"Nunca me había sentido así pero debe de ser la sensación más estúpida del mundo" -Pensé mientras transcurría mi día con aparente normalidad; aparente porque aunque visto desde fuera parecía que cumplía mis cometidos sin más: ordenaba la casa lo justo y necesario, cocinaba y acudía al trabajo con normalidad pero lo cierto es que mi fuero interno estaba eclipsado por la ilusión de ver a aquella joven en persona sin circunstancias que nos alinearan, que nos impidieran ser quienes somos realmente: solos ella y yo junto lo que surgiera en aquel inmenso parque de Alameda. Ella acudía en mis pensamientos con frecuencia: recordaba sus ojos negros de un eterno interrogante, su media sonrisa y su rápidos trazos sobre el papel; aunque ,a decir verdad, también acudía a mi mente su voz titubeante al principio y luego su decisión al desgranar y relatar su vida a cada frase y cada palabra, como si no tuviera ningún miedo ante mí. A decir verdad parecía tímida y temerosa las primeras veces que la vi y entonces empezaba a darme cuenta que bajo esa superficie de introversión y esa aparente fragilidad podía esconderse alguien mucho más fuerte y resuelta que no temía ser juzgada. Tal vez aquella mujer era tan fuerte en su interior que era capaz de desnudarse ante quien interactuara con ella, de ser ella misma sin añadir capas que la protegieran de los demás ¿Sería verdad que, una vez superada esa superficie de timidez, marchaba por su propia existencia con el pecho al descubierto sin temor de qué fuera de su corazón? Pronto lo averiguaría, medité mientras acababa la jornada del martes deseando que no fuera martes, ansiando que el tiempo pasara más deprisa de lo que sus complejos engranajes le permiten. Salí del trabajo con el deber cumplido, habiendo servido cafés y bollos calientes a decenas de personas que ya no recordaba a la salida de mi turno.
Marchaba de vuelta a casa abriéndome paso entre los cientos de personas que transitaban por las calles de Valencia, desconocía si era por la cantidad de gente que tenía que sortear a aquellas horas de la tarde o si realmente era por el clima pero, a decir verdad, no sentía tanto el frío que estaba atenazando los anteriores días a la ciudad. Tras unos minutos recorriendo aquellas calles, en su mayoría anchas avenidas, alcancé el metro: resultaba curioso que hubiera una teleraña subterránea poblada de vías recorridas por aquellos mastodontes de metal, rugiendo a su paso y atravesando la ciudad por todas partes. Allí, en la oscuridad del metro, me sentía como un topo que atravesaba sus propios túneles con tal de volver a su hogar pero la única diferencia residía en que yo no vivía en el bosque ni deseaba hacerlo: mi ambiente era la fría y estéril ciudad, aquella jungla de altos edificios con seres humanos hacinados que viven independientes unos de otros, aquel espacio gigantesco donde unos vivían y otros trabajaban, donde las interacciones sociales más habituales derivaban de adquirir bienes o servicios. Sin embargo, a pesar de vivir tan cerca unos de otros, resultaba difícil conocer a alguien nuevo: más allá del "por favor", "grácias" u "hola" las relaciones sociales entre desconocidos solían volverse confusas y desconcertantes. Nos habíamos acostumbrado a tratar con las personas en la medida del bien que pensábamos obtener de ellas: un esquema social perfecto para una sociedad de consumo, pero nefasto para alcanzar una madurez espiritual. Cuando miré aquella joven dibujante cuyos ojos eran dos galaxias, algo me hizo olvidar todos aquellos convencionalismos para irrumpir de forma accidentada en su vida, reclamar su atención y darle a conocer mi existencia: traté de sacarla de aquella neblina de vida vacía y reclamé una parte de su tiempo como mío; lo más sorprendente de toda esta historia no fue que eso ocurriera, en mi ser no podía ocurrir de otro modo, sino que me dejó atónito que aceptara conocerme. Y allí estaba, pasando una estación subterránea tras otra mientras bosquejaba castillos en el aire: elucubrando lo que fue y será, deseando que el futuro me brinde la oportunidad de estar a su lado.
Así llegué a las afueras de la ciudad, a la altura del Cabanyal y tras unos diez minutos de camino me adentré en la Calle de la Reina: como otras tantas veces hice entré en casa, me duché, puse en orden mi cuerpo y mi mente y ordené tranquilamente aquel desastre al que solía llamar hogar. Mientras salía de la ducha tiritando por el frío oí de nuevo el móvil que sonaba desde el interior de la chaqueta, así que salí apresuradamente de la ducha mientras apretaba los dientes cubierto únicamente con una toalla y sequé mis manos con la misma para acercarme al móvil.
"Quien fuera desde luego tenía el don de la oportunidad" -Pensé mientras me dirigía a la percha de mi dormitorio con los dientes castañeando.