“(...)
–¿Y lo hubieras hecho?
–¿El qué, convencerte? –Caballete suspiró–. Pues no lo sé, Millán. ¿Eres tú el tipo de persona al que se puede convencer de algo que no tiene en mente hacer? No lo creo. ¿Soy yo el tipo de persona capaz de resistir por coraje, valor o nobleza a un chantaje? Tampoco me lo parece. Tenemos personalidades reflejas: tú rechazarías ser como yo, y yo no podría ser como tú. Pero al mismo tiempo hay ciertas cosas que compartimos, y que creo que pueden reducirse al hecho de que ambos sabemos lo que es el mal de forma fervorosa, de un modo que nos define. Por ejemplo, creo que Alicia Ras es una mala persona. Pero también estoy convenido de que en estos momentos eso es irrelevante.
–No somos tan distintos, Caballete. Si tú lo crees así, es porque a lo mejor los dos nos hemos estado esforzando en aparentar lo contrario. Puede que seamos reflejos, pero en ese sentido. Tú has huido de ti y yo de mí, y nos hemos vuelto el otro. En medio siempre ha habido una persona. Los dos lo hemos sabido siempre. ¿Lo sabe Alicia?
Caballete se rio de forma burlona.
–Claro que lo sabe. Millán, esa mujer lo sabe todo, menos una cosa: que tú sabías de mi problema con Aurora. Fue una de las cosas a las que Alicia recurrió para amenazarme. Eso me hizo reír, ¡de veras! Como si yo hubiera podido ocultarte a ti, mi mejor amigo, que durante años tuve reservado un asiento en la primera fila del Teatro Real para todas las funciones de la Compañía Nacional”.














