Devran siempre había sabido que Iandra era una fruta prohibida, de esas que los textos sagrados mencionaban con advertencias veladas, leídas en voz baja por los guerreros en Miklgard, como si nombrarlas demasiado alto pudiera condenarlos. Y, aun así, desde el primer instante en que la vio, le pareció una joya imposible, una piedra preciosa que no debía tocar… y que, sin embargo, terminó obsesionándolo hasta el punto de no poder concebir la idea de no hacerla suya.
Aquello solo podía traer problemas. Para cualquiera. Pero especialmente para él.
Había jurado demasiadas cosas a lo largo de su vida, tantas que a veces ni él mismo entendía en qué se había convertido. Un caballero, un guerrero, un hombre atado a códigos que lo sostenían… y lo asfixiaban. Y, aun así, ahí estaba, comportándose como un necio, como alguien dominado por un deseo que no sabía —o no quería— contener. Porque ¿cómo alguien podía no enamorarse de Iandra? Era la dulzura misma de la realeza, una presencia que parecía hecha para ser admirada… y deseada en silencio.
Siempre supo que aquello estaba mal. Prohibido por leyes, por normas, por la misma lógica del mundo que habitaban. Pero, más que nada, se lo había prohibido a sí mismo. Amar. Caer. Romper sus propias reglas.
Especialmente con el peso de su pasado respirándole en la nuca.
El recuerdo de su madre llegaba como un susurro constante, como una herida que nunca terminaba de cerrar. ¿Cómo podía amar a alguien, cuando el amor, en su origen, había sido una mentira? Una poción. Un engaño. Una obsesión disfrazada de devoción. Ella había creído que aquello era amor. Había muerto creyéndolo. Y él… él había nacido de esa distorsión, de la lujuria y el dolor entrelazados.
No quería eso. No quería convertirse en lo mismo. Pero con Iandra… todo había cambiado.
Ahora la tenía frente a él, después de todo lo ocurrido, después de las palabras compartidas, de esa conexión que ninguno de los dos parecía dispuesto a nombrar en voz alta. Y la amaba. De una forma que rozaba la locura, consciente de que lo que existía entre ambos podía desatar el caos.
Aun así, Devran mantenía la compostura. La observaba en silencio, atento a cada uno de sus gestos, al brillo molesto en su mirada, al leve fruncir de sus labios cuando hablaba. Su berrinche, su indignación… todo en ella le resultaba peligrosamente encantador. Había algo en verla así, irritada, que despertaba en él una chispa difícil de ignorar.
¿Debería sentirse herido por sus palabras? No. La sangre de Miklgard corría por sus venas. Era un guerrero antes que cualquier otra cosa, incluso antes de ser caballero. Y estaba orgulloso de ello.
Soltó un suspiro lento, relamiéndose los labios antes de hablar.
—Así es la vida de un hombre… —dijo con suavidad, como si no existiera arrepentimiento alguno en su tono—. Hago bien mi trabajo, mi princesa. Incluso los dioses descansaron cuando terminaron el suyo… ¿no lo cree?
Una leve sombra de diversión cruzó su expresión. Pero no duró. Porque las siguientes palabras de Iandra lo golpearon como una ráfaga fría.
El pensamiento de ella casándose… siempre lo había evitado. Lo empujaba al fondo de su mente, como si ignorarlo pudiera hacerlo desaparecer. Pero ahora estaba ahí, vivo, latiendo con fuerza incómoda en su pecho. La siguió con la mirada, cada movimiento, cada gesto… y no pudo negar lo evidente: estaba completamente perdido por ella.
Y eso era un problema. Porque imaginarla con otro hombre encendía algo oscuro en su interior. Una rabia silenciosa, primitiva, que le tensaba los músculos y le endurecía la mandíbula. Un instinto posesivo que no debía sentir… pero que se negaba a desaparecer.
Sonrió, aunque la calma que mostró era apenas una máscara.
—Supongo que eso solo lo sabremos cuando llegue el momento, mi alteza.—Hizo una breve pausa. —Soy un hombre que sabe controlar sus acciones y pensamientos.
Mentía. Y ambos lo sabían. Apretó los puños con disimulo, como si así pudiera contener lo que hervía bajo su piel. Porque sí, tal vez era un tonto. Pero también era un hombre que no podía —ni quería— fingir del todo cuando se trataba de ella.
—Mi princesa…—Sus palabras murieron cuando el tema del esclavo salió a la luz. La tensión cambió de forma. —Siempre seré un caballero —continuó, más serio ahora—. Le debo mi vida a la corona. Mi reputación… y el juramento que hacemos los caballeros de Ogden. Sin matrimonio, sin familia… sin pecados. —Su voz se volvió más baja, más densa. —Pero es un ser humano. —La miró con firmeza—. Me crié en un reino donde la esclavitud estaba prohibida. Svan puede ser cruel, pero incluso él sabe que lo que ocurre en Balenhor… no es puro.
Se permitió una leve sonrisa, casi amarga.—Yo no soy su esclavo. Soy un guerrero.—Sus ojos no se apartaron de los de ella.—Mi alma puede pertenecerle… pero mis pensamientos y mis actos… son míos.
El silencio que siguió fue distinto. Más íntimo.Entonces la vio. De verdad la vio. Y todo lo demás dejó de importar.
El mundo exterior —Miklgard, los reyes, los juramentos— quedó atrás, como si una puerta invisible se hubiera cerrado. Solo quedaban ellos dos… y la forma en que la luz tocaba su piel, el suave aroma que parecía envolverla, la perfección casi irreal de su figura.
Devran avanzó despacio, despojándose de su ropa sin apartar la mirada. Bajo las telas, su cuerpo hablaba por él: cicatrices que narraban guerras, marcas que contaban historias que no podían borrarse. El símbolo del lobo en su espalda, imborrable, como todo lo que era.
Se sentó junto a ella, dejando que el silencio se cargara de significado. La observó como si fuera lo único que existía. Y quizá, en ese momento, lo era. Tomó su mano con cuidado, llevándola a sus labios en un gesto sorprendentemente delicado. Luego se inclinó hacia su oído, dejando que su aliento rozara su piel antes de depositar un beso lento, descendiendo hacia su cuello con una intención que ya no se molestaba en ocultar. Sus manos encontraron su cintura, atrayéndola con firmeza, borrando cualquier distancia.
—¿Sabes? —murmuró, su voz más grave, más cercana—. Creo que podríamos… dejarnos llevar un poco.—Una pausa.—Hacer algo… imprudente.—Y entonces la besó.
No con suavidad contenida, sino con una intensidad que llevaba demasiado tiempo acumulándose. Como si en ese instante dejara de luchar contra todo lo que sentía. Como si, por primera vez, aceptara que ya había caído… y que no tenía intención de salir.