Cómo escapar, y a dónde, con quién, cuándo, por cuánto tiempo. Y mejor no escapo. Mejor me quedo aquí, muy quieto, un sábado por la tarde, está anocheciendo, y siempre he pensado que los atardeceres son los únicos finales felices que existen en el mundo. Así que me siento a verlo y sonrío como puedo, intentando olvidar que hay mil razones de sobra para echarse a llorar. Hoy no saldré, y qué mal, porque terminaré emborrachándome solo, en casa, con cerveza, y fumando hasta que me queme la garganta. Ese estilo de vida es la única salida de emergencia que me queda, así que me agarro a él como si me salvase de todo esto. De todo lo demás, que tampoco es mucho. Y ahogo un poquito mis penas y mis razones, mis motivaciones y mis dudas, a altas horas de la madrugada, cuando nadie me ve, ni a nadie le importa, que pueda llegar a sentirme tan vacío que me de miedo hasta entrar. Y no conciliaré el sueño hasta que ya empiece a ser insano mantenerse despierto. Estará a punto de amanecer y siempre he pensado que los amaneceres son los comienzos más maravillosos del mundo. Creo que me merezco que así sea. Y, ya en la cama, me preguntaré por qué hasta quedarme dormido. Por qué, a tantas cosas. Por qué a la vida, y al paso del tiempo, y a que tú no estés y a que yo no pueda olvidarte a tiempo. Y por qué a todo lo demás, para lo que sólo tú, tienes respuestas. Y terminaré acostumbrándome a esto, créeme que lo haré. Y llegarán los sábados sonriéndome como si me salvasen, pero ya no, porque recordaré que, cuando menos me lo espere, vendrás tú, o mejor dicho, no vendrás nunca. Vendrá tu ausencia, muy parecida a esa forma de morir que no me gustan nada. Y no podré hacer mucho. Me quedaré en casa, y será como un domingo, y subiré el volúmen del televisor para acallar los gritos. Y así otro día más, sin saber no sé qué de la vida, y teniendo todos esos por qué sin responder, en lista de espera. De esperarte. De desesperarme, que es a lo único a lo que siempre llego a tiempo. Y no te rías.