia. Ese domingo me pusiste al tanto de tu vida. Te habías operado los ojos y ahora ya no usabas los lentes que tanto me gustaban. Habías terminado tu carrera y después de varios trabajos en los que no encajabas, al fin encontraste uno en el que ya te estabas acoplando. Tenías nuevos amigos con los que salías cada fin de semana y con los que en algunas ocasiones te perdías en el alcohol. Estabas aprendiendo a patinar. Y lo más importante, tenías mas de un año que habías terminado con tu novia. Ese día estuvo lleno de nostalgia por todos los momentos que revivimos entre pláticas y risas. Tú me abrazaste y me regalaste el anillo con el que me querías enseñar a abrir las cervezas. Tú me demostraste que esos sentimientos seguían ahí, vivos a base de una falsa esperanza que ya no se podía sostener mucho mas.
Ese día nos pusimos de acuerdo para salir el siguiente fin de semana a un antro gay. No recuerdo si fue tu idea o la de una de nuestras amigas.
Llegó ese día y solo fuimos tres de los cinco del grupo de amigos. Mis hermanos y sus respectivas parejas también nos acompañaron. Me siento tan culpable al admitir que buscaba cualquier oportunidad para tomarte de la mano, para abrazarte, para estar cerca de ti. Mi hermano y tú se pusieron ebrios en apenas una hora, tan ebrios que tuvimos que abandonar el lugar. Yo estaba molesto pues el tiempo contigo había sido tan corto que la larga espera no había valido la pena.
Mientras eperábamos la cuenta tú estabas en un banco alto tratando de conservar el equilibrio. O tratando de no vomitar, no estoy seguro. Tomé tu rostro entre mis manos en varias ocasiones y me acercaba tanto que pude haberte besado si hubiera querido. Pero no lo hice. En lugar de eso te preguntaba si estabas bien. Tú entre ebrias sonrisas me decías que sí. Mi hermana conducía el auto de regreso a casa, y tú parecías mucho mejor que cuando estábamos dentro del antro. Todos estábamos concentrados en mi hermano que había caído en la inconsciencia apenas subió al auto. Ya casi llegábamos a casa cuando anunciaste que tenías ganas de vomitar y que no querías vomitar mi carro, pero no podíamos detenernos. Yo al ir sobre tus piernas (porque no cabíamos seis personas en un carro) temí terminar vomitado por ti. Y ahora que lo pienso, eso no me causa la risa que me causo al estar ebrio. Al final vomitaste por la ventana y el resto del camino pasaste repitiendo una y otras vez “perdón, amigo. Me puse ebrio muy rápido”.
No querías llegar a tu casa así de ebrio y yo no insistí en llevarte pues moría de ganas por pasar más tiempo contigo. Una vez más tome tu rostro, creo que amaba la sensación de sentir tu barba en la palma de mis manos. Te dije que te llevaría en la mañana a tu casa cuando el alcohol abandonara mi cuerpo. Aceptase sin dudarlo.
Y así fue como los dos terminamos en mi pequeña cama apretujados uno contra otro y tan ebrios que cualquier estupidez nos mataba de la risa. Propuse tomarnos fotos pues yo quería recordar ese momento por siempre y tú dijiste que sí al instante. ¿Aceptabas todo lo que te pedía porque confiabas tanto en mí?
El sueño y el alcohol nos vencieron. O al menos a ti, porque algo me impedía conciliar un sueño profundo. Quizá era la loca esperanza de que en algún momento te dieras la vuelta y me abrazaras. O mejor aun, que quisieras darme un beso. Pero yo sabía que eso jamás pasaría. Eran solo tontas fantasías mías.
Decidí acercarme más a ti, tanto que mi frente termino contra tu nuca y mis brazos entre tu espalda y mi pecho. Era doloroso saber que eso era lo más cerca que estaría de ti. Y más doloroso saber que jamás se volvería a repetir. Teniendo esa certeza decidí abrazarte. Con mi brazo izquierdo rodee tu cintura y cerré los ojos. Tu calor y tu respiración me ayudaron a dormir profundamente por primera vez en esa noche.
Y fue así hasta que una estúpida alarma nos despertó. O al menos a mí porque cuando abrí los ojos tu ya habías despertado. Retire mi abrazo de tu estómago y me puse boca arriba. Como tú ya estabas quien sabe desde cuando. “¿Qué hora es, amigo?”. Te respondí que no lo sabía. Sacaste el teléfono debajo de la almohada y ambos vimos que ya eran más de las siete de la mañana. “Voy a pedir mi Uber porque si no me van a matar en mi casa”. Me ofrecí a llevarte al sentirme libre de los efectos del alcohol.
Mientras íbamos a tu casa traté de encontrar algún rastro de enojo o incomodidad por haber dormido abrazándote pero no fui capaz de detectar nada. Tú seguías bromeando y sonriendo como siempre. Y eso me hizo sentir la peor persona del mundo. Por querer, quizá, encontrar un poco de amor en tu amistad. Por pensar que en algún momento tú te darás cuenta que me quieres de la forma que yo te quiero a ti.
Sí en algún momento sentiste que me estaba propasando contigo te pido disculpas de todo corazón. Jamás fue mi intención hacerte sentir de esa manera pues te juro que todo este cariño que siento por ti es de los sentimientos más puros que soy capaz de albergar.
Y aunque todavía no sé qué haré con lo que siento por ti o si en algún momento dejaré de sentirlo, hoy te digo que eres de las mejores personas que el mundo pudo haberme dado.
Con amor sincero, A.


















