Hace algunos años, cuando vivía en París, una vez tuve que volar de vuelta desde Madrid la madrugada del 1 de enero. Al llegar a la ciudad, casi al amanecer, decidí atravesarla a pie aprovechando que iba muy ligera de equipaje. Las calles estaban completamente desiertas, ¡calles desiertas en París! Sentirme sola ante la belleza sobrecogedora de París me causó una impresión tan fuerte que jamás podré olvidar.
Hace unos días, en plena fase cero del confinamiento, al llegar a la Plaza Mayor de Madrid junto a mi hijo de dos años y encontrarla también desierta, recordé aquella vieja alegría. Él, como suele suceder, parece entender lo que siento y me guía despacio por la plaza, sonriendo y señalando hacia dónde debo mirar.
“Hijo, una vez oí que Madrid te recibe y te expulsa con la misma energía”. Silencio largo. “Vámonos ya, mamá”.
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