Aparte de bomberos, estos dos hinchas de Colo-Colo son héroes.

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24/09/2017 - All Boys x Santamarina
+ https://futeboldecampo.net/na-torcida/all-boys-x-santamarina
Hinchas albas presentes ayer en la marcha 8M 💪
A 45 años de cuando la hinchada de Chicago desafió a la Dictadura
#Hinchadas | Según el portal 442, el @clubbolivaroficial es el equipo con más hinchada de Bolivia!! Los más populares en cada país: 🇧🇷 @flamengo (35.000.000) 🇦🇷 @bocajrsoficial (16.504.000 hinchas) 🇵🇪 @alianzalima (12.869.000) 🇨🇴 @nacionaloficial (11.090.000) 🇻🇪 @caracas_fc (9.000.000) 🇪🇨 @barcelonasc (7.200.000) 🇨🇱 @colocolooficial (7.140.000) 🇧🇴 @club.bolivar (5.100.000) 🇵🇾 @elclubolimpia (3.540.000) 🇺🇾 @oficialcap (1.350.000) #ElCrack https://www.instagram.com/p/CnCuQldppw4/?igshid=NGJjMDIxMWI=

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Video: 'Batalla campal' entre hinchas de equipo alemán y equipo neerlandés - Europa - Internacional
Video: ‘Batalla campal’ entre hinchas de equipo alemán y equipo neerlandés – Europa – Internacional
Con sillas, puños y todo lo que encontraran a su paso, dos hinchadas colisionaron en una batalla campal en la ciudad neerlandesa de Groninga. El hecho quedó registrado en varios videos que se hicieron virales en Twitter.
Los ‘bandos rivales’ que protagonizaron el altercado fueron algunos de los seguidores del Arminia Bielefeld, de Alemania, y otros de los ultras del Groningen, el equipo local.…
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Gastro-border adherente: volver a la cancha
Volver a la cancha después de muchos años aporta una perspectiva del ir a la cancha, que es radicalmente diferente a la del ya naturalizado hincha. Las previas, las entradas, la distribución en los distintos sectores de la popular, las relaciones de poder al interior de la popular, el control, los hinchas que no miran el partido sino la hinchada, los que se la pasan conversando como si no hubieran 15 mil personas alrededor, como si fuese un café, la salida, los carritos. Ir a la cancha es mucho más de lo que recordamos cuando dejamos de ir por un tiempo.
Volví a ir a la cancha de Boca después de, aproximadamente, cinco años. Por vicisitudes de la regularidad laboral y la bancarización, me hice socio *adherente* (un invento de dudosa honestidad de la actual dirigencia xeneize) y comencé a tener un acceso a entradas que no había tenido casi nunca. Las últimas veces, al menos de local (hubo un tiempo que fue hermoso, y podías ir de visitante), tuve que aliarme con el eje del mal para poder ingresar: comprar reventa o directamente pagar tributo a la barrabrava para entrar (lo más curioso fue cuando con mi amigo D. –hincha de River, infiltrado- pagamos para ser mano de obra entrando los bombos de la 12 a la cancha), o entrar con el favor de un periodista partidario de los más mainstream y obscenos que entrega la TV hoy en día, entre otras. También tuve intentos fallidos, como aquella noche de neblina y humo de bengala contra un equipo si mal no recuerdo brasilero, en una de las llaves finales de la última copa que ganamos, con Román Riquelme en cancha. Esa vez nos habían vendido entradas falsas.
Esta vez fue diferente. Bueno, cada vez lo es. En la previa, llovía. Mucho llovía. El partido anterior había llovido mucho también y el campo de juego no demostraba suficiente capacidad de drenaje. El día pedía fiaca en el hogar, casi que se sentía cierto rumor popular que rezaba “ojalá se suspenda”. Yo lo pensé. Pero ya había sacado la entrada, un privilegio (pongámosle) circunstancial, así que la decisión estaba tomada.
Nos encontramos en la misma esquina que la última vez con P., mi colega que es habitué de la Bombonera. La esperé con una lata de birra por terminar y otra que abrí cuando empezamos a caminar. Estábamos sobre la hora así que entramos rapidito y el partido arrancó minutos después.
La lluvia había hecho mermar de manera notable –al menos para uno que miraba desde adentro- la concurrencia. Se notó en las avalanchas, en los espacios para ir y venir al baño y la fila misma del baño. Como entramos justo, quedamos un poco más abajo que la última vez, sin paraavalanchas y con menos perspectiva del campo. Igual, se podía ver bien. Vimos bien de cerquita el gol del equipo visitante, con un error de concepto notable del arquero nuestro que terminó con la pelotita encontrando sin resistencia la red y escondiéndose –para nosotros- tras los carteles de publicidad. La parcialidad visitante (qué rico el vocabulario del periodismo deportivo, ¿no cierto?) había copado el pequeño lugar que se le asignó y hacía coreografías raras para estas pampas.
Me molesta, no es un secreto, la dinámica de las hinchadas argentinas, o al menos la de sus equipos “grandes” (en historia y también en presupuesto, en desarrollos empresariales, en vínculos con la rosca política, etcétera). No me voy a explayar aquí sobre los negocios espurios y las prácticas fascistas de La Doce, al que suscriben buena parte de los hinchas “civiles”, que también veneran a ese famoso jugador N°12. Personalmente me gusta ver los partidos en la cancha, me gusta cantar y alentar al equipo. Prefiero esquivar los cánticos homófobos y violentos, aunque a veces el ímpetu popular derriba los filtros. Sobre algunas cuestiones por el estilo hablábamos con P. entre controles y vallas, en la entrada. Le comenté de la existencia de una agrupación bostera antifascista, como ocurre en muchos otros clubes (fundamentalmente a partir de la difusión de la experiencia alemana del St. Pauli FC), lo que inmediatamente relacionó con los cantitos de la cancha. “Yo los canto igual”, me dijo. Luego hizo algún comentario sobre los hinchas varones, a lo que le repliqué con confusos argumentos sobre la masculinidad hegemónica, los chabones en manada, el ritual profundamente patriarcal de ir a la cancha y alentar. Mis diálogos con ella son lo más cercano que tengo de disputar el conservadurismo de una hincha de Boca, aunque sea solo una.
Decía que me gusta mirar los partidos en la cancha, y también alentar. Pero son dos actividades que no se sostienen juntas, no pueden sostenerse juntas los 90 minutos. Me prendo a la marea azulyoro en los momentos de mayor pasión o algarabía: el post-gol (propio o del contrario), las demostraciones de actitud (más de atacar el arco que de atacar las piernas del oponente), las adversidades. Pero el resto del tiempo miro con atención: generalmente con los brazos cruzados y estirando el cogote para buscar una mejor perspectiva del sector donde está el juego. Eso es toda una herejía en un sistema de hinchadas que hinchan por sí mismas o se arrogan (más allá de la literalidad, de sus cargos, sueldos y vínculos con la dirigencia) un lugar de jefatura total del club (“La Doce quiere que Boca ponga huevo…”), donde hay parte de esas hinchadas que se encargan de ¿supervisar? que se esté alentando, que se cuide a ver a quién se insulta (leí luego que habían trompeado a uno que insultó al 9 favorito de la hinchada), en suma, donde se impone una manera única de poder habitar el espacio de la popular.
A lo lejos adiviné, más por la reacción de la hinchada que por la propia visión, el empate y el agónico triunfo de la mano del ídolo devenido operador político del oficialismo del club (y del país). El jugador del pueblo que apoya al hambreador del pueblo. En fin: celebración, algarabía, fiesta popular. Fue mi primer final épico, si mal no recuerdo: gol sobre la hora, para ganar el partido.
La vuelta a casa tiene también su rutina peculiar: las inmediaciones con postas regulares de patys, choris, bondiola, panchos, birra, con una movilidad de precios mayor a la que sufrió el país en los últimos años. Imposible hacer un estudio de mercado para decidir, así que pifié un poco en la cerveza (pagué un poco más por ansioso), pero recuperé en el morfi. Si bien me esperaba comida en casa, no podía negarme al ritual gastro-border pospartido. El diferencial: además de la criolla, lechuga y tomate, aderezos y chimichurri, se podían agregar berenjenas en escabeche. Único.