El analógico tiro por la culata digital
Retromanía se publicó en 2011. No lo leí ni ese año ni en ninguno que vino en su década posterior. Cuando realmente quise leerlo estaba agotado y tuve que esperar hasta que Caja Negra lo reeditara en 2025. Para mi sorpresa, no alcancé a terminar la primera oración del libro que ya sentí que esto que estaba leyendo era trascendental para pensar mi actualidad, y que él lo pensó hace 15 años atrás. Sin embargo, mucho cambió en estos años. Cuando digo mucho me refiero a que el sistema de distribución, difusión y tal vez creación de la música cambió totalmente, por eso mucho de lo que dice Reynolds me despierta ganas de discutirle, ampliarlo y a veces abrazarlo. Qué capo.
Dice, en el primer párrafo del libro: “Cada nuevo año es mejor que el anterior para consumir música de ayer”. Y se pregunta: “¿Puede ser que el peligro más grande para el futuro de nuestra cultura musical sea… su pasado?”.
Entiendo que se refiere a mi vecina de 25 años que escucha “Bohemian Rhapsody” de Queen en repeat después de ver la biopic de Freddie Mercury (en honor a la verdad sólo pone fragmentos de esa canción, no tiene tanto tiempo que perder) o las decenas de estadios que llenó Fito Páez al revivir los 25 años de su maravilloso El amor después del amor. Tanto afán tiene la gente de escuchar algo viejo que Fito siguió en modo revival: volvió a grabar ese disco y lo lanzó con el nombre EADDA9223 (que significa las siglas del nombre del disco más las últimas dos cifras de su año de edición, 1992, y del de lanzamiento de la revisión, 2023), pero con nuevos artistas invitados. Jóvenes con nostalgia de lo que no vivieron o, a lo sumo, de su infancia. Estamos hablando de un artista que sigue siendo muy prolífico, que saca discos de manera frecuente con material nuevo, pero por alguna razón la gente no escucha. Reynolds lo dice: “Los fans siempre preferirán escuchar los clásicos de su época de mayor éxito antes que su última creación musical”. No los juzgo, cuando salió ese disco de Fito yo tenía 8 años, fue la banda sonora de mi infancia y tal vez el momento más brillante de su carrera, ¿cómo no querer revivirlo?
Durante este período de shows nostálgicos, Páez publicó una trilogía: The golden light en 2022, canciones a piano y voz, Futurología Arlt también en el mismo año, instrumental, y Los años salvajes que salió en 2021. Sin embargo, el tour no fue para presentar este material nuevo. No, lo que lo llevó de gira por todo Latinoamérica es PAEZ 4040, la celebración de los 40 años del lanzamiento de su primer disco, Del 63, y los 30 años de su álbum Circo Beat. ¿Un exceso de la lucratividad de la nostalgia?
Algo similar se puede pensar con Hotel Miranda! el disco que sacó el dúo pop en 2023 con reversiones de sus primeros hits, con el plus de invitados jóvenes y pegados. Ahí, se me ocurre, debe haber algo vinculado a los derechos de esos primeros álbumes de Miranda! porque Es mentira salió en 2002 cuando efectivamente eran una banda de cinco integrantes –ahora es un dúo–, algo de estrategia de marketing para traccionar escuchas del público más joven a través de los invitados como María Becerra o Emilia, y algo de revivir la nostalgia en la era de la música pasada. Nada mejor que el viejo querido y super-probado hit a la aventura de intentar hacer un #1 con una canción inédita. Ojo, el material es suyo (no le están robando nada a nadie), es genial y las reversiones son fantásticas en muchos casos. Y, sobre todas las cosas, hay que pagar el alquiler (o el ABL en su defecto).
Reynolds habla de que la nostalgia se aparece inevitable en las últimas décadas, sobre todo a partir del 2000, porque el presente cambió tanto y tan rápido que el pasado es un lugar seguro. Dice: “El presente se transformó en un país extranjero”. Y, a la vez, ese pasado, esa infancia nuestra o de nuestrxs hermanxs mayores o de, incluso, madres y padres, ahora está accesible a un clic (no es necesario comprar ningún disco ni lamentar no haber ido a un show de hace 40 años porque está en YouTube), hiper documentada (mil notas de efemérides de discos, biopics e incluso docu series en todas las plataformas) y, de vuelta, no conlleva riesgo alguno. Los Beatles o Led Zeppelin siempre son lo mejor que vas a poder escuchar hoy, y ya sabemos cada riff, cada melodía, cada frase de memoria. Incluso la llevamos en la piel. “Nos hemos vuelto víctimas de nuestra siempre creciente capacidad de almacenar, organizar, acceder instantáneamente y compartir enormes cantidades de información cultural”, dijo Reynolds antes de que Instagram domine nuestros pensamientos, agenda, sentimientos y experiencias.
Las redes sociales, ahora, median por completo la experiencia de la nostalgia. Uno abre la aplicación y ve la vida perfecta de los demás, el odio perfecto que expresan los demás, y consume lo perfecto del pasado. Lo aísla del sentido de poder transformador que tiene vivir, verse, organizarse y crear. Ya no hay revistas de música, ya no hay dónde ejercer el oficio, entonces en las redes sociales cada periodista, comunicador y aficionado puede hacer de su nombre su propio medio. Claro, en el primer mundo capaz pueden vivir de eso, en las periferias sólo implica profundizar la precarización del trabajo especializado de los profesionales –porque es algo que nos gusta hacer a todxs, y es “contenido creativo” que se produce sin poder ver un peso a cambio–.
No más alcanza con ver un video en TikTok sobre un disco para que te aparezcan cientos de videos de cuentas donde te relatan la historia de discos viejos y no tan viejos, te muestran el objeto vinilo, hacen una mini-reseña del sonido y con suerte lo contextualizan en el tiempo-espacio que fue creado. Yo soy adicta a este tipo de contenido, por ejemplo, sigo a una chica que heredó una colección enorme de vinilos tras la muerte de su padre y cada día escucha uno al azar. En la mayoría de los casos, ella no sabe ni quién es el artista, entonces hace el descubrimiento junto a quien ve el video. Pero hay una pre-producción, se viste como en la época de cada disco –mayormente es rock, pop, R&B, disco y soul de los ‘60, 70, ‘80 y apenas algo de los ‘90– y hace un encantador video de un minuto con algo de info. Los comentarios en cada uno son de una nostalgia tremenda, además de la clásica competencia de quién sabe más sobre el artista que ella le dedicó el video, hay muches que cuentan sus historias personales de amor con esa música. ¿Qué pasa después de ver esos videos? Es una buena pregunta, saber si después de ese minuto hay una acción, hay una búsqueda por profundizar esos conocimientos. Por supuesto no lo sé, ¿cómo medirlo? Si no hay una call to action en este tipo de videos. No hay un botón para ir a escucharlos, es decir no hay forma de medir ese impacto, pero intuyo que en una porción baja esa data que es adquirida por el simpático video genera la acción de abrir Spotify o YouTube Music para escuchar esa obra recomendada.
Los datos que sí se tienen pareciera indicar que los usuarios de estas aplicaciones prefieren escuchar lo conocido y amado antes que salir a la investigación de nueva música, a la que parece tan difícil de acceder. Esa dificultad puede ser por falta de motivación en la búsqueda de lo desconocido, porque la oferta parece tan vasta y tan difícil de iniciarla –¿por dónde busco? ¿quién me guía en esto?– y, por sobre todas las cosas, porque el algoritmo hace todo lo posible para que te quedes donde quiere que estés: en el catálogo, en determinadas playlist, en algunos hits nuevos.
Eso me hace pensar en un artículo que leí hace poco, "Nueve predicciones para el futuro de la industria de la música" que escribió el crítico Ted Gioia en su newsletter The Honest Broker el 15 de octubre de 2024, dijo que los líderes de la industria "ahora están impulsando un modelo de negocio basado en la escucha pasiva por parte de una audiencia indiferente". ¿Qué significa eso? Gioia dice: "Las únicas canciones en las que confían son los éxitos trillados y desgastados del pasado. Por eso, las grandes discográficas invierten tanto dinero en adquirir catálogos de canciones antiguas, en lugar de lanzar nuevos artistas".
Eso lo respalda con data. Luminate, una plataforma de análisis de tendencias, comportamientos y conocimientos sobre cine, televisión y música, muestra en sus reportes anuales y semestrales cómo crece la cantidad de gente que escucha catálogo, es decir, música que fue publicada hace más de 18 meses atrás. Esto significa que las personas que escuchan música nueva, que están interesados en el futuro del arte, que prestan atención a lo que pasa, se reducen año tras año. Para él, la música antigua está aniquilando la nueva en el mercado, por impulso de las grandes empresas de la industria. Según Luminate, en 2022, las canciones viejas representaban el 69,8% del streaming. En 2023 es el 72,8%, y en 2024 fue 73,3%. "Puedo imaginar fácilmente que esta cifra alcance el 80% a finales de la década", dijo Gioia en otra entrega del 23 de julio del mismo año.
Cuando a principios del 2025 la cantidad de canciones viejas reproducidas por streaming llegó a casi el 75% del total reproducido, Giogia contó que la mitad del mercado ya le pertenece al deep catalog, que es cuando la canción tiene más de cinco años de antigüedad. “El rock es el género donde las canciones viejas dominan completamente”, dijo en el correo del 19 de enero, llamado “En la industria musical, los 80 son los nuevos 20”. No puedo parar con Ted, perdón, es que coincido totalmente: “En lugar de buscar nuevos talentos, los sellos discográficos están investigando sus archivos para encontrar temas inéditos de los difuntos. Están inundando el mercado”. Sobre esto ahonda en profundidad Simon Reynolds en su libro, publicado hace 15 años.
Hace poco, el 29 de enero de 2025, vi en el canal de YouTube de Rick Beato (productor e ingeniero de sonido devenido en youtuber) una entrevista que le hizo a otro crítico musical estadounidense, Bob Lefsetz. El señor dijo cosas controversiales, como que Spotify debería pagarle aún menos a los artistas que tienen pocos oyentes. Pero entre tanta bravuconada me pareció que dijo algo interesante en un momento: en su primera oración de 45 minutos señaló que el mercado había cambiado tanto que si le preguntás a cualquier tipo en la calle que le nombre 5 canciones de Taylor Swift, la artista más grande y taquillera del 2024, probablemente nadie pueda contestarle. Él hablaba de los nichos, cómo hay una canción para cada gusto, y a la vez hay grandes figuras de la música, una especie de figuras hiperconocidas por el mundo pero no tanto por su obra sino porque son más influencers que personas siendo escuchadas. Algo de eso hay, de que por ahí no se tiene tanto acceso a la música de moda incluso cuando no querés acceder a ella, pero hay algo más importante –que no sorprende a nadie– es la ceguera masculina. Aún recuerdo la vibración y los gritos que sentí el jueves 9 de noviembre de 2023 cuando Tylor salió al escenario del estadio River Plate, a 40 cuadras de mi casa, y yo me estremecí. Estaba justo en la ventana, no sé si bajando la persiana o qué, pero fue impresionante lo que esas 70 mil swifties generaron en el aire, algo de una euforia ancestral liberada, como describió Mariana Enriquez al ver a las fans de los Backstreet Boys.
Cuando una cree que ya no hay dudas, que nadie en su sano juicio puede decir que la mujer que tocó 149 shows en 2023 en 51 ciudades distintas del mundo, recaudó USD 2.078 millones de dólares y fue la artista más escuchada en todas las plataformas no tiene un público devoto, que escucha sus canciones una y otra vez, que se sabe de memoria cada una de las frases, que se intercambian brazaletes, bueno, ya entendimos, ahí nomás va un tipo y dice que en realidad nadie se sabe sus canciones. Yo no me sé ninguna, aún hoy, porque la parte que sí es cierta es que si una no quiere escuchar, ahora puede no escucharlo. Si yo tengo domesticado mi algoritmo de Spotify y de YouTube Music para que me den sólo lo que me gusta y esté dentro del marco de mis intereses, lo que haya ahí fuera de eso puede nunca llegar a mis oídos. Y volvemos a lo que decía Ted Gioia. Si a mí me gusta el género grunge y estoy todo el día escuchando aquello que salió cuando yo era adolescente: Pearl Jam, Nirvana, Mudhoney, Temple of the Dog, por nombrar cuatro al azar, ¿el algoritmo me va a mostrar a Mujer Cebra? Capaz sí, si escucho algo más en castellano y entienda que es el mismo género pero con 40 años de distancia, ¿pero llegaré a escuchar a Las Tussi?
Para él -y yo coincido- los empresarios están minando la naturaleza de su negocio al mirar para atrás y no para adelante, actuando como meros administradores y no como líderes de empresas creativas. En lugar de incentivar la escena musical la querrán destruir, para que la gente sólo siga escuchando aquello que ya conoce, que le genera nostalgia, que no significa ningún esfuerzo –de entendimiento, búsqueda o compromiso– y, sobre todo, que no cuestione o complique el plan de ciertas empresas como Spotify de apoderarse del rol de los artistas para tener más ganancias. (Eso quedó en evidencia después de la investigación que hizo la periodista norteamericana Liz Pelly para Harper 's Magazine donde demostró el uso de falsos artistas, que se estima que fueron creados por Spotify, para alimentar sus playlist temáticas más escuchadas y sus ingresos. La música que hicieron esos artistas falsos podrían haber sido creadas por IA o por músicos humanos que vendieron la propiedad de la canción a la empresa, entonces la empresa, al meterla en las playlist más populares, se ahorra el pago de regalías que tendría que haber hecho si esa canción en realidad era de un artista). “En lugar de promover algo disruptivo y rebelde, respaldarán alguna imitación aburrida de la tendencia del pasado hecha por IA”, dice Gioia. Siento a Reynolds asistir en mi mente.
Pero creo que hay otra acepción a lo que Reynolds plantea en Retromanía, y es en el gesto nostálgico de la composición musical actual, que en vez de buscar un sonido nuevo, nunca antes escuchado, hace una reversión y revisión de sonidos vintage. Como una profecía autocumplida, Reynolds habla de la nostalgia de los jóvenes, y dice que el pop es siempre presente, y que los jóvenes también lo son, que no deberían sentir añoranza por un tiempo pasado, sobre todo porque no vivieron lo suficiente aún. “Las mismas personas que uno esperaría que produzcan (en tanto artistas) o defiendan (en tanto consumidores) lo no convencional y lo innovador: ese es juntamente el grupo más adicto al pasado”, dice el autor. En lugar de innovar, los jóvenes son curadores de lo ya hecho. Esa daga dolió.
No puedo evitar pensar en la nueva escena de rock under de Argentina en 2025: Buenos Vampiros casi como una remake de bandas de post-punk de los 70 que jamás escucharon en vivo porque no habían nacido, Mujer Cebra directamente inspirada en Nirvana, Kill Flora en Bikini Kill, incluso las Fin del Mundo que hacen un shoegaze buenísimo que al escucharlas parece que una se tomara un Delorean directo a los 90. Si vas a un festival de música joven en 2025, todas las bandas nuevas parece que reversionaron un pasado bastante cercano en la historia, de 15 o 20 años atrás. En el mejor de los casos los sonidos son de los 70 y los 80. Digo en el mejor de los casos, porque si pensamos que quienes están sobre el escenario nacieron en este siglo, que estén tocando música que fue concebida 50 años atrás significa que, por lo menos, se interesaron por la historia, escucharon algo que no es lo que suena en la radio, y que les encantó lo suficiente como para querer hacer algo con eso. Ya es un gesto valioso en la década de TikTok. Pero es cierto también, como escuché que decía Barbi Recanati en Futurock, que las referencias que usan están, en la mayoría de los casos, mezcladas de manera aleatoria como si fueran lo mismo, en un mismo plano de antigüedad, sacados de su contexto sociocultural.
Es como si el pasado fuera una gran cosa uniforme, da lo mismo el sonido new metal estadounidense de los 2000 con el post punk en la crisis económica industrial de Inglaterra de los 70. A veces en una misma canción compuesta y grabada en 2024 se pueden escuchar referencias a décadas tan disímiles como esa. Todo es parte de un mismo pasado que se toma como referencia y se reimprime, como mezcla, en el sonido del presente de estas bandas. La escena la comparten propuestas que remiten a distintos géneros, cultura y movimientos políticos de la historia de Occidente. Lo único que los une, en realidad, es que son jóvenes y que el sonido suena a viejo. Y claro, que no están haciendo la música de moda –¿la verdadera novedad?–, el trap urbano.
Esa pregunta es la más incómoda que puedo hacerme, porque tiene una respuesta compleja. Yo prefiero mil veces ir a ver una banda de estas que ir a un show de trap. Algunos hablarán del auto-tune, de que no son músicos porque no tocan instrumentos, eso a mí no me interesa, pero es cierto que es un sonido nuevo, y que representa no sé si una cultura pero sí ciertos valores de los jóvenes: la urgencia por hacerse millonarios, la escala social ascendente efímera de pegar un hit, y la necesidad imperiosa der escaparse de la realidad. Valores meritocráticos, machistas y, en casi todos los casos, bastante conservadores en todo menos el consumo de drogas. Es música dominada por el mercado y por su exigencia en los métodos de producción constante, al ritmo del algoritmo feroz. Es música de derecha.
Tal vez como contraposición política es que las bandas de jóvenes reivindican un pasado de rebeldía al sistema: ideológico (antimileísta, antifacista, antiderecho), pero también de producción y por ende de sonido. Hacer un disco como se hacía hace 20 años, es decir 12 canciones compuestas en un mismo momento como parte de un concepto que las engloba, hechas para convivir entre sí y ser escuchadas en conjunto, tanto en el disco virtual, en el cassette, el vinilo, como en el show. La búsqueda de lo analógico también llega al sonido: en lugar de grabar canciones ultraprocesadas (voces mediadas por efectos hechos por software o inteligencia artificial, el fragmento de un golpe de batería multiplicado por lo que dure la canción, etc.), hay bandas de jóvenes que intentan reproducir en el disco lo que logran en el vivo, lo más parecido a humanos-tocando-sus-instrumentos o humanos-manipulando-máquinas-por-ellos-mismos. Si no fuera tan caro, probablemente grabarían en cintas analógicas de verdad, entonces intentan emular ese sonido rugoso. Y más: graban cassettes, hacen fanzines, reviven los sonidos más imperfectos que implica lo artesanal.
Hay una revista, Fulana, que hacen unas jóvenes periodistas de música y de literatura que intentan recuperar mucho de lo perdido: hacen revistas en papel con estética fanzinera, hacen encuentros para conversar, intentan un acercamiento más personal. En su newsletter del 3 de enero de 2025 dicen: “En el momento en que una tendencia entra en escena ya lleva el germen de su olvido”. Se declaran saturadas, de ese vertiginoso ritmo y también de tener que dar opinión sobre cada hecho artístico. “No se trata de importar consignas nostálgicas, pero sí de encontrar un punto en común. Imaginar es la primera acción creadora necesaria para cualquier realización, es potencia pura y pareciera estar difícil. No hay imaginación posible, a nivel individual y colectivo, si supeditamos todas nuestras opiniones, gustos y valores al tema de turno”, escribe Paloma Rojo y convoca al silencio como terreno fértil para lo propio, lo genuino, lo que cada unx piensa.
Pensaba en ese rescate de los métodos viejos de conexión, descubrimiento y creación del arte –lo que Reynolds critica como obsesión por el pasado– como una método de supervivencia en el primer cuarto de siglo dominado por la inteligencia artificial y el algoritmo. Que esa recuperación del pasado es en realidad un gesto de imitación de un proceso artístico que parece robado por la máquina, el mercado y las corporaciones monopólicas.
Si 2025 parece ser el año en que las revistas que dejaron de imprimirse dos décadas atrás vuelven al papel (o nacen nuevas), si la gente empieza a borrar o limitar su propio acceso a las redes sociales para lograr un poco de paz mental y autonomía en el uso de su propio tiempo, el rescate de la raíz del proceso creativo musical parece una huida hacia adelante, un futuro posible de supervivencia.
Porque las redes sociales hacen un doble movimiento, aíslan y también imponen. En esa corriente centrífuga que es lo pegado, lo exitoso, lo que todo el mundo quiere tener, ser o parecer, Instagram aparece como una imposición. “¿Cómo que no fuiste a tal show? ¡Pero si todo el mundo fue!”, parecen gritarte todas las aplicaciones el día después de que evidentemente pasó algo “histórico” –o simplemente bueno, la exageración de la épica va ligado a esto– y que vos te lo perdiste. Tan afuera te podés sentir que se inventó la expresión FOMO (Fear of Missing Out) para describir el miedo de no estar en lo que va a ser el próximo hit o no haber estado en el lugar donde había que estar, de no tener esa historia que diga “fui, yo también estuve ahí”, contribuir al hype, a la conversación, a la sobredocumentación y a la exhibición de la vida. Todo esto para decir que post-pandemia, ya embarrados en la dominación total de las redes sociales, la euforia por salir y ver bandas, artistas, shows en vivo revolucionó también el mercado de la nostalgia (y también de lo nuevo, acaso revivió el under). La competencia por añadir la capa de “agotado” en el documento de un flyer se puso feroz. Todos los shows en Buenos Aires durante 2023, 2024, y principios de 2025, fueron con tickets agotados, nadie preguntó si con invitados o con gente que compró su entrada (ese es otro cantar y no somos policías), pero fue claro que las salas de concierto estaban rebalsadas de gente, parecía no importar cuán dura estaba la crisis económica. Un show en vivo te da energía, es una experiencia corporal y social compartida, y es algo mucho más redituable para los artistas que un número más de oyente en un streaming. Y es, para la persona, una salida completa: conocés gente, hacés buenas fotos, tomás algo, vivís un espectáculo. Lo mismo da ir a un estadio a ver una cantante pop que a un venue a ver una banda performática o un centro cultural a poguear. La música en vivo parece, valga la redundancia, más viva que nunca.
La euforia por ver shows en vivo no es algo argentino, es algo mundial. Y el hambre parece tan grande que la oferta es riquísima. Pongamos un ejemplo, la cantidad de bandas internacionales que pasaron por Buenos Aires en noviembre de 2024 fue abrumadora, entre Toto y Lenny Kravitz, hubo muchísima oferta de rock independiente. A las pruebas me remito, sin repetir y sin soplar: el 5 de noviembre de 2024 tocó The Smashing Pumpkins en el Movistar Arena, al día siguiente lo hizo Air –que interpretó Moon Safari en su tour por los 25 años del disco– y Nation of Language en Niceto, el 7 Boy Harsher en Deseo, Dinosaur Jr. en el C Art Media y Travis en el Gran Rex. El viernes 8 tocó Suicidal Tendencies en El Teatro Flores. En la semana siguiente, el lunes 11 fue el turno de Franz Ferdinand en Estadio Obras, el 12 tocó BadBadNotGood en Deseo y el 13 The Kooks también en Estadio Obras. Sigue. Al día siguiente tocaron The Magic Numbers en Teatro Vorterix y Keane en el Movistar Arena y la termino porque sería una cartelera agotadora de leer. ¡Todo eso pasó en diez días! ¡Todas bandas viejas! ¡Todos los shows llenos de gente!
“El problema no radica en la edad avanzada de los artistas sino en el hecho de que el mercado de la nostalgia no permite que las bandas superen la música de su juventud”, dice Reynolds. Y ahonda en ese suceso que ya está instaladísimo: los shows donde se tocan discos enteros, sobre todo aquellos que salieron años atrás, como en el caso de Moon Safari de la banda francesa Air. Las efemérides de rock no sólo se popularizaron para hacer notas biográficas en la prensa, también como motivo principal de giras o shows (vale para Fito Páez como para Divididos) y ocurre ya desde los inicios del 2000. De hecho, cuando fue la tragedia de Cromañón, Callejeros tocó tres días seguidos porque cada día interpretó un disco completo de su discografía y por eso hubo tantos chicos y chicas que fueron los tres días. Pero volviendo a Air, los 25 años de ese gran disco que revolucionó la electrónica (y el pop), por ejemplo, llevó al dúo por todo el mundo. Tuve la suerte de estar de vacaciones en Nueva York dos semanas antes de la fecha porteña y los vi en un teatro de Manhattan. La euforia de los estadounidenses era igual que la nuestra, y la puesta en escena de esta celebración fue extraordinaria. Los franceses deslumbraron a 25 años de un disco que cambió todo, sigue siendo una influencia imposible de esquivar y esta nueva presentación posibilitó que personas como yo, que en el 98 tenían 14 años, veía los videos de esas canciones por MTV desde mi casa en Neuquén, pudiera verlos en vivo.
En Retromanía, un promotor dice –en los inicios de los 2000– que este tipo de shows son una rebelión contra la cultura del iPod shuffle “y una defensa del disco como obra de arte integral”. Lo que más me gusta de esta idea es que no existía Spotify cuando lo dijo, pero pudo olfatear que la escucha aleatoria, y por ende fragmentada, iba a romper la forma de escuchar música y también de producirla. Ya no es necesario hacer discos, sólo grabar temas porque la gente escucha, en su mayoría, playlist.
Y en el medio, las bandas argentinas de la escena emergente no pararon con festivales alternativos, toques en las provincias y organizando sus fechas propias .¿Cómo convive en un mismo mundo el amor irrestricto por el pasado del pop, que las bandas viejas toquen sus discos viejos por todo el mundo a sala llena y que los nuevos artistas jóvenes estén tocando cada vez más, armando una escena que ilusiona como la de los ‘90?
No quiero pecar de ingenua y optimista, prefiero estar preparada para la cruel realidad, pero no dejo de pensar en que ese revisionismo que Reynolds cree que va a comerse la cola, en realidad fue un abono para un recambio generacional. Que tuvo que pasar 25 años, tuvo que llegar la ultraderecha al poder de la mano de líderes fascistas aterradores como Donald Trump, Javier Milei, Nayib Bukele o Viktor Orban que pusieran en verdadero riesgo la libertad individual y colectiva, la vida tal como la conocíamos –aunque precaria en estabilidad socioeconómica–. Tal vez tuvo que pasar una pandemia por un virus mortal que nos encerró un par de años y una epidemia de salud mental, que afectó principalmente a los y las jóvenes. Ansiedad, depresión, no future, sumado a la apabullante sensación de control mediante las redes sociales. ¿Qué iban a hacer les pibes? Volver a las bases, a eso que sus madres y padres relatan con romanticismo. “¿Te acordás las épocas en las que íbamos a la tienda de discos y comprábamos uno que habíamos visto recomendado en una revista, que lo esperamos meses, que juntamos las monedas, que tenía un libro con una gráfica hermosa que pegamos en nuestra habitación, que estudiamos la ropa e intentamos copiarla, que lo gastamos de tanto escucharlo?”.
Nunca nada en este siglo tiene tanta épica como el romance que la segunda mitad del siglo XX tuvo con la música joven y su cultura. Ya hay comunidades de jóvenes que se niegan a tener cuenta en las redes sociales, que no quieren tener teléfono celular, que desestiman la forma de vida que la hiperconectividad impone. El romanticismo de aquellos modos de producción y comunicación analógica parece dar frutos en un futuro que recupera esos conocimientos y repone una mixura con imaginación digital.