Según Coomaraswamy, «el tipo más antiguo de la arquitectura hindú, cercado y cubierto de techo», es el sadas, la cabaña en la que el sacrificante o el iniciando pasan la noche antes de realizar los actos de la liturgia. «Lugar "aparte" (tiras, antarhita) frecuentado por los dioses». Lugar que permite comprender la razón de todo espacio cerrado: porque «los dioses son segregados respecto de los hombres y así también es secreto lo que se cierra por todos lados». Allí duerme el sacrificante y, mientras está allí, «en verdad se acerca a los dioses y se vuelve una de las divinidades». Pero no hay nada estable: terminado el rito, la cabaña es abatida. Sin embargo, en ese lugar vacío, frágil y precario se establece un contacto con los dioses, incluso antes que en un templo. Ese vacío y separación del resto del mundo son suficientes. Primera imagen de lo que un día será el estudio, no sólo de San Jerónimo sino de todo escritor: esa habitación ocasional que sirve a la escritura y la protege con «el manto de la iniciación y del ardor».
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La figura del renunciante muestra el camino a través del cual una minuciosa práctica ceremonial podía convertirse en imperceptible, transformándose en un acto de conocimiento. Así, el samnyasin no atendía ya los fuegos y se retiraba fuera de la comunidad, al bosque, pero continuaba siendo un sacrificante, exaltando ese rasgo en su carácter.
¿Con quién podemos comparar esa figura, a milenios de distancia? Con todos aquellos que actúan impulsados por una poderosa pasión –y que por lo general no gustan de denominarla como un deber, sino como algo que creen deber a alguien; alguien que, además, es un desconocido– y concentran sus energías en una composición que a su vez es ofrendada a un ignoto. Son los artistas, los estudiosos, y en la práctica de su arte o de su estudio encuentran el origen y el fin de lo que hacen. Son Flaubert, que ruge en la soledad de su habitación en Croisset. Sin preguntarse por qué motivo o con qué objeto; absorto en elaborar un ardor –un tapas– dentro de una forma.
«Móviles son las aguas, móvil el sol, móvil la luna y móviles las estrellas; y, como si estas divinidades no se movieran no actuaran, así será el brahmán el día en que no estudia». El estudio es lo que sostiene el movimiento, lo que permite corresponder al incesante obrar de las divinidades en el cielo y en la tierra. Es la definición más aproximada de lo viviente, de lo que viola la inercia. El estudio puede además reducirse, como a su mínimo núcleo, a recitar un verso del Rgveda o una fórmula ritual. Con eso es suficiente para que no se rompa el hilo del voto, para que quede asegurada «la continuidad del voto (vrata)».
–Roberto Calasso, El ardor, Barcelona, Anagrama, tr. Edgard Dobry, pp. 218 y 288-289.