Dedicado a Marifer Chávez, por su cumpleaños y su iluminadora perspectiva de las cosas
Este no es un texto sobre Caitlyn Jenner, es un texto sobre cómo se habla de ella y de las personas trans. Desde que la portada de Jenner en Vanity Fair rompió el internet, ha habido muchísimas muestras de apoyo, seguidas de varias críticas sobre su apariencia sexualizada y obediente de estándares de belleza embebidos de sexismo, racismo y edadismo. También hay personas como Laverne Cox que han declarado su admiración sin dejar de recordar que tanto ella como Jenner gozan de privilegios que muchísima gente trans no tiene, que es necesario recuperar las historias de las personas trans que corren más riesgo, en particular en los Estados Unidos, las mujeres trans de color pobres y de la clase obrera. También ha habido transfobia: por un lado, la que se esperaba de las TERF (feministas radicales que excluyen a la gente trans, por sus siglas en inglés) y, por otro lado, una más sutil y difícil de reconocer cuando nos pensamos “aliadxs trans”. Esta última es la que quiero abordar.
Miguel Cane lanzó en Twitter la pregunta —retórica, al parecer— de si el texto sobre Jenner que publicó en su blog de Letras Libres era transfóbico. El texto critica principalmente el privilegio y la fama de Jenner, así como el papel que juega como parte de la multimillonaria máquina mediática que es el clan Kardashian y la manera en que ello impacta en el cálido recibimiento que su transición ha tenido en internet. En el texto, Cane arroja el siguiente cuestionamiento:
“¿Qué hay de quienes no pueden acceder a este tipo de aceptación, aún si son igualmente transgénero? Ah, claro, no son celebridades. […] Están en un limbo entre dos personalidades. No son hombres ni mujeres. Gente a medias que no recibe respeto, personas anónimas que se vuelven invisibles ante nuestra sociedad sólo por desafiarla, sin tener un aparato de relaciones públicas made in Hollywood.”
Asumamos que el autor está siendo irónico, que la falta de comillas no expresa su opinión sino la de un colectivo imaginario que podríamos llamar “las audiencias”, que él no piensa que las personas trans sean “gente a medias”. Asumamos también que usar la ironía para hablar de un tema tan delicado y controversial como la visibilidad y el reconocimiento de la gente trans no es insensible, ni controversial, ni una decisión autocomplaciente que privilegia el estilo por encima de la precisión. Quedémonos pues con la pregunta de qué pasa con las otras personas trans. ¿Dónde están? No están en las portadas de Time ni de Vanity Fair, pero tampoco en el texto de Cane. No incluir las voces y preocupaciones de otras personas trans es problemático en la medida en que las volvemos objetos de la opinión y no sujetos con voces propias.
Al señalar esta falta, Cane respondió que no hubo espacio en su texto para incluirlas y que ese no era el tema. En un texto de 1,576 palabras con 9,269 caracteres no hubo espacio para las voces y problemáticas trans. En 2007, the Human Rights Campaign (HRC) empujó una ley antidiscriminación en Estados Unidos que excluyó abiertamente a las personas trans, el año pasado la HRC se disculpó con la comunidad trans porque en esa ley de 2007 tampoco hubo espacio para las personas trans ni sus preocupaciones fueron el tema. En Estados Unidos, la expectativa de vida de una mujer trans negra es de 35 y ocho mujeres transgénero fueron asesinadas de enero a mayo de 2015. Aquí hay una lista de ocho mujeres transgénero de color que hacen más que ser visibles y esta otra incluye a varias mexicanas como Agnes Torres, activista asesinada en Puebla en 2012 a los 28 años. Pero ese no es el tema y no hay espacio para incluirlo. (Las tres oraciones anteriores constan de 73 palabras y 396 caracteres, por si tenían la duda.)
Las palabras que usamos, la forma en que articulamos la crítica, incluso el contenido que seleccionamos para abordar las problemáticas de las personas transgénero —o no abordarlas en absoluto— dejan ver nuestra ideología y la forma en que nuestro privilegio cisgénero trabaja, muchas veces, en detrimento de la gente trans.
¿Qué hace a una feminista?
Por otra parte, feministas desde las TERF en sus espacios hasta Elinor Burkett en el New York Times acusan a Jenner de ser “un peligro para el feminismo”, de “invisibilizar, borrar y renombrar las experiencias de las mujeres” (sugiriendo, por lo tanto, que Jenner es otra cosa pero no una mujer en sus términos propios). La crítica de Burkett parte de la declaración de Jenner de “mi cerebro es mucho más femenino que masculino” en una entrevista con Diane Sawyer en abril de este año. La autora equipara esta declaración con el determinismo biológico que a menudo justifica la opresión y exclusión de las mujeres que el feminismo (pos)moderno busca desmantelar, determinismo que califica como una tontería (“non-sense” en el orginal). Es difícil decir si este calificativo se limita al determinismo biológico en abstracto o abarca la forma en que Jenner se concibe a ella misma como mujer (aunque la forma como cierra el artículo parece parece apuntar a lo segundo).
Cuando Jenner describe su cerebro como más femenino que masculino, ¿está incurriendo en el determinismo biológico que justifica la opresión de las mujeres? La facilidad con la que se formulan ésta y otras preguntas hacia las personas trans sobre su género vuelve evidente una práctica casi policiaca de vigilancia hacia ellas, sus cuerpos, sus experiencias y sus narrativas. Las personas cisgénero no nos enfrentamosa a cuestionamientos cotidianos sobre por qué o cómo llegamos a nuestra identidad de género y nuestros (mal) llamados “caracteres sexuales”. En Twitter me comentaron que sí era determinismo biológico, que lo criticarían de cualquier persona y compartieron un artículo donde Zoe Saldaña declara ser “una mujer” ahora que tiene hijos. Quizás quienes me comentaron esto sean críticas de semejantes declaraciones sin importar la fuente, pero todavía no hay un artículo en el New York Times que acuse a Saldaña de ser un peligro al feminismo por su maternidad. Yo, en lo personal, dudo que alguna vez lo haya.
Al leer la declaración de Jenner, pienso en la dificultad de expresar nuestras realidades mentales y corporales a través de palabras para que otras personas las comprendan. ¿De qué manera puedo explicar mi masculindad cisgenérica para que otrxs aprehendan experiencias mías que quizás yo mismo no entiendo? Catalina Ruiz-Navarro explicó en un texto esta semana que, entre otras cosas, no se ha encontrado una relación entre la morfología cerebral y el género. Desconozco si Jenner conoce u omite esta situación dentro de la Neurología como campo de investigación, pero me atrevo a pensar que quizás no se refería a eso. Quizás la afirmación de Jenner es más bien una sinécdoque, tal vez al hablar de su cerebro se refiere menos al órgano anatómico y más a su mente. Quizás esta figura retórica es la forma más elocuente que encontró para explicar(nos) su experiencia, la cual las personas cisgénero no podemos conocer, por más feministas que seamos. Me resulta útil distinguir dos cosas. Por un lado, el determinismo biológico como argumento para articular tanto la opresión de las mujeres como la transfobia. Por otro, la libertad de explicar realidades corporales y mentales propias con el lenguaje del que dispongamos, con la apabullante consciencia de que las palabras nunca alcanzan para expresarlas cabalmente.
Muchos aspectos alrededor de Caitlyn Jenner son criticables: el privilegio de la celebridad que comparte con Laverne Cox, el mutuo beneficio de su transición y su fama como parte del clan Kardashian, su afiliación al Partido Republicano, incluso la controversial declaración sobre su cerebro. La reacción de la blogósfera feminista me lleva a cuestionarme qué tan indispensable es escribir una crítica sobre todo lo criticable, qué efectos tiene cada crítica particular, a quién beneficia, a quién perjudica, qué se quiere lograr con ella. Me dijeron que es necesario criticar a Jenner y sus declaraciones porque es una figura pública. Yo me pregunto si criticar la forma en que ella se concibe y explica a sí misma y su propia transgeneridad no será reproducir la vigilancia y escrutinio (casi) policiaco que las personas trans experimentan de manera cotidiana y, en la medida en que se trata de una figura pública, legitimarlos Según Ruiz-Navarro, Burkett señala en su artículo que el feminismo lleva años tratando de mostrar que el género es una construcción cultural. Yo le preguntaría a quienes suscribimos el feminismo si éste no ha buscado por años también que todas las mujeres se articulen a ellas mismas y sus experiencias libremente, sin rendir cuentas ni tratar de mantener contenta a la policía del género.