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La Maison du Pastel
tg: t8i72
Qué bien se siente hacer lo que me da la rechingada gana.
20 JUL 2026
El sábado 18 de julio de 2026, como a las 19:30, murió mi bisabuelita, Mamamica.
Siempre se alegraba de verme. Bajaba las escaleras e iba a buscarme a la ventana de mi cuarto o a la puerta de mi casa. A veces me gritaba desde la azotea. Cuando llovía, barría toda el agua de arriba. Recuerdo que, en 2020, a veces me subía a lavar mi ropa a su lavadero y me prestaba su jabón. Usaba el agua de su tinaco, que tenía un trapito en el borde de la manguera para filtrarla un poco más. También me acuerdo de que usaba otro trapito para tapar el lavadero y no dejar que se fuera el jabón.
A veces, cuando subía, me invitaba a comer: sopa, huevo revuelto, salsa, tortillas o nopales. Salía al mercado o a la iglesia con su bolsa y regresaba con cosas para cocinar. Comía de forma muy sencilla. A veces le iba a traer su garrafón de agua. Otras tenía la televisión prendida en el programa de Rocío y me pedía que le ayudara a cambiarle o a subirle el volumen con el control.
Me quería mucho. A veces, a escondidas, me daba en la mano algún billete de su pensión; otras, me regalaba cositas. Me platicaba muchas cosas. Cuando subía, quería que no me fuera, que me quedara ahí, en su cuarto. Sólo estar.
Y ahora me pregunto tantas cosas. ¿Por qué casi no tengo fotos de ella?
El viernes 17 de julio, por la noche, mi mamá me marcó. Me dijo que fuera a ver a mi bisabuelita pronto. Al otro día jugaban Inglaterra y Francia por el tercer lugar del Mundial de 2026. Llegué a mi casa; estaban mi tía Tatis, mi tío Aldo y Val. Fuimos por helados, estuvimos un rato afuera del local de mi mamá y comí tortas de papa y arroz que ella me hizo.
Por la noche estábamos en la sala viendo la televisión con mi abuela y mi abuelo cuando bajó mi tía Janet y nos avisó que subiéramos.
Subí. La vi. Bajé y le avisé a mi mamá. Después le ayudé a cerrar el local.
Le llamaron a Iván, a Itzel y a Uriel. Llegó mi tío Enrique, quien a su vez contactó a una funeraria llamada «Los Padilla». Comenzó la búsqueda de papeles, de procesos, de saber qué hacer y qué seguía. Nadie sabía exactamente qué hacer, pero ahí estábamos, tratando de entenderlo.
Y estuvimos con Mamamica en su cuarto. Con ella. Platicando y estando con ella, sentados en su cama, tomando sus manos. Juntos. Todos.
Pasó todo tan rápido que me cuesta trabajo pensar en qué pasó exactamente. Tal vez una o dos horas después llegó el equipo de la funeraria y se la llevó para traerla de vuelta un par de horas más tarde a la casa.
Yo elegí regresar a mi casa. Mi mamá me dio comida y me salí. Esa noche dormí con una vela prendida cuya llama casi no se movía. Desperté el domingo, fui a entrenar y regresé a mi casa con un par de fotos impresas.
Y ahí estaba ella, con su funeral. Una carpa blanca en la calle, con mesas y sillas en el patio. Había una luz amarilla, cálida y tranquila, filtrándose por la lona que pusieron encima de las escaleras. No llovió. El día fue caluroso, soleado, tranquilo y con algunas nubes. Como normalmente se sienten los días tranquilos en Ciudad Neza cuando sales al mercado.
Hubo una misa. Vino un padre y escuchamos atentamente lo que decía.
Mi familia se organizó. Mi casa se puso de cabeza para recibir a todos los invitados, a las personas que llegaban a despedirse de Mamamica. Siempre hubo comida y bebida abundante: pan, arroz, carne, huevo, café, refresco, agua, tortillas, chilaquiles y limones. Una mesa, una silla, una plática.
No fue una despedida triste. Fue luminosa. Se escuchaba en el aire; se sentía en la luz.
Por la noche hubo serenata. Un par de músicos tocaron desde la puerta, frente al ataúd. Canciones que les íbamos pidiendo. En algún momento nos dedicamos a conversar y a disfrutar de la música, de la bebida y de la vida. No estábamos en una fiesta, pero celebrábamos la vida. Había pocas personas, toda mi familia, pero pocos invitados.
Me fui a mi cuarto a dormir en el sofá cama. El lunes, al otro día, como a las 07:00, me despertaron los rezos. Ya había muchas más personas en el patio. Todos nos despedimos de ella, de su cuerpo, de verla en su forma humana por última vez.
Mi mamá habló y agradeció a todos por su presencia, por el apoyo y por el cariño, porque la verdad ninguno de nosotros imaginó que vendrían tantas personas a la casa. Llegaron muchos abrazos, muchos rezos, muchos vasos, platos, veladoras, refresco, comida y ayuda.
Cómo sucedió, quién sabe, pero todos llegaron, sin avisar, a ayudar con lo que pudieron.
La carroza se la llevó. La seguimos hasta el crematorio de avenida Sor Juana. Y ahí nosotros, su familia, sí la vimos por última vez. La mañana, otra vez, fue soleada y calurosa.
De regreso, mi familia ofreció más comida a los invitados. En la cocina decidieron hacer chilaquiles. Acompañé a mi mamá al mercado por carne y bolillos recién horneados. Una enorme olla de chilaquiles se preparó en tiempo récord y todos los invitados comieron.
Y luego de unas tres horas regresamos por mi bisabuelita, quien ahora está en una pequeña caja de madera.
Por el resto del día estuve en mi cuarto. La casa se calmó un poco. Aún había sillas e invitados en el patio. Luego llovió.
De regreso a la CDMX, mi tía Tatis y mi tío Aldo me dejaron cerca de la Alameda Tacubaya y me subí al Metrobús para llegar a mi casa. Lizú no está; se fue y regresa dentro de diez días.
Dormí cansado, con hambre, pero porque no quería comer nada. Y prendí la última vela que tenía.
Me acaban de correr de mi trabajo. Pero bueno, lo intenté.

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Eres un recuerdo que poquito a poquito, se pixelea.