Sueños entre cafés (XVII)
Otra vez la misma historia de todos los días desde que vivo en Valencia: como era costumbre estaba tan cansado y era tan despistado que no activé el despertador y éste, al brillar por su ausencia, no acabó con mi descanso en el momento preciso: las siete de la mañana. Al contrario, como si fuera un bucle del cual me fuera imposible escapar, estaba convencido de que me habia despertado media hora más tarde. Me revolví incómodo en la cama pues debía revisar el teléfono y ,aún con mi conciencia aletargada por las horas de sueño, sabía que aquel dictador digital marcaría de nuevo las siete y media. Esto me condenaría a prepararme con estresante rapidez si quería llegar a tiempo al trabajo.
Y así fue como, cuando por fin logré abrir los ojos y despertar mis sentidos pude confirmar, una vez más, que aquella maldita hora me condenaba a un ritmo frenético con tal de llegar a tiempo a mi puesto.
Con lo estresante que me resultaba tener el tiempo justo para acudir al trabajo sin llevarse una reprimenda de mi jefe o responsable más cercano, casi no tuve tiempo de acordarme de María: casi, pues su recuerdo era un acompañante inseparable a lo largo del día. Pero no me bastaba con que ella fuera solo eso, parte de mi memoria, del pasado: desde aquel encuentro en Alameda ya era un adicto irremediable a su afecto y necesitaría mi dosis diaria para sentirme satisfecho. Supongo que esto era tan egoista -pensé mientras llevaba en equilibrio una bandeja con un par de cafés- que me sorprendía de mí mismo. ¿Qué era del Pierre libertario? ¿Y del Pierre con don de gentes? Solía ser reflexivo pero incluso Ricardo me notaba extraño y me lo hizo ver en uno de los descansos:
-¿Arreglaste tus asuntos, Pierre? -Se acercó el dueño del Rincón agarrándome del hombro con un deje que denotaba preocupación.
Ricardo continuó hablando mientras sacaba del bolsillo derecho de su pantalón una cajita metálica que contenía filtros de cigarrillos y , con la rapidez que confiere la costumbre, se preparó su pitillo del mediodía que sucedió al pitillo del desayuno, al del postdesayuno, al del almuerzo y postalmuerzo. Comprobé una vez más que Ricardo fumaba como un carretero:
-Estás raro, chaval y no puedo reprocharte nada, porque haces tu trabajo y no creas problemas pero joder. Se te nota tan ausente que creo que si te pusiera unas orejas de burro sobre la cabeza no notarías la diferencia. -Ricardo rió sonoramente al decir aquellas palabras y acto seguido sufrió un acceso de tos. Aproveché aquella pausa de mi jefe para contestar a aquellas palabras carentes de tacto.
-Todos tenemos nuestros problemas, Ricardo. -Dije en un tono neutro aunque en realidad estaba bastante sorprendido de que el jefe se preocupara de mis asuntos personales.
-Pierre- dijo el jefe en tono cordial mientras buscaba un mechero con el que encenderse el pitillo ¿Cuanto tiempo llevas trabajando en el Rincón? ¿Tres, cuatro, quizás cinco años?
-Yo diría que llevo unos cinco años, Ricardo. -Me limité a contestar, expectante de su respuesta.
-Bien, supongamos que son unos cinco años, Pierre: te conozco desde entonces, has sido y eres un trabajador competente, no haces demasiadas preguntas, cumples con los pedidos y haces lo que se espera de ti – dijo mientras utilizaba el mechero - pero sueles estar en otro mundo y estos últimos días ha ido a peor... estás como enamorado.
-¿Qué estás intentando decirme, Ricardo? -Dije con impaciencia.
-Intento decirte, francés de andares distraídos, que me recuerdas a mí: no es que tú y yo nos parezcamos un pimiento – añadió el jefe justo antes de darle una honda calada al pitillo, espiró el humo recargado y continuó hablando- pero yo también he estado enamorado, ¿Sabes? Sé lo que es vivir por alguien, sé lo que es darlo todo por una persona especial pero asegúrate de que esa persona vale hasta tu último aliento porque el amor es arriesgado.
-Ya sé que el amor es arriesgado pero gracias por el consejo, Ricardo. - Le dije al jefe sosteniendo su mirada.
Entonces Ricardo volvió a darle una calada a su pitillo, apurando su contenido y me clavó su vista en la mía:
-¿Y por qué cojones me parece que es la primera vez que te has enamorado? No es que te conozca demasiado pero actúas como si nunca hubieras pasado por algo así en tu vida. Te dije que pusieras en orden tus asuntos, hazlo o te pasará factura.
Después de acabar su cigarro volvió al tono de costumbre como si esta conversación nunca hubiera ocurrido, me dio una palmada en la espalda y añadió con su habitual actitud lacónica:
¿Que nunca me había enamorado? Pensé para mis adentros ¿Qué le pasaba hoy a Ricardo? ¿Tanto se notaba aquella batalla interior bullía en mi mente y en mi corazón? ¿Tanto se notaba que María estaba continuamente en mis pensamientos? Supongo que no tenía más remedio que aceptar que debía hacer algo al respecto por mi bien y "hacer algo" pasaba por tomar las riendas respecto todo aquello: debía llamarla y acabar con esta lacerante espera.