Tal vez tengo unos ojos que no son dignos de querer. Inherentemente, tal vez por su forma, por su color, por su propia forma de ser, son imposibles de ser amados.
Tal vez el timbre de mi voz irrita y agobia, tal vez son mis labios, mi boca, y lo todo y nada que tiene para decir.
Tal vez el largo de mis dedos, la punta de mi nariz, mi mentón, la línea de mi pelo, mis muslos, mi busto, mis dientes, mis orejas…
Detrás de perfumes importados, un bosquejo de maquillaje en mi rostro, ropa ajustada para demostrar que no soy lo que piensan que soy (¿qué soy?) Detrás de mis sueños y mi inocencia, detrás de todo, no puedo ser querida.
Me transformo en lava, en magma, vuelvo al centro, al origen. Me arrastro hasta el punto más recóndito, para que nadie me encuentre, para que no exista ni la más mínima posibilidad de que me desmerezcan de nuevo.
Soy yo, al final del día soy yo. Soy la mismísima nada. Soy transparente, translúcida, estar y no estar, desaparecer, desangrarme, desvanecerme, desistir.
Soy fluida, flexible y maleable. Una gota de cariño, para mi, no lo valgo, no valgo, no.
Un pichón en la vereda, lejos, ya no más acá ni en su cuerpo, producto de la vida y del azar. Yo sigo sin saber cuál es el mío.
Gritarle a la luna, escondida tras las nubes, desde el balcón del primer piso, para que me conceda algo, lo que sea, y me niega, y yo deliro, y me agobio de nuevo fruto del olvido.