Argentina Post-Magicapocalíptica
Año 2012 después de Cristo: nadie sabe exactamente que pasó; si fueron dioses locos de furia, o demonios vengativos, o naves extraterrestres, o algún cometa perdido. Pero la civilización que existía entonces colapsó por completo, y el planeta cambió para siempre.
*Indeterminados Años Después* la civilización industrial prácticamente ya no existe. La humanidad vive en aldeas y pueblos que apenas se dignan a llamarse “ciudades” amuralladas. La naturaleza retomó el resto.
No todo el conocimiento se ha perdido. En bibliotecas y universidades han sobrevivido enciclopedias enteras de eras pasadas. Molinos de viento proveen electricidad intermitente a los pueblos, y viejos ferrocarriles funcionan aisladamente. Incluso algunas películas y músicas de aquellas épocas sobreviven, salvadas por diligentes archivistas y fanáticos. Pero al leer las enciclopedias, es claro que los hombres antiguos desconocían totalmente sobre los seres sobrenaturales y las técnicas de la magia.
Cosas siniestras acechan en las noches. Fantasmas de soldados que luchan guerras que ya terminaron, o quizá nunca fueron. Lugares (o son horas?) donde la realidad y el tiempo se retuercen en sí mismas. Seres de las profundidades vagan en las playas iluminadas por la inquietante luna. Pueblos a los que nadie va, habitados por mutantes y lunáticos. Sectas que hacen rituales de sangre y dolor. Aparatos de eras pasadas que despiertan con una inteligencia sobrenatural. Nadie cuerdo anda solo de noche, y nadie se queda a dormir sin cuatro paredes, un techo y una luz.
De día las cosas no son menos extrañas. Los espíritus de la naturaleza susurran para los que saben escuchar. Santos y Demonios caminan las rutas, haciendo milagros con poderes desconocidos. Seres casi humanos, de otros mundos, quizá otras realidades, buscan su destino en las ciudades. Animales extintos caminan en el monte y las pampas, desde gliptodontes hasta argentinosaurios. Las calles de Buenos Aires reviven iluminadas con publicidades de productos que ya no existen, con autos y peatones que se desvanecen con el atardecer. Líneas de colectivos que van a ninguna parte, ministerios que nadie sabe para que existen, héroes que nacen de la imaginación popular, salvan al país, y luego desaparecen.
Buenos Aires sigue siendo la mayor ciudad de Argentina, aunque en realidad no es más que una colección de pueblos y asentamientos separados por extensiones de ciudad abandonada y peligrosa. Algunos son tan sólo edificios o escuelas rodeados de barrios retomados por la naturaleza. Pese a que muchas partes del Gran Buenos Aires están envenenadas con contaminantes tóxicos o embrujadas por magias desconocidas, muchos aventureros vienen a buscar “repuestos” y pedazos de tecnologías y artes olvidadas en lo que alguna vez fue el gran centro comercial e industrial de la nación. Artistas y científicos protegen sus museos y laboratorios con recelo, aferrándose a retazos de un mundo alguna vez comprensible. Ingenieros y técnicos errantes son muy valorados; son ellos los que mantienen los molinos y paneles solares que le dan luz a la ciudad, y conservan aquellos cassettes y CDs de tiempos pasados; incluso conectandosé al antiguo Internet, hoy lleno de memes y sitios incomprensibles, capaz hasta peligrosos. Gran parte de la ciudad está inundada; el gran río inmóvil está solo a unos pasos de la Casa Rosada.
La Gran Pampa es un pastizal natural sin fin: los alambrados se han oxidado hasta desaparecer y la soja no es más que un yuyo más. Manadas de venados, caballos, ñandúes y ocasionalmente gliptodontes y perezosos se cuentan por los millones: las cabezas de ganado de los gauchos parecen minúsculas en comparación. Sin murallas que los protejan, los habitantes de esta región pasan sus vidas a caballo y conocen bien como tratar con eventos sobrenaturales en los campos infinitos; cada rezo, cada amuleto, cada hechizo. Los ranchos y pulperías ostentan de una infinidad de símbolos santos para ahuyentar a los malos espíritus; brujas, curas, y otras personas tocadas por lo transmundano bravean a gualichos, espíritus, bandidos y las tretas del Mandinga, galopando entre los ranchos aislados, protegiendo a las personas desde las sombras.
El río Paraná es la arteria comercial de la región. Barcazas, veleros, y los ocasionales vapores cruzan los puertos del litoral; Rosario, Paraná, Corrientes, Barranqueras, Asunción, llevando fruta, maderas, y la tan valiosa yerba mate... Los bosques han recuperado toda su extensión y los yaguaretés de vuelta llegan hasta el bien llamado Delta Del Tigre. Las selvas en galería ocultan pueblitos de pescadores, ranchos de contrabandistas y cabañas de curanderas, perdidas en la infinidad de la naturaleza. Los que viven en estas regiones saben el nombre y el uso de cada planta y animal que vive en estas regiones, desde el magnífico quebracho con su leña de acero hasta los más mínimos yuyos para el mate. De noche, los espíritus de la tierra están más vivos que nunca; las curanderas recomiendan ante todo respeto por ellos. Meteoritos magnéticos en bosques impenetrables, árboles centenarios cubiertos de imágenes sagradas, bestias extintas que acechan en la noche de los esteros… El Gran Chaco guarda muchos misterios, y no se los devela a cualquier persona.
Las sierras y valles del oeste son lugares de una majestuosa belleza, pero secos en su mayoría, en donde la vida transcurre en los pequeños oasis y ríos. Aquí, los pueblitos de adobe blanco con sus viñedos y olivos siguen iguales como si el tiempo se hubiese detenido (y en un par, eso puede ser cierto…). La música suena entre las quebradas, a veces de los festivales y los asados, a veces sin ninguna fuente aparente (y ahí, hay que cuidarse…). Pequeñas iglesias y refugios protegen a los viajeros del frío de la noche y de las funestas luces que acechan en los cerros. En algunos lugares más antiguos, ruinas de pueblos alguna vez extintos viven de nuevo, las terrazas llenas de maíz y papas de miles de colores… y algunos dicen los secretos palacios y ciudades perdidas entre las nubes eternas de las Yungas. Aún más al oeste, se extiende la gran cordillera de los Andes. Aquellos que saben de las leyendas antiguas hablan de los Apus, las montañas y rocas sagradas de Tawantinsuyu.
Al sur, la Patagonia se extiende como si no tuviera fin. Los bosques al oeste, pisando la cordillera, poco a poco se vuelven estepas caminadas por grandes criaturas extintas; más de un paleontólogo ha visto su tema de tesis revivir en bosques petrificados. Jinetes viven arriando ovejas en toldos y cabañas, los pueblos conectados por antiguos trenes que misteriosamente siguen funcionando, la vieja Ruta 40 ocasionalmente tiene camionetas atrapadas en un viaje infinito. Abrazando al frío mar, tranquilos pueblos pesqueros conviven con gigantes manadas de ballenas y el ocasional e inexplicable monstruo marino. Hay rumores de criaturas escamadas que viven en las aguas del Atlántico y salen por las noches de luna, pero nadie está seguro.
Argentina, en teoría, sigue siendo una república representativa federal. En la práctica es una alianza de intendentes y caudillos que le juran lealtad a gobernadores que le juran (teórica) lealtad a un congreso (teóricamente) electo en Buenos Aires que le jura lealtad a un presidente con mandatos casi vitalicios. Este sistema casi feudal está dominado por tradiciones burocráticas, y el estado nacional hace poco más que resolver disputas y mantener algunas instituciones vitales argentinas, como las Universidades Nacionales y la AFA.
Uruguay y Paraguay son naciones amigas de Argentina; Montevideo y Asunción son puertos importantes. Brasil es un imperio nuevamente, aunque la autoridad del Imperador es poco clara, y en la gran extensión hay estados y ciudades que son prácticamente independientes. Al norte, Tawantinsuyu domina el Altiplano, un imperio de una riqueza fenomenal y poderes mágicos extraoordinarios. La República de Chile y su poderosa flota dominan el Pacífico. Poco se sabe del resto del mundo, más allá de lo que hay en mapas de libros antiguos. Ocasionalmente, llegan barcos con visitantes de lugares lejanos, del Sacro Imperio Romano-Germánico, de la Confederación de Malí, de los Estados Pontificios o de la Dinastía Hongsé, y algunos de otros lugares (¿o planos, o dimensiones?) aún más exóticos, buscando cosas que solo ellos comprenden. Al sur, las aguas frías del Cabo de Hornos ocultan a la misteriosa Antártida, donde dicen, dicen, que hay ciudades supertecnológicas bajo los glaciares, mantenidas por reactores nucleares...
“Cuidáte” es una expresión que tiene mucho peso en este mundo. Después de todo, lejos de la acogedora luz de los pueblos, las cosas se vuelven incomprensibles y peligrosas. Las personas que se atreven a bravear a estos misterios y caminar entre las ciudades, manteniendo a las comunidades conectadas entre sí, son personas respetadas pero temidas. Algunos eligen confiar en sus habilidades de jinetes y cuchillo, otros en su fe y su conocimiento de magias milenarias, y algunos incluso en aparatos tecnológicos que siguen funcionando para ellos. Algunos son criaturas o espíritus que no son humanos en cuerpo, quizás, pero sienten y aman como nosotros. Otros son gente común y corriente, aburrida de la vida en un solo sitio, que se animan a vivir algo más, solamente confiando en su viveza criolla, y lo demás que sea lo que Dios quiera. Pero todas son personas particulares, bizarras, raras, que atraen miradas torcidas en pulperías, bares y cafés.
Pero alguien tiene que hacer lo que ellas hacen, para enfrentar a lo que acecha entre las sombras, para conectar a los pueblos distantes, para que la llama de la humanidad siga viva, para que no andemos perdidos en la oscuridad...