Debería la muerte dar sentido a la vida?
RMH
Aqua Utopia|海の底で記憶を紡ぐ
★
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Noah Kahan
PUT YOUR BEARD IN MY MOUTH
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Debería la muerte dar sentido a la vida?

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Como saber cuando se ha llorado lo suficiente?
Pasaje A vn
I
Me encerré para no necesitarte. Al principio cerré la puerta. Después cerré el día.
No dormía.
Me quedaba tendido oyendo cómo la noche crecía en las paredes. Pensaba en ti hasta que pensar dejó de ser pensar y empezaste a caminar por la casa. Ahora sé que no estás. Pero también sé que anoche te sentaste en mi cama y respiraste por los dos.
II
Hace días que no duermo. La lámpara ya sabe mi nombre. El techo baja un poco más cada madrugada.
A veces te escucho detrás de la puerta. No abro. No porque tema encontrarte, sino porque temo que no haya nadie y tener que aceptar que esa voz también soy yo me da terror.
III
Me aparté de todos para arrancarte de mí.
Qué error.
En el silencio creciste. En la oscuridad aprendiste a verme. Ahora apareces cuando parpadeo.
Te sientas cerca.
Me preguntas por qué no duermo. Y yo no sé qué responderte, porque fuiste tú quien se fue pero soy yo quien no ha vuelto...
IV
La noche no termina. Se queda sobre mis ojos como una mano. No duermo. No sueño. Solo caigo una y otra vez en el mismo pensamiento.
Tú.
Después otra vez.
Tú.
Después una voz que ya no reconozco repitiendo tu nombre.
Debe ser la mía.
Aunque hace tiempo que no recuerdo haber hablado.
V
Cerré la puerta para olvidarte. Ahora no recuerdo dónde está. No sé cuántos días han pasado. No sé si afuera todavía existe algo.
A veces amanece por debajo de las cortinas. A veces no. Yo permanezco aquí, despierto, esperando que el cansancio me borre. Pero el cansancio solo te vuelve más nítida.
Y cada noche eres más real.
Y cada noche yo lo soy menos.
Regresa.
No me dejes ahora. No cuando todo empieza a parecerse a la muerte. Quédate hasta que esta sangre se termine, Hasta que la última gota caiga y no te encuentre. Te ibas y yo todavía no lo sabía. Por eso te besé como siempre. Por eso es que dolió como nunca. No llores. Ya bastante está llorando el cuerpo. Mira: gota tras gota, voy dejando en el suelo todo lo que no pude decirte. Quise llamarte, pero el aire ya no era mío. Entonces dije tu nombre sin voz, con esa parte del alma que sigue hablando cuando uno termina. Me estoy yendo. No lejos. Me estoy yendo de mí. Y lo último que dejo antes de caer es este amor que no supo morirse conmigo. Ven. Pon tu mano aquí. ¿Lo sientes? Todavía late. Todavía insiste. Todavía cree que vas a salvarlo. Pobre corazón. Nunca entendió que eras tú quien se iba. No es mi sangre. Soy yo saliendo de mí. Y aún con este último aire te llamo amor.

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Eternamente.
Creo que estoy cerrando esta faceta mía y por eso debo hacerlo como se debe, con una carta para ti, se que algún día volverás por aquí y por si llegas a leer esto quiero que sepas que te estoy muy agradecido, que lo hice con mucho amor y dedicación para ti. Gracias y ojalá te guste: "He pensado en ti estos días con una terquedad que ya no sé si nace del cariño, de la costumbre o de esa forma extraña en que ciertas ausencias se nos quedan viviendo adentro. He pensado en ti como se piensa en la lluvia cuando el cielo todavía no se rompe, como se piensa en una herida que ya cerró, pero que a veces, vuelve a doler. Me pasa siempre que no estás. Siempre. Hay en tu ausencia una manera de instalarte más hondo, más nítida, más irrevocable en mi pensamiento. Como si al irte no te fueras del todo, como si dejaras una sombra tuya sentada en algún rincón de mí, respirando en silencio.
Y, sin embargo, hay algo en esa distancia tuya que también me tranquiliza. Desapareces cuando estás bien. Te borras del mapa cuando la vida, por una vez, no te está despedazando. Y eso, aunque suene triste, me da una calma rara, una especie de alivio humilde, casi secreto. Porque entonces sé que estás sobreviviendo lejos del dolor, lejos del derrumbe, lejos de esa versión tuya que vuelve cuando todo se incendia. Lo sé con una certeza tan brutal que a veces hasta temo tu regreso. Temo verte aparecer de nuevo, temo tu nombre encendiéndose en mi pantalla, temo la señal de tu retorno como se teme el primer trueno después de una noche demasiado quieta. Porque si vuelves, si irrumpes otra vez en esta orilla, significará que algo se rompió allá donde estabas. Significará que el mundo volvió a tratarte mal. Y hay pensamientos que no llegan solos: traen detrás una catástrofe.
He pensado en ti y no sé cómo dejar de hacerlo sin sentir que te traiciono. No sé cómo desalojarte del pecho sin que parezca abandono. No sé cómo desprender tu nombre de mis horas, cómo impedir que mi mente te siga llamando en voz baja, casi sin querer, casi como quien reza por alguien a quien ya no le pertenece. Porque eso es lo más difícil: no invocarte. No convertir el recuerdo en una especie de ritual oscuro. No hacer de mi pensamiento una puerta entreabierta por donde tu tristeza pueda regresar y sentarse conmigo como si aún le debiera refugio.
Quisiera aprender a pensarte sin retenerte. A quererte sin reclamar nada. A dejarte libre incluso de esta melancolía mía que a veces te rodea sin tu permiso. Porque también hay una forma de egoísmo en entristecerse por alguien, en abrazar tanto su dolor que uno termina confundiéndolo con algo propio, como si sufrir por el otro fuera una manera de permanecer. Y yo no quiero eso. No quiero apropiarme de tu tristeza, ni hacer de ella una reliquia íntima, ni vestirla con mis palabras para sentir que todavía puedo tocarte de algún modo.
Quisiera, más bien, que todo lo oscuro que alguna vez te habitó se volviera algo leve. Que tu pena, esa que tantas veces te arrancó del mundo y te devolvió hecha silencio, encontrara por fin una salida distinta. Quisiera no pensar en ti desde la herida, sino desde la esperanza. No desde el miedo de que regreses rota, sino desde la paz de imaginarte entera en alguna parte, respirando sin peso, viviendo sin naufragio, sonriendo quizá con esa clase de sonrisa que no avisa, pero salva.
He pensado en ti, sí, pero no como quien quiere traer de vuelta un fantasma, sino como quien mira una puerta cerrada y desea, con toda la ternura que le queda, que detrás de ella haya luz. Y ojalá, de algún modo que no comprendo, pudiera dejar de pensarte precisamente para cuidarte. Soltarte incluso de mi memoria. Desatarte de esta insistencia del alma. No llamarte más. No rozarte más con esta tristeza que no te corresponde. Y que, allí donde estés, todo aquello que alguna vez fue sombra en ti termine, por fin, convertido en felicidad."
En la tierra veloz, Eugenio Montejo.
"Sólo quise estar vivo para amarte en la tierra veloz. Aquí, a tu lado, siguiendo el vuelo de esta esfera que gira detrás de un sol demasiado remoto. Sea lo que alcance el tiempo que nos dieron los dioses o el azar, sea lo que quede de lumbre en nuestra lámpara indecisa, mi deseo está aquí, no en otro mundo, junto a tus manos, tus ojos y tu risa, junto a los árboles y el viento que acompañan tu paso por el mundo. Sea quienquiera que apure las estrellas y nos haga nacer o desnacer, sea quienquiera que junte nuestros cuerpos, aunque no dure nada este relámpago y la tierra veloz nos borre el sueño."
Me gustaría m0rir en un día lluvioso.
El silencio tiene estaciones, a veces florece, a veces es puro invierno. Cuando me acerco a tu recuerdo, el silencio crece como un animal sagrado, me mira fijo y me despoja de palabras. Entonces escribo con la torpeza de un niño: te nombro, te niego, te invento. Sé que ninguna sílaba alcanzará, pero aún así insisto: prefiero fracasar con versos antes que callar como un muerto.
Qué valentía me da en las noches. Cuando el mundo se repliega y la memoria, vuelve a hablarme con tu voz.
Siento que podría reparar el universo si amaneciera contigo en la mente. Esa ilusión me salva unas horas, me convence de que el amor no se ha ido del todo, solo descansa, apenas respira.
Qué valentía me da en las noches, cuando ya no hay que fingir la cordura, cuando el cuerpo acepta su soledad como una promesa cumplida.
La oscuridad no exige respuestas. Solo presta su quietud para mirarte de nuevo sin miedo, para pronunciar tu nombre.
Que valentía me da en las noches que hasta te pienso.
Qué valentía me da en las noches. La suficiente para sostener el peso de lo perdido, para imaginar que el corazón entiende lo que hizo. Y entonces se hace de día. La luz cae sobre las cosas y todo vuelve a su sitio, menos yo.

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El día que yo me muera
Seguirá sin leer el libro que deje un día escondido en tu estante, Ya no importara si me desvelo. Y los pájaros seguirán cantando,
El día que yo me muera la ciudad encenderá sus luces como siempre, los semáforos cambiarán de color, los niños correrán detrás de una pelota y el mundo fingirá que nada ha cambiado. Pero tú —si aún estás aquí— sentirás un leve temblor en el aire, como si alguien hubiera arrancado una palabra del poema que todavía estabas leyendo.
El día que yo me muera nadie discutirá sobre mi fe ni mis pecados, nadie inventará himnos ni plegarias. Soy demasiado humano para los altares y demasiado frágil para las estatuas. Quiero que me recuerdes por mi mirar, por esa torpeza de amar demasiado pronto y perder demasiado tarde.
El día que yo me muera no dejes flores. Déjame tus lágrimas si las tienes, tu silencio si no las encuentras. Déjame un gesto pequeño, una mirada hacia arriba, un recuerdo que te duela lo suficiente como para saber que estuve aquí.
El día que yo me muera quiero que alguien abra mis cuadernos y vea cómo se desgastaron las palabras como piedras en un río: pulidas, heridas, insistentes. Y que entienda entonces que no escribía por belleza, sino porque me faltaba el aire.
El día que yo me muera no habrá música, no habrá cortejo ni plegaria. Solo un cuaderno con mis palabras, y en la última página un vacío. Ese vacío eres tú. Y tu ausencia mi epitafio.
Nací una tarde en la que nadie me esperaba. Desde entonces he sido una pausa entre dos relojes. Un paréntesis en la historia del universo.
He amado cuerpos que no existen más allá del recuerdo. Y he muerto mil veces sin que nadie notara la diferencia.
Me salvó un poema que aún no escribí. Y un café que no tomé, en una ciudad que ya no existe, Con una mujer que no abracé.
—no hay nada que agregar, está fomeke y pretencioso—
Hoy desperté con un cronopio cansado
en el pecho.
Me pidió café,
me habló de una mujer que le dolía
desde la uña hasta el alma.
Le ofrecí mi tristeza.
La aceptó como quien encuentra una piedra en el bolsillo
y decide que será su tesoro.
Luego desapareció,
dejándome una nota:
“no te cures demasiado.
algunas heridas son tu forma de brillar.”
Desde entonces
respiro como si silbara un poema.
Y lloro
con esa sonrisa resignada
de los que saben que nada es tan grave
como para no escribirlo.
—Le robé un Cronopio a Cortazar otro día lo devuelvo—
“Pregunté mil veces y nadie respondió.
Busqué en los libros, en las sábanas, en los ojos del amor.
Y nada.
Dios me debe una respuesta. O al menos una excusa.
Porque yo vine con la piel abierta, con el corazón listo para latir, y lo único que encontré fue este silencio con cara de cielo.”
—Está raro todo, fue el último día de abril el que decidí curar mi limerencia, llevaba ya un año casi esquivando el tema y desde entonces he sufrido de automedicarme mutismo, y todo lo que le he callado de alguna forma me ha hecho volver a escribir. A esta hermosa casualidad (llámele serendipia si lo desea) me ha resultado fácil sacarle un provecho—
He amado como quien ama al invierno,
Esperando que no te mate.

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“Te estoy llamando
Amor
desde la sombra,
desde el dolor,
amor
te estoy llamando,
desde el pozo asfixiante del recuerdo
sin nada que me sirva
ni te espere.
Te estoy llamando
amor,
como al destino,
como al sueño
a la paz.
te estoy llamando
con la voz,
con el cuerpo,
con la vida,
con todo lo que tengo
y que no tengo;
con desesperación,
con sed,
con llanto,
como si fueras aire
y yo me ahogara,
como si fueras luz
y me muriera.
Desde una noche ciega,
desde olvido,
desde horas cerradas
a la paz
en lo solo
sin lágrimas ni amor.
te estoy llamando
como a la muerte
amor
como a la muerte.”
Idea Villariño
“En mis sueños te conviertes en mi vida entera, pero en mi vida, tan solo eres un sueño en el que no puedo dejar de pensar.”
William Shakespeare