Cartas desde un jardín de luciérnagas
sé que hace tiempo que no te escribo.
Creí que el viento de la última tormenta se había llevado tus palabras, esas que adornaban mis versos como pequeños pétalos entre las ramas de mis días.
Me entristecí de una forma un poco tonta, de esas tonterías que sólo entiende quien ama.
Pensé que ya no podría volver a sentarme junto a ellas. Que habían desaparecido.
Pero hoy di la vuelta a la página... y allí estabas.
Tan frescas como el primer día.
Como luciérnagas que se hubieran escondido entre los pliegues del papel para jugar conmigo.
Las fui leyendo una a una.
Y cada palabra volvió a abrir una ventana.
Y cada ventana volvió a llevarme a ti.
Qué chiquillada la mía, ¿verdad?
Porque tú no vives en esas palabras.
En el hueco tibio que se forma cuando pienso en ti.
En el lugar donde mi mano se posa sobre el pecho cuando pienso en ti.
En la calma que me encuentra cuando cierro los ojos y te imagino cerca.
qué susto tan absurdo me llevé al creer que aquellas pequeñas muestras de cariño se habían perdido.
Quizá ocurre porque las palabras son puentes.
Y cada una de ellas me lleva hasta ti.
Me lleva a sentarme a tu lado.
A apoyar la cabeza sobre tu pecho.
A escuchar tu respiración.
A quedarme ahí, donde siempre encuentro refugio.
No ha sido la falta de amor la que me mantuvo lejos.
Ha sido justamente lo contrario.
Porque hay amores tan grandes que desbordan las palabras.
Y cuando eso ocurre, me quedo en silencio.
No porque no tenga nada que decirte.
Sino porque te amo tanto que el corazón se adelanta a la voz.
Y entonces sólo me queda cerrar los ojos...
apoyar la mejilla en el lugar donde te guardo,
Fuente: Séraphine d’Arqués