Además de su ruina final, quizá no sea otro el destino de todo cuanto ha sido creado: su exención, su unicidad. Sólo por el empeño siempre vano e imperfecto de algunos hombres se llega a reunir y ordenar (eventual, afortunadamente) los milagros que han surgido inevitables e independientes de entre el caos de la historia.
La colección Embacher es (fue) una gozada para cualquiera que ame las bicicletas. Lástima que un esfuerzo semejante de recopilación, restauración, mantenimiento y cuidado de tal cantidad de bicicletas (algunas de ellas equivalentes a lo que en literatura se llamaría incunable) finalmente se haya visto sometido a su dispersión, previa subasta…
Por alguna razón hoy he llegado a la Schulz Funiculo (1935-1937, París). Las palabras sobran, si uno se fija en las imágenes. Los frenos y el desviador trasero indexado que aceptaba hasta 40 dientes (Funiculo, los llamó a unos y otro Jacques Schulz, su diseñador), el sistema de “flexión” (una rudimentaria suspensión, pero eficaz a su modo), las extrafinas vainas del triángulo trasero,el enrutado interno de los cables de freno, algunos componentes en aluminio, incluso hechos a mano… ¿Qué más? Una bici de la más alta gama de la época. Y por tanto, intemporal.
Una joya del diseño de bicicletas la cual sólo queda un ejemplar en condiciones.








