El Día de los Padres Musculosos
Tobias, un nerd aficionado de la ciencia y la transformación humana, tuvo un encargo particular para su amigo enérgico y amateur culturista Simón: un artefacto que sería capaz de transformar el cuerpo de un humano delgado en un hombre musculoso. El plan era simple: encontrarse a las dos de la tarde en el gimnasio para probar la máquina. Puntual como siempre, llegó antes y se sentó a esperar. Con el tiempo de sobra, revisó un cartel llamativo en la entrada:
“DÍA DE PADRES – VUÉLVETE GRANDIOSO Y PODEROSO PAPÁ. ¡UN DÍA GRATIS PARA CADA PADRE QUE QUIERA SER FUERTE!”
Apenas le prestó atención, aunque pronto descubriría el efecto inesperado que tendría aquella promoción.
Pasó la hora y no hubo noticias de Simón. Algo preocupado, le escribió: “Oye, ya estoy en el gym, ¿estás cerca?” A punto de mandar el mensaje, se escuchaban ruidos molestos del artefacto.
—¿Pero qué? Se descalibró esta cosa, mierda… —murmuró, notando chispazos en la carcasa.
La paciencia se acabó sin noticias del amateur; decidido a volver a casa, se dirigió a las puertas del local. Sin embargo, un choque con un grupo de padres lo hizo caer al suelo, volando la máquina en el trayecto y activando el rayo: un resplandor en forma de aura que se dirigió a todo el gimnasio. Pero para Tobias, que se encontraba en el suelo, no fue afectado.
Cuando volvió a abrir los ojos, lo que vio lo dejó sin aliento. Los cuatro padres frente a él ya no eran hombres comunes… ahora eran corpulentos musculosos, con pectorales hinchados, brazos como troncos y miradas llenas de virilidad.
—¿Te encuentras bien, pequeño? ¿Necesitas que alguien te cargue?—preguntó el primero, rebotando sus pectorales sin siquiera darse cuenta, con un tono juguetón.
—Cálmate, bro —rió el segundo, levantando a Tobias con un solo brazo como si fuera un muñeco—. Wow, qué bracitos tan frágiles… necesitas entrenar, te podría romper con mi torso, jaja. Igual de confiado y egocéntrico, estaban disfrutando ambos de la diferencia de tamaño y músculos.
El científico intento huir de la situación. —E-eh… no, gracias, yo… me tengo que ir…— Pero, como si fueran un muro de concreto, los otros padres le taparon la salida.
—Creo que sería bueno que entrenaras un poco, ¿no? —dijo el tercero, con una sonrisa insinuante, observando las nalgas redondas y jugosas de Tobias, empujando a su compañero para que también mirara lo mismo.
—Ese trasero tiene potencial… las máquinas de glúteos están en la otra esquina —añadió el cuarto, relamiéndose los labios.
El corazón del nerd se aceleró. La máquina había desatado un cambio hormonal brutal, multiplicando la testosterona de aquellos hombres. No vio otra salida más que asentir y caminar hacia el sector de piernas, con los titanes observando cada paso pequeño.
La cabeza le daba vueltas. Miraba todo el local lleno de padres que eran como mastodontes, cada uno más grande y sexy que el otro, presumiendo brazos, espaldas y bultos marcados en sus pantalones deportivos. Cada pensamiento hormonal hacía que su pequeño bulto sobresaliera.
“Esos bicep tan grandiosos y musculosos… podría cargarme como una almohada.”
“Ese padre asiático, su brazo es más grande que mi torso, podría usarme de muñeco y romperme…”
"Ese rugido y sus bíceps flexionándose… no puedo, es muy grande e intimidante.”
La cabeza del científico iba a mil por hora, hasta que tropezó con unos enormes pectorales frente a su vista: gigantes, jugosos y, dios mío, más grandes que su cabecita.
—¿Profesor Worrens? —quedó en shock. Su profesor de aritmética, que era considerado el más bajito y regordete, ahora superaba unos metros sobre el estudiante.
—¡Tobi! No sabía que entrenabas aquí —rió, colocando una mano gigantesca sobre su hombro. Su voz grave y viril podría poner nervioso a cualquier hombre delgado.
—Yo… esto… —balbuceó, intentando mantener la conversación, fracasando terriblemente. “Su mano… es tan grande que me cubre entero el hombro… si quisiera podría aplastarme.”
Worrens se inclinó un poco y murmuró en su oído:
—Voy al sector de lucha, necesito un compañero. ¿Te apuntas?
La propuesta era absurda. La diferencia de cuerpos hacía impensable aceptar: apenas llegaba al torso del hombre, ¿cómo iba a poder vencerlo?, ni siquiera aguantar cinco minutos. Tobias iba a rechazarlo, pero el profesor acercó aún más su boca, rozando su oreja con sus labios carnosos y tentadores.
—Solo di que sí… lo vas a disfrutar.
Antes de que pudiera reaccionar, lo levantó sin esfuerzo y lo llevó directo al área de combate, mientras el corazón del nerd latía cada segundo más rápido. Ya era hora de una lección y no de matemáticas, sino de dominación y musculatura..















