La liquidez del tiempo; brevísimas lecturas sobre "Canicular", un libro de poemas de Carolina Olguín
El sábado tuve el gusto de presentar Canicular, un bellísimo poemario de Carolina Olguín. Me la pasé muy bien porque siempre es bonito y positivo hablar y difundir la poesía que se hace en la ciudad y que habla de la ciudad de Monterrey.
Canicular me gustó mucho porque es un libro atemperado por la contemplación, por la nostalgia y que, como bien detalla Renato Tinajero, es “…un tránsito, un peregrinar”: hacia la infancia, hacia la memoria de la ciudad, hacia las identidades contenidas en el paisaje silvestre, en la música y en las maneras de hablar y sentir de una región de apariencia agreste, pero que en su profundidad es exuberante.
Escribí algunas reflexiones a propósito de Canicular; y que con gusto por acá les comparto.
Uno. Una de las virtudes de Canicular es que como lector de inmediato adviertes que es un libro pensado y consumado como Obra. Es decir, más que una colección o reunión de poemas inconexos, éste es un poemario en el que la autora —es clarísimo— se ha tomado el tiempo y ha “plantado” cuidadosamente un itinerario, una sintaxis que sugiere al lector un recorrido. En ese sentido, Canicular es una obra ensamblada pieza a pieza, poema a poema; labrada de tal manera que cada una de sus capas y secciones son indispensables para captar el gran sentido al que apela este libro. Y vaya, esto no significa que no se puedan apreciar cada poema por separado; sin embargo, en estos tiempos en donde muchas veces se privilegia lo fragmentado, el pastiche, lo espontáneo y lo fugaz, pues se agradece que una autora se preocupe y trabaje con esta noción de unidad, de Obra.
Dos. Cuando terminé de leer Canicular la primera imagen que me vino a la mente fue una secuencia de la película Stalker, de Tarkovsky; particularmente esa bellísima secuencia del río en donde vemos cómo fluye una corriente y debajo del agua: un transcurrir de objetos que parecieran hablarnos de un tiempo pretérito: monedas antiguas, artefactos mecánicos en desuso, juguetes estropeados, llantas de automóviles; todos ellos fragmentos de una historia y un tiempo que el agua lame, lava y erosiona. Y esta una imagen muy poderosa porque no sólo refiere un pasado, sino que también remarca un presente y anuncia un porvenir. De cierto modo, como diría un querido amigo mutuo, ese río representa un “registro de las omisiones”. Canicular —como la autora lo anticipa en la sentencia inicial de su libro— es un camafeo compuesto de múltiples capas densas que, en una operación similar a la del río de Tarkovsky, captura y registra la latencia de un tiempo y sus objetos resonantes: los desencuentros y encuentros con el otro; los descensos al río santa Catarina —esa otra ciudad secreta con su propia historia subterránea y a la vista de todos—; la mística y el poder de las plantas como entes dadores de consistencia y sentido; la contemplación de la urbe —ese nuevo mundo en donde ya no hay acequias, pero sí edificios y fábricas—; y la reivindicación de las coplas, de las palabras del habla cotidiana y de cierta lírica popular de nuestra región. En tal sentido, a Canicular podemos entenderlo como un registro, un marco que proyecta el transcurrir de una realidad y de un tiempo.
Tres. Otro elemento que resulta notable en este libro es la consistencia y la constancia de su voz poética. Tanto en El libro de la Vigilia —el primer poemario de Carolina Olguín— como en Canicular, la contemplación ante la realidad y la delectación ante los sentidos y las experiencias, parecieran ser los signos distintivos de su registro lírico. Y estos signos nos conducen, según mi aproximación personal a su poética, irremediablemente a una nostalgia. Pero ésta es sí: una nostalgia por lo perdido, pero que también venera y celebra los encuentros y los descubrimientos.
Cuatro. En Canicular existe un tema recurrente, un hilo conductor que atraviesa todas sus secciones; y este es el mundo de las plantas, el de la flora silvestre de la región. Y es muy interesante cómo la autora percibe y enuncia la inmanencia del paisaje natural: finalmente está en todos lados y no se va a ir, pese a nosotros y a nuestras ciudades. Es por eso que los mezquites, la higuerilla, la gobernadora y el cenizo, conectan y cruzan los distintos tiempos y mundos contenidos en el poemario: desde el mar prehistórico; y el rural y de la infancia, hasta el contexto “urbano” de nuestros tiempos. Las plantas también cuentan una historia, la historia de lo no-percibido. En tal sentido, intuyo, que uno de los intereses en Canicular es el de re-posicionar ese mundo ignorado a la vista de todos. Y con ello restituir una conexión con lo terrenal. Y lo terrenal, en este caso, también conlleva un componente místico, que nos otorga identidad y pertenencia.
Cinco. Además de los otros aciertos que ya he mencionado, hay uno que especialmente me atrapa y que me gusta mucho. Y que es la reivindicación e integración de la lírica musical y el habla populares al lenguaje poético de Canicular. Sobre todo, porque esta incorporación no es formulada ni artificial. Al contrario, se articula de una manera orgánica y honesta. Algunas palabras que están dispersas por el libro son, por ejemplo: covacha, tembeleque, aironazo, guangas, remangado, palangana, chasquido, chapoteadero; y que por sí mismas son hermosas y que remiten al lector a la manera de hablar y de “ser” de las gentes que habitamos esta región. Pero cuando se incorporan y “traducen” al lenguaje poético también adquieren otras dimensiones y algunos otros alcances. Felicito a la autora por eso, y porque también recupera ciertos tonos y ritmos de las coplas y las canciones regionales de una forma muy “natural”; de tal modo que las fija y las amplía en su lenguaje poético.