La leyenda del Wendigo en Seventiz
Cuenta la leyenda que, durante un invierno verdaderamente duro, un clan del norte de Norvundr quedó atrapado en el santuario del Árbol. Cuando la comida escaseo, y sabiendo que quizás no volverían con nada, Los hombres partieron a cazar. Solo el líder quedó en el santuario jurando que protegería a sus esposas y a sus hijos. Pero cuando la tormenta los obligó a regresar, se encontraron con la puerta del santuario cerrada. Los hombres tocaron a la puerta, se destrozaron los puños tratando de abrirla, se desgarraron sus gargantas a gritos, pero nadie abrió.
“Si hay menos bocas que alimentar, tal vez sobrevivamos”, pensó el líder.
Y dejó que el viento enterrara a su gente bajo la nieve sí que siquiera se enteraran sus mujeres.
Pasaron los días y las provisiones menguaron. Él las racionaba, aunque siempre se reservaba la parte mayor. Se decía a si mismo que debía mantenerse más fuerte para protegerlos a todos.
“Si alguno sobrevive conmigo, el clan renacerá”, murmuraba en su locura.
Los pequeños se apagaron primero. Luego las madres. Él los observó morir uno a uno, convencido de que al menos alguien debía quedar en pie. Y cuando el ultimo miembro de su clan cayó, vencido por la desesperación del hambre y la locura, cometió lo impensable: Tomó la carne de los muertos y la devoró.
Brazos marchitos, carne seca tan pegada a los huesos que ya no quedaba casi nada, El líder los devoró a todos sin saciar su hambre.
“Si sobrevivo al menos yo… Debo vivir al menos yo.”
Se repetía mientras acababa con todos, con los cuerpos diminutos de los niños, con las carcasas resecas de las mujeres hasta que ya no quedo nada o eso pensó hasta que centró su atención en el árbol del santuario.
Enloquecido, arrancó los frutos sagrados del Árbol del clan, aún verdes, aún inmaduros, y los devoró como un animal desesperado.
“¡viviré! Sobreviviré al invierno”
Se dijo a si mismo seguro de que esta vez lo lograría, pero algo sucedió. En su frenesí creyó escuchar que tocaban a la puerta. Un golpe, dos; luego tres, un estruendo ensordecedor mientras el santuario crujía bajo sus pies. En un instante las puertas se abrieron de par en par haciéndose astillas dejando entrar una fuerte ventisca, pero lo que vio luego lo congeló hasta los huesos. Los cazadores que había condenado. Las mujeres que dejó morir. Los niños que había devorado. Todos estaban allí, espectros pálidos con ojos vacíos se fundieron en su carne en un torbellino, todos se abalanzaron sobre el suplicando por comida, famélicos, el terror se le clavaba en el corazón, cada grito, cada suplica lo ensordecía mientras su clan le poseía en carne y espíritu. Espectros vengativos que solo podían pensar en una sola cosa. Hambre.
Así nació el Primer Wendigo. Un líder, un hombre consumido por el egoísmo y condenado por su clan. Era el Hambre misma, el eco eterno de los que devoró, su deseo insaciable. Transformado en un espectro maldecido una legión que infecta al mundo, que camina errante por las nieves.
Susurrando a los desesperados, tentando a los hambrientos, promete poder, una vida larga a quien pruebe sus bocados prohibidos. Y quien escucha su voz se une a la condena: se transforma en un vástago del hambre llevando consigo el eco de las voces de aquellos que consume.
El mito dice que, cuando el viento sopla en medio de la ventisca, no es el frío lo que se escucha, sino el murmullo del clan devorado.
Y los ancianos del norte aún advierten:
“Compartid lo poco que tengáis, porque el Hambre siempre busca un nuevo huésped.”
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