Encontraron a Caedis en la sala comĂşn del pabellĂłn seis, colgado de una viga por una cuerda negra, justo cuando los internos volvĂan a entrar al psiquiátrico tras el descanso en el patio. Hubo una conmociĂłn entre ellos. Hubo quienes lloraron, quienes rieron y quienes gritaron, pero al final los enfermeros y guardias pudieron restablecer el control y de inmediato el psiquiátrico fue bloqueado. Se encerraron a todos los internos en sus cuartos, bajo los gritos de la directora, que no podĂa concebir lo ocurrido. Nadie habĂa visto al interno, registrado como Anton, entrar al edificio que habĂa estado cerrado. Y la ausencia de una silla o escalera resultaba en un misterio tan perturbador como inexplicable sobre como se habĂa dado el suicidio. El cuerpo fue bajado con mucho cuidado, pocos de los enfermeros creĂan lo sucedido y los mas supersticiosos se negaron a siquiera tocarlo, antes de ser guardado en la enfermerĂa, pues era demasiado tarde y los forenses llegarĂan hasta el dĂa siguiente.
A la media noche se desatĂł una tormenta elĂ©ctrica que oscureciĂł el psiquiátrico, a pesar de la luz elĂ©ctrica. Pero lo peor vino a media noche. Hubo un apagĂłn, tan absoluto como repentino, y las plantas de emergencias fallaron en conjunto, por lo que todos los pabellones quedaron a oscuras e incomunicados. Guardias y enfermeros corrieron por los pasillos, buscando descubrir lo ocurrido, despertando a los internos que gritaban y aullaban, alterados por extrañas pesadillas que habĂan venido con el apagĂłn. La puerta a la habitaciĂłn de Angela fue golpeada rĂtmicamente tres veces, antes de ser abierta. Y allĂ estaba Ă©l, era Caedis, igual a como la mujer le habĂa visto en el patio horas atrás. Pero con marcas rojas en su cuello, que parecĂan estar desapareciendo.-Te dije que regresarĂa, Angela.- AdvirtiĂł el interno en lo que iba a ella. La mirĂł a los ojos, como si dejara que ella se cerciorara de que era Ă©l, antes de volver a besarla en la frente.-Me preguntaste antes... ÂżComo es que he recuperado mis fuerzas?.- Él negĂł con la cabeza, una sola vez.-No lo sĂ©... Pero si sĂ© que harĂ© con ellas.- De su pantalĂłn obtuvo un cuchillo improvisado, armado con un tenedor, que habĂa preparado meses atrás.-Te dije, cuando nos conocimos, que iba a necesitar tu ayuda, es el momento. Antes de irnos necesito recuperar algo que me quitaron al entrar aquĂ.- Le ofreciĂł el arma a la mujer y se puso de pie.-Ten cuidado, Angela, es el momento de elegir... ÂżVas a seguirme o te verĂ© en otra vida?.- CuestionĂł finalmente, al ofrecerle la diestra. Como se la habĂa ofrecido a tantos otros, en tantos milenios.