Los ojos pesan, al igual que los recuerdos. Mi única escapatoria es bajar los párpados y entrar a un mundo de fantasía. Una fantasía que en algún momento creí posible. Pero de mucho no sirve, ya que al despertar me choco con la realidad. Me encuentro sola en mi habitación, con frío, y sin ningún mensaje en el celular, más que alguno preguntándome cómo estoy y haciéndome recordar que justamente no estoy bien. Extraño lo que pudimos ser. Extraño la forma en que me sentía. Hoy fue un día interminable, con aire denso y sin oxígeno. El día estuvo lluvioso para mis ojos, desgarrador para mi órgano más vital, el corazón. Hoy fue un día lleno de vergüenza, culpa y tristeza. Vergüenza de querer. De adorar a una pared. Adorar a alguien que puso lo mejor de sí, pero que no consiguió que se le mueva ni un pelo. Después de esta experiencia creo que tanta sinceridad a veces juega en contra. Su sinceridad alimentó mis límites. Límites que no debería haberme puesto jamás. Si siguiese hablando de los detalles del día más largo de este año, simplemente mi texto sería igual de interminable. El cuerpo me pesa, los ojos se cierran de tan hinchados y rojos. Mi pecho cosquillea, pero mis esperanzas todavía no mueren, y eso es lo que más me aterra.











