The Perfume of the Lady in Black (1974) | dir. Francesco Barilli
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The Perfume of the Lady in Black (1974) | dir. Francesco Barilli

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El pequeño Adou, mi hijo
//Adou es el hijo de Anoona Essien, gracias por elegir un FC tan bonito @anuessien
“Las noticias vuelan, son como las aves, como la pĂłlvora, como el viento… Hace tan sĂłlo unos dĂas una foto dio la vuelta al mundo, las RRSS se llenaron de ella, tambiĂ©n lo hicieron más noticias, y los periĂłdicos. La foto de un niño de seis años que habĂa perdido la vida en una patera, y yacĂa muerto en los brazos de su padre. En ese momento volvĂ a preguntarme que de quĂ© servĂa la magia si no podĂa parar una tragedia como esa. AquĂ©l niño habĂa llegado a la orilla de una playa a la que tal vez trataba de llegar, pero no pudo hacerlo con vida. El mundo es cruel, despiadado, la vida no toma en cuenta la vida de nadie… Yiye Hamed Dohou, asĂ se llamaba ese niño fallecido en una playa de Gibraltar, muerto porque el lugar del que huĂa junto a su padre, era más peligroso que el mar. La foto calĂł hondo en mi corazĂłn, y no  hay dĂa que no me acuerde de ella, sobre todo cuando miro a Adou… Él podrĂa haber sido uno de esos niños fallecido en una patera, una foto viral, una tendencia en Twitter… Pero estaba en mi casa sano y salvo. El proceso habĂa sido largo pero al fin lo habĂa logrado.
Mientras le miro pienso en todos esos niños que no tienen nada, en todos esos niños que siguen en ese orfanato del que yo le he sacado, o incluso en lugares peores... Pienso en el pequeño Yiye, y en las doce personas que junto a Ă©l perdieron la vida en una patera, en los niños s*rios que mueren a diario, en los bombardeos, en sus casas destruidas, en los padres que pierden a sus hijos... Acaricio el pelo rizado de mi hijo pensando en que he salvado su vida, pues las vidas de las personas que viven en el tercer mundo son tan frágiles que parece que no tienen ley de vida. La gente se mata en el mar, se suicida en Ă©l, se sube a una patera creyendo que tocará una tierra que puede que no toque con vida... Adou podrĂa haber sido Yiye, de no estar en un orfanato, podrĂa haber estado con su padre o su madre dentro de una patera, navegando hacia una orilla...
No deberĂa estar pensando en eso, pero toda madre piensa en su hijo cuando conoce la muerte de un niño. Ser madre te vuelve más sensible, más cercana, más protectora... Tengo la imagen de Yiye en los brazos de su padre en mi cabeza, las imágenes de la guerra de S*ria que veo en las noticias, a Mia Watson de la que nadie sabe nada... 2031 está siendo un año duro. Ninguno de nosotros lo pensĂł cuando despedimos 2030 con una sonrisa, copas de champán, confetti, haciendo la cuenta atrás, entre risas y gritos... Ninguno de nosotros lo pensĂł cuando nos abrazamos a nuestros familiares, cuando al dĂa siguiente abrazamos a nuestros amigos para felicitarles la entrada en el nuevo año. Todos entramos ignorando que Ăbamos a vivir una guerra, no en nuestra tierra, pero sĂ en la tierra de otros, en una tierra frágil, en una tierra que siempre está en guerra... ÂżCĂłmo iba a imaginar Mia Watson, que meses despuĂ©s de celebrar fin de año junto a su familia y amigos, estarĂa secuestrada? ÂżCĂłmo iba a imaginar ese pobre hombre que meses despuĂ©s de empezar un nuevo año, tendrĂa que recoger a su hijo muerto de una orilla en Gibraltar?”
—Daniela Barnes
Cuando te miro me encuentro con tu sonrisa. Es una sonrisa de actor, una sonrisa de seductor, una sonrisa de esas que ganarĂan el premio a la sonrisa más encantadora, si CorazĂłn de Bruja la conociera...
Daniela BarnesÂ
The Perfume of the Lady in Black (1974) | dir. Francesco Barilli

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The Perfume of the Lady in Black (1974) | dir. Francesco Barilli
“Los tres meses que he pasado junto a Ă©l han sido los tres mejores meses de mi vida. Le he cuidado, le he protegido, le he enseñado a hablar mi idioma aunque apenas sabe decir palabras sueltas, pues habla en swahili, su lengua natal, el idioma oficial de Kenia, donde vivĂa. Muchas veces me he preguntado de dĂłnde vendrá, de dĂłnde será su origen… Y aunque me he sentido bien con Ă©l en aquella casa, no me he sentido antes tan bien, como lo he hecho cuando los dos nos hemos subido juntos al aviĂłn que nos llevará de vuelta a Londres, con su pequeña mochila con algunas pertenencias que le he comprado durante este tiempo aquĂ. Hemos despegado hace muy pocas horas, y no he dejado de pensar en todo lo que vendrá ahora. Una vez que el menor se encuentre conmigo en Londres, debo presentar informes posteriores a la adopciĂłn, con fotos, asĂ como durante los cinco años posteriores. Los primeros dos años presentarĂ© esos informes cada tres meses, el resto lo harĂ© cada seis, pero lo que más me importa es imaginarme el verano junto a Ă©l, las tardes en el parque, los ratos en los columpios, la prĂłxima Navidad, que mis padres le conozcan, que mis amigos le conozcan… Aparto la mano de la ventana del aviĂłn pensando en mi abuela, deseando que ella ya le conozca, que ella haya podido verle, que ella le cuide durante toda su vida. Sonriendo, miro al pequeño Adou, a quien no voy a cambiarle el nombre, porque es el nombre que le dieron en el orfanato en el que creciĂł, y es tan suyo como el que a mĂ me dieron mis padres. Está asustado, le asusta el movimiento del aviĂłn.
—¿Quieres un chupa-chups? -Le preguntoÂ
sacando uno del bolsillo de mi vaquero. El pequeño sonrĂe cogiĂ©ndolo, parece que se le olvida cualquier miedo con un chupa-chups, con algo tan nimio como eso. Pero no es tan nimio si te pones a pensar en que durante los primeros años de su vida, no tuvo ninguno.
—Asante! -Me grita en su idioma natal y yo sonrĂo guiñándole uno de mis ojos. Sabe dar las gracias en inglĂ©s, y dice otras palabras varias, pero le gusta decir algunas en su idioma natal, se ve que la naturaleza nos lleva a no querer desprendernos de nuestro origen, aquello que es más nuestro que de nadie. Le quito el plástico al chupa-chups y tras asegurarme de que no se sale del palo tirando de ello, se lo doy. RĂo al ver las ganas con las que se lo lleva a la boca, empezando a mover sus piernecitas. Adou ha engordado durante estos tres meses y tiene mucho mejor aspecto que cuando le conocĂ. Aunque por aquĂ©l entonces su aspecto era bueno, sus mejillas son mucho más sonrosadas ahora. Me gusta pensar que en estos tres meses, ha sido feliz conmigo, que ha encontrado una parte que le faltaba, que no se siente huĂ©rfano… Me gusta pensar que llegará a casa, que encontrará su hogar, que le encantará la habitaciĂłn que le mandĂ© poner a mis padres, que le fascinarán sus nuevos juguetes, que disfrutará de sus abuelos como yo disfrutĂ© de la mĂa, que hará nuevos amigos, que le gustará ir a la escuela el prĂłximo septiembre… He sido una suertuda pues por desgracia no todas las mujeres que quieren ser madres tienen la suerte de serlo, no todas tienen el privilegio de que les den un menor en adopciĂłn, ni siquiera tienen suerte los matrimonios, ni tampoco los homosexuales, o las personas que ya han pasado los 65… En muchos paĂses la edad máxima de adopciĂłn es incluso menor, y además de Ă©sto si no tienes suficientes ingresos o dinero con el que pagar todo el papeleo, no puedes adoptar. Estoy segura de que si todo el mundo pudiera hacerlo, de que si en lugar de todos esos papeles, todas esas cifras, bastara con pedir un plato de comida, juguetes y ropa, las personas adoptarĂan más niños y por tanto no habrĂa alrededor de 170 millones de niños huĂ©rfanos, en el mundo. Sonriendo, mientras Adou disfruta de su chupa-chups, parece que con menos miedo del vuelo del aviĂłn, acaricio su cabello. Pienso en sus padres, en donde estarán, en si vivirán o no, en si su madre le darĂa en adopciĂłn por no tener dinero, en si su padre les dejarĂa solos a los dos y por eso ella tuvo que darle, en si serĂa una menor violada que no querrĂa ver a su hijo, o una mujer a la que se le arrancaron de los brazos… Si es asĂ, le pido perdĂłn desde lo más profundo de mi corazĂłn, pero ante todo le prometo que en mis brazos, a este pequeño no le faltará nunca de nada, y que si es asĂ, solo será porque antes me falte a mĂ”.
“PerdĂ a mi hijo el mismo dĂa que le di la vida. Y no murió… no fĂsicamente… pero me condenĂ© a mĂ misma a convivir dĂa a dĂa con la ausencia de su vida y la certeza de su muerte no muerte. NaciĂł en Kenia… en un lugar oscuro un 3 de octubre del año 2028. Nunca pensĂ© un nombre para Ă©l porque jamás se lo darĂa. Lo Ăşnico que me quedĂł de su existencia, fue la sangre que habĂa derramado por Ă©l y todas las secuelas que arrastro de no haber podido amarle. Creo que mi amor hacia mi hijo será eterno, como cuando se ama a alguien que muere… El tiempo congela el amor que le tenemos a las personas que perdemos y se hace infinito… —¿Quieres un caramelo? —Me pregunta una dulce voz que me devuelve a la frĂa realidad. Al abrir los ojos, siento que los tengo mojados y, cuando miro al lugar de donde procede esa voz, encuentro a Yiye ofreciĂ©ndome unos de esos caramelos que le di yo el otro dĂa.Â
—Asante… -Le miro y veo a mi hijo… Tal vez no podĂa darle un nombre porque la vida me habĂa destinado cuidar de Yiye… el hijo de SĂ©nami. Me pregunto si mi hijo lo tendrá otra madre… si muriĂł, si está enfermo, si lo vendieron, si estará en algĂşn orfanato, si es un niño en guerra, si todavĂa sigue vivo, si realmente, vive en mĂ. Me pregunto cuál es el color que ahora tiene su piel, si sus ojos cambiaron y se volvieron oscuros, si su pelo se parece al mĂo, si habla mi misma lengua, si me echa de menos o me necesita, si tiene el amor que yo nunca podrĂ© darle. Duele tanto vivir… duele siempre sin Ă©l…Â
 —Estás llorando. —Yiye me toca la mejilla llevándose una lágrima y yo sonrĂo o trato de hacerlo, pero me tiemblan los labios en un sollozo.— Es de alegrĂa porque estás aquĂ conmigo, ángel… —Le llevo contra mĂ abrazándole mientras saboreo ese caramelo en mi boca, el mismo que yo le di, el que me dio Alan. Y mientras abrazo a Yiye pido que si mi hijo tiene madre nunca le falte todo el amor que pueda darle. Y pido perdĂłn a SĂ©nami, por estar ocupando su lugar dándole a su Yiye un rincĂłn en mĂ”.
Daniela y Anoona
“Pasaron los meses y llegĂł el momento de viajar a Kenia… HabĂan pasado las navidades, las cuales habĂa disfrutado al máximo pero de una manera extraña. Era como si me estuviera despidiendo de mi solterĂa, celebrando las navidades al máximo porque eran las Ăşltimas que iba a celebrar sin ser madre. El dĂa 3 de Enero de 2031, pisĂ© Nairobi, la capital de Kenia, y fui hasta la casa de acogida en la que estaba aquĂ©l niño, junto a su tutora. Iba nerviosa, con el corazĂłn acelerado. No habĂa roto aguas, no tenĂa que ir al hospital, no me dolĂa el vientre ni tampoco los riñones, no tenĂa los tobillos hinchados, ni miedo a que algo fuera mal… Pero estaba igual de nerviosa porque iba a conocer a mi hijo. Wangari, la tutora legal me abriĂł la puerta de la casa, me dio dos besos y me preguntĂł sobre el viaje. HabĂa llegado cansada despuĂ©s de más de once horas de vuelo pero lo Ăşnico que querĂa ahora era conocer a aquĂ©l pequeño de dos años con cuyo rostro desconocido soñaba cada noche. RecorrĂ con ella el pasillo imaginando cĂłmo serĂa su rostro, cĂłmo serĂa su piel, si serĂa muy moreno o más pálido, si tendrĂa los ojos oscuros o los tendrĂa claro como Jaydn, si tendrĂa los labio regordetes o por el contrario los tendrĂa más finos, si tendrĂa mofletes, si tendrĂa el cabello largo o corto… Y allĂ estaba, en su habitaciĂłn. No estaba manchado de sangre, ni de agua, ni de grasa corporal, no estaba desnudo, no estaba llorando… Estaba sentado en el suelo, junto a unos tacos de madera de colores, vestido con un polo blanco y unos pantalones azules. Era flaco y asĂ sentado no parecĂa muy grande, pero era hermoso. Las lágrimas rodaron por mis mejillas, mientras en mi cabeza escuchaba un llanto… AquĂ©l niño no estaba llorando porque ya habĂa nacido dos años antes, de otra madre, junto a la que sĂ habĂa llorado. Al verle pensĂ© en todo cuanto habĂa leĂdo, en todo cuanto me habĂa dicho mi madre, y pensĂ© en esa mujer, en la que le habĂa dado la vida para que yo se la cuidara, en si le habrĂa abandonado o si por el contrario se le habĂan arrancado de los brazos. Wangari estaba sonriendo, y yo me acerquĂ© a aquĂ©l pequeño que no dejaba de mirarme. ParecĂa que le habĂan vestido con sus mejores galas para la ocasiĂłn… Me acerquĂ© a Ă©l y me puse de rodillas delante suyo. SeguĂa llorando pero sonreĂ mientras contemplaba su bonito rostro infantil, aĂşn prácticamente de bebĂ©, y le dije “Hola”, en mi lengua natal, una lengua en la que Wangira le habĂa hablado durante los Ăşltimos ocho meses. El pequeño me mirĂł más de cerca y yo sentĂ un escalofrĂo. Entonces lo entendĂ todo. No habĂa cordĂłn umbilical entre Ă©l y yo, y nadie iba a cortarlo, simplemente porque era irrompible, como los cordones umbilicales de aquellas madres que dan a luz a sus hijos. Este era invisible pero era tan real como todos ellos”.
“NaciĂł huĂ©rfano… El dolor que sentĂa mientras le daba la vida era el efecto secundario del dolor de una vida sin Ă©l.  Quizá lo mejor que pude hacer por mi hijo, fue sufrir los dolores más inmensos porque era lo Ăşnico que quedarĂa en mĂ. La sangre me mojaba los pies y el temblor de mi cuerpo me llenaba de frĂo. Las chicas que estaban ahĂ no querĂan mirar. Algunas se tapaban los oĂdos al oĂrme gritar. Pero yo no podĂa dejar de hacerlo. Me retorcĂ de dolor en el suelo, me guiĂ© por mis instintos naturales tratando de traer a la vida a mi hijo como hacen los animales. PedĂa que no se lo llevaran, que no lo mataran, que no me lo quitaran… pero sabĂa que todo eran meras quimeras que nunca llegarĂan a pasar. Mi corazĂłn latĂa tan fuerte que lo oĂa contra el suelo sucio en el que estaba tumbada de lado. Hasta que uno de esos sucios hombres me agarrĂł con fuerza para darme la vuelta con violencia diciĂ©ndome que era una maldita zorra y ahogarĂa al niño con las piernas si no las abrĂa. Me rompiĂł el vestido abriĂ©ndome las piernas para ayudarle a nacer y yo temĂ que su agresividad acabase con su vida. Pero temer por su vida fue lo Ăşnico que pude hacer como madre… Todo el dolor que sentĂ en ese Ăşltimo momento, me hizo retroceder hacia atrás como si retornara a la inocencia. El agua de la vida de mi hijo cayendo entre mis piernas, el terror a saber que nacĂa, la falsa ilusiĂłn de ser madre aun sabiendo que no lo serĂa… Ya no habrĂa más náuseas, dolores, miedos… Ya no tendrĂa hinchados los tobillos, ni los riñones resentidos, ya no temerĂa por su vida o su muerte. Ahora me tocarĂa echarle de menos. HabĂa imaginado mil veces cĂłmo serĂa su rostro, si tendrĂa pelo, si su piel serĂa más clara que la mĂa o más oscura, si serĂa muy pequeño, si tendrĂa alguna marca de nacimiento… HabĂa imaginado muchas veces cĂłmo serĂa poder cogerle en brazos, si pesarĂa poco, si su boca serĂa como la mĂa o su nariz… habĂa imaginado sus mofletes como los mĂos, su cara redondeada y sus ojos oscuros… Pero no le vi… NotĂ© cĂłmo salĂa de mi cuerpo, resbalando entre mis piernas, mojado, con olor a algo diferente a todo lo que habĂa olido y que debĂa ser la vida. Me incorporĂ© para poder verle, pero solo logrĂ© atisbar un cuerpo pequeño, delgado, cuya piel era extraña, de un tono grisáceo y claro. Estaba mojado, cubierto de grasa y sangre… Y no lloraba hasta que le cortaron el cordĂłn umbilical y le arrancaron de mĂ. Ese sucio hombre se llevaba en mis brazos a mi hijo y yo no podĂa hacer nada más que suplicarle. QuerĂa verle, tener la oportunidad de tocarle, darle aunque fuese un beso y un Ăşnico abrazo. Pero se le llevaba en brazos y la desesperaciĂłn me llevĂł a arrastrarme por el suelo resbaladizo por mi propia sangre con el afán de ponerme en pie y quitarle a mi hijo. Pero por más que intentĂ© levantarme del suelo entre todos esos dolores y los intentos por no caer, me cogieron del pelo arrastrándome hasta que ataron mis manos a mi espalda dejándome tirada como si fuera ganado. GritĂ© como nunca, dañándome la garganta mientras el llanto me hacĂa temblar y la orfandad de dejar de ser madre me golpeaba el vientre vacĂo que tan lleno habĂa estado durante todos esos meses. QuerĂa más su vida que la mĂa y no me habĂa dado cuenta… Entonces lo entendĂ todo. No habĂa cordĂłn umbilical entre Ă©l y yo porque lo habĂan cortado… pero era irrompible. Real, invisible y ya solo entre mis piernas… Una uniĂłn que estaba rota, pero que era para siempre”.
Daniela y Anoona