En Edimburgo
Era una tarde de verano escocĂ©s. Las nubes cubrĂan gran parte del cielo y lo teñĂan de un lĂșgubre gris. Una brisa frĂa auguraba una llovizna en un futuro no muy lejano, y la misma helaba mi tĂ©. Desde mi refugio veĂa como las gotas de lluvia se acercaban a mi auto parqueado frente al cafĂ© donde siempre huĂa de la cotidianidad de la ciudad. Las gotas empezaron a golpear a la ventana. LlovĂa. Mi clima favorito.
Yo estaba ensimismado en mi mundo. Mil cosas pasaban por mi mente cuando tenĂa que estar trabajando sĂłlo en una. Cualquier cosa es capaz de distraerte cuando mĂĄs necesitas concentrarte. Yo me habĂa esforzado por mucho tiempo a ignorarlas en la medida de lo posible. Llevaba sĂłlo tres pĂĄginas. PedĂa otro tĂ© cuando cruzaste apurada el umbral de la puerta que custodiaba mi guarida secreta. Estabas empapada de pies a cabeza, aunque la lluvia apenas y habĂa empezado. Te sentaste frente al ventanal, dĂĄndome la espalda. Desde mi mesa podĂa escuchar tu respiraciĂłn agitada. Poco a poco te fuiste quitando las piezas de ropa mojadas por la lluvia fugaz. Primero el sombrero peculiar de forma redonda. La bufanda, que cubrĂa gran parte de tu rostro, le siguiĂł despuĂ©s. Debajo del abrigo negro que pusiste en la silla contigua vestĂas una blusa azul oscura. LlegĂł mi tĂ©, y ni una vez volteaste a mirarme. Con la misma elegancia con la que te desprendĂas de las prendas mojadas, saludaste a Emma, la mesera del local, la cual llegĂł a pedir tu orden. Le murmuraste algo que no logrĂ© escuchar, pero que hizo que ella de inmediato se marchara a la cocina. La lluvia continuaba y cada vez con mĂĄs fuerza. Eramos los Ășnicos clientes del lugar, y por las condiciones del clima iba a permanecer asĂ por mucho tiempo. Emma te trajo una taza de tĂ© de hierbas frutales; lo descubrĂ por el olor. Cuando volteaste a recibirlo apreciĂ© por primera vez tu perfil por un breve instante. Me pareciĂł familiar, y lejano al mismo tiempo. Tal vez de un recuerdo olvidado. O de un sueño. ÂżTe habĂa soñado acaso? Mi memoria era volĂĄtil, y caprichosa. Mi imaginaciĂłn me torturaba con imĂĄgenes que estaban sĂłlo en mi mente. Pero creĂ reconocerte. Y la idea logrĂł capturar mi mente con muy poco esfuerzo. Tu tĂ© humeaba. Hiciste un intento de dar un sorbo, pero te arrepentiste de inmediato. Mi mirada te acechaba como felino sobre su presa. Mi mente divagaba en sus rincones mĂĄs recĂłnditos buscando tu nombre o tu rostro. Mil y un mujeres han pasado frente a mis ojos, pero no eras como ninguna de ellas. Te busquĂ© tambiĂ©n en mis historias. ÂżO era en una pelĂcula? SospechĂ© que tal vez habĂa visto tu rostro en televisiĂłn. O una fotografĂa de una revista, tal vez. De tu bolso sacaste un libro. Estaba totalmente seco, afortunadamente. Se veĂa viejo. Lo abriste y con velocidad cruzabas sus pĂĄginas hasta detenerte en una. Lo pusiste en la mesa y empezaste a leer. Yo seguĂa perdido en tu contorno. La poca luz que llegaba de la ventana contrastaba con tu figura. Las curvas de tus caderas eran pronunciadas y llamativas. Tus movimientos eran sutiles y delicados. Con una mano jugabas con tu pelo, mientras la otra pasaba la pĂĄgina. La taza seguĂa humeando en tu mesa, a un costado de ella. Frente a mi estaba una pĂĄgina en blanco que necesitaba ser escrita con prontitud, y las palabras no escapaban de mi mente. Mis pensamientos estaban hundidos en esa mujer enigmĂĄtica junto a la ventana. Tu existencia perturbaba mis sentidos. Me molestaba aĂșn mĂĄs mi incapacidad de recordarte. Y lo peor de todo, era mi cobardĂa al no atreverme a tocar tu hombro y dirigirte una palabra. O dos, o mĂĄs.Â
QuerĂa ver tu rostro frente al mĂo, y escuchar tu voz. Deseaba tener la valentĂa de levantarme de mi silla y caminar en tu direcciĂłn. Pero decidĂ rendirme. EscribĂ otra pĂĄgina. Te mirĂ© y seguĂas ahĂ. EscribĂ otra. Entre pĂĄrrafos te vigilaba. Y yo seguĂ escribiendo.
Pasaron los minutos. Pasaron las horas. PasĂł la lluvia.
Cerraste tu libro y lo pusiste en la mesa. En algĂșn momento que te descuidĂ© ya habĂas pagado tu cuenta. Tomaste tu abrigo y tu bufanda, y la pusiste en un brazo. Con el que aĂșn tenĂas libre te pusiste el sombrero. En un abrir y cerrar de ojos brincaste de tu asiento y con destreza y velocidad marchaste hacia la puerta que separaba mi cueva del mundo exterior. En unos cortos segundos te marchabas de mi vida, y quizĂĄ para siempre. EntrĂ© en pĂĄnico. Justo antes de abrir la puerta te volviste a despedirte de Emma. Y por primera vez me miraste. Tu cara fue de sorpresa primero. Luego duda. Y concluyĂł en una sonrisa. Una hermosa sonrisa con labios carmesĂ y dientes blancos. Unas adorables arrugas adornaban tus ojos. Y en cada mejilla, un hoyuelo profundo se hacĂa visible. Entonces recordĂ© todo. Elena; aquella niña que me robĂł mi primer beso. Mi cara te dejĂł confundida. No te culpo. No quiero ni imaginar cĂłmo te observaba en dicho momento. Y con la misma rapidez con la que entraste saliste del lugar. IncrĂ©dulo mirĂ© por la ventana mientras marchabas en la misma direcciĂłn por la que apareciste. BajĂ© mi mirada. Tu libro aĂșn estaba ahĂ, olvidado en la mesa. CorrĂ a tomarlo. CrucĂ© la puerta del cafĂ©. AĂșn no estabas tan lejos, pero no lo suficientemente cerca como para alcanzarte. âÂĄElena!â -gritĂ©. Volviste a ver. Te sonreĂ, mientras agitaba con mi mano tu libro en el aire. Me sonreĂste de vuelta. Mientras caminabas de regreso ojeĂ© la portada del libro que habĂas olvidado. En Ă©l, en dorado, estaba escrito el tĂtulo de mi primera publicaciĂłn. Impreso en relieve, estaba mi pseudĂłnimo, mi nombre de artista, el cuĂĄl habĂa callado y ocultado a tantas personas de mi pasado, por tanto tiempo.
No salĂa de mi asombro cuando arrebataste el libro de mis manos. âEs acĂĄ donde te escondesâ -me dijiste al oĂdo. âEs acĂĄ donde te re-encontrĂ©â -te dije. Y te abrĂ la puerta de mi guarida. Y esa tarde te invitĂ© a pasar a mi vida, En aquĂ©l verano escocĂ©s, en aquĂ©l cafĂ© de Edimburgo, te conocĂ.








