(Proveniente del náhuatl: Tlaokoyalistli: tristeza, mikistli: muerte, xiuitl: hierba) En la era mexica, mucho antes de que los españoles conquistaran sus tierras, no se entendía por completo la muerte;
cada vez que fallecía alguien: guerreros, sabios, niños o madres, sufriendo al otorgar vida, su familia se perdía en un abismo de tristeza; era tanto el cariño, que verlo partir era vivir con la muerte misma, los labios agrietados y las cascadas oculares caían con el simple recuerdo de sus sonrisas tibias.
Llegó un día, del noveno mes del calendario solar, en el que un miembro de la comunidad, llamado Yoltic (el que vive), sufrió la pérdida de su amada y sus dos pequeños de tan sólo 5 años; se encontraba aturdido, la melancolía se había convertido en su mejor amiga, en su fiel compañía, pero su fuerza de guerrero azteca jamás cesó, era hora de enfrentarse a la muerte, a la culpable de su miseria, él sólo quería encontrar respuestas, la cura del dolor y los
recuerdos. Yoltic no tenía a nadie más, así que las consecuencias de su viaje no le importaban, si moría, ¿qué más daba? Al menos el dolor tendría fin. Al caminar a los montes, rogó a todos los dioses para que le ayudaran, ellos le advirtieron que la muerte no es algo con lo que se juega, que cuidara sus espaldas y sus entrañas, porque la muerte es tan precavida y rápida que invade hasta lo inimaginable, le indicaron el camino a Mictlán (lugar junto a los
muertos), que se encontraba al bajar la escalera sagrada, construida por huesos y cráneos provenientes de cualquier ser que alguna vez pudo ver el sol.Yoltic, sin miedo alguno, bajó uno por uno los escalones infinitos en espiral, llegando al noveno plano del inframundo, desesperado, buscando a la muerte, se encontró con los vigilantes de los huesos Mictecacíhuatl y Mictlantecuhtli
(señora y señor de los muertos). –¿Qué se te ofrece? ¿Cómo has pasado todos los pisos del inframundo sin rasguño
alguno? –exclamó el señor de la muerte. –¡Soy Yoctil y quiero enfrentarme a la muerte! ¡quiero respuestas! ¡ya no puedo con el sufrimiento! ¿dónde están mi esposa y mis hijos?. Los señores, sorprendidos, hablaron entre ellos en un dialecto que Yoctil no entendía, esperó unos minutos y guardó la calma. –Yoctil –dijo la señora de los muertos, pacíficamente–, tranquilo, entiende que la muerte no vive aquí, no tiene descanso, su trabajo es maldito, día y noche viaja y no para, no tiene aspecto físico, pero es horrible, con ella no podrás hablar hasta que llegue tu hora, el momento del adiós a los latidos.
Hubo un silencio aturdidor en donde se encontraban, Yoctil estaba confundido y lo podían ver en su cara; no pudo más, cayó al suelo y las lágrimas pronto le rodearon el cuerpo. Mictecacíhuatl se acercó a su oído y le dijo: –Tu familia ya está en un buen lugar, mi trabajo es vigilar que estén en paz, tú tranquilo, te acompañan, no llores; que aunque no estén en el plano físico, el recuerdo de los muertos debe ser motivo para seguir viviendo.
Yoctil, agradecido, se retiró con la poca fuerza que le quedaba, llegó a su hogar y siguió las indicaciones de la señora de los muertos; para finales del mes, que ahora conocemos como Octubre, había rendido frutos la cosecha, preparó la bebida y compartió con todos. Mictecacíhuatl salió en búsqueda de Yoctil e iniciaron las festividades en honor a los muertos, todos contentos, sin dolor alguno. Aquella planta que llamaron Tlaokokistli xiu, por su significado, había sido
origen del día de muertos. El sufrimiento cesaría porque la muerte es una extensión de la vida misma y la enseñanza duraría la eternidad de las siguientes civilizaciones; el eterno descanso a todos nos llega y no hay motivos para sufrir mientras disfrutamos el regalo de la vida.
Curación: el dolor que provoca la muerte de nuestros seres queridos.
La planta no funciona si no es regalada por otra persona, la magia que radica en ella se basa en el cariño que le otorgas, no ocupa agua, ella siente cuando es necesaria y florece sin pedirlo. Debe usarse en bebidas calientes, que esas son las que curan el dolor, poniéndole un poco de azúcar en memoria de todos los dulces recuerdos con esas personas que partieron. En lugar de estarse lamentado por la pérdida física de un ser cercano, Tlaokokistli xiu llega hasta al corazón y pone remedio a los sentimientos de culpa o los hubieras que pueden amargar la existencia; cura la tristeza y al pensar en esas personas, lo único que provoca es una sonrisa eterna.
Escrito por: Alexandra Verdugo
Seleccionado para ser ilustrado por: Sandra Rede