Lo que era y habrÃa de ser, empezó verde. Al menos, en algunos principios: en otros fue el caos, el mar, la noche, la arena, el hielo. Incluso selva, un borrón. La mente, en blanco. Si no hubiesen sido tan importantes los ojos y la luz, tal vez sà el ruido del agua, el olor de la guayaba, el frÃo. Pero en todo caso, fue una sola cosa que se multiplicó mientras se dividÃa; la naturaleza paradójica de la diversidad, lo que nos originó.
Luego vinieron las dualidades, yo y el resto, arriba y abajo, el hambre y la saciedad. La selva y el cielo. Rápidamente todo se bifurcó y en nuestro cerebro primate apareció el universo: imposible decir si la noción o la señal bioquÃmica que lo representaba en la caverna craneana y sus derivaciones lo crearon o lo que era se insufló. Pero los peces empezaron a nadar en nuestra mente gracias al hambre y si bien no sabemos qué hay en la mente de los peces, que no nos nombran, percibimos como sus parientes su indiferencia o su temor, según nuestras sombras les parezcan paisaje o amenaza. El tiempo, andar a pie por el planeta y las proteÃnas nos dieron la posibilidad de almacenar infinitas señales de las bifurcaciones que fueron apareciendo en lo que llamamos mente simplemente por el hecho de estar vivos: la carne neuronal las entrecruzó y los peces no solo nadaron y fueron comidos, tuvieron sabor, viscosidad, olor a fresco o a podrido y a gusanos, tuvieron huesos, espinas, garzas que nos los robaron, plumas en las garzas, huevos en las garzas, polluelos junto a las garzas y las serpientes que los persiguieron. Y el sabor de los peces y la textura de su carne y el olor en sus entrañas de las pepas de monte que comió y el color parecido al sol de la grasa, buena grasa que encontramos y comimos, crearon la diferencia entre los peces, los de los rÃos grandes, los quebradones, los lagos, los raudales, y cuando nos movimos para buscarlos nos dimos cuenta de que ellos se movÃan y la subienda se convirtió en una sucesión de palabras sabrosas por el rÃo, llenas de promesas en contracorriente. Nació el poema.