YOU ARE THE REASON
trying on a metaphor
Aqua Utopia|海の底で記憶を紡ぐ

Andulka
I'd rather be in outer space 🛸
hello vonnie

Discoholic 🪩

❣ Chile in a Photography ❣
almost home

★

Janaina Medeiros
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Origami Around
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Claire Keane
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@poquitopudor

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Prefiero un hombre que no escriba, yo lo he hecho y no todo lo que escribo es verdad, sé cómo se siente esa traición y conmigo me basta.
Rx.
Cosas que no sabía sobre las plantas de interior
No sabía que si las plantas se estresan, florecen. El día que me lo dijiste íbamos en el coche llegando a casa y recuerdo haber sentido mucho pesar por todas ellas. Tú te reíste, tal vez porque para ti ya significa una crueldad necesaria. O tal vez porque te parecía curioso que yo hubiera llegado precisamente a tu vida sin saber justo eso.
Hay un montón de cosas que no sabía y que ahora me parecen una obviedad, como que las flores de cera se arrugan cuando necesitan agua, que los helechos son más felices en ambientes con mucha humedad o que cada vez que viera una hoja nueva asomarse en el tallo de una planta en nuestro hogar, iba a querer llamarte de inmediato o mandarte una foto para darte la noticia.
No sabía que me iba a entusiasmar tanto cuidar vida juntos, que me iba a poner alarmas para levantarme a rociar nuestras begonias a las siete de la mañana o que en los días de limpiar la casa iba a querer sentarme contigo en el sillón de la sala a contemplar los esquejes que tenemos en agua junto a la ventana.
De verdad que no sabía, y cuando tuve la brillante idea de encapsular nuestras promesas por escrito bajo la tierra de una flor de mayo a 300 km de aquí, me pareció un acto simbólico absurdamente romántico. Después caí en cuenta de que no teníamos casa, no había donde plantarla permanentemente y hasta que ese momento llegue seguramente cargaremos con ella en las camionetas de la mudanza.
Y la verdad sí quiero. Vivir contigo en muchos lugares y con muchas plantas. Que me platiques de tus árboles favoritos y que siempre que vea un liquidambar piense en ti. Florecer sin estresarme. Florecer, porque mis días contigo son como la resolana del medio día desde la ventana. Como se siente acordarme de regar las plantas antes de que se pongan tristes. O como sostenernos fuerte y crecer, con todo y que a veces da un chingo de miedo echar raíces.
Ruth Xilotl
When I won the great ovarian egg search of 1975, I never thought I’d amount to much. But in a piddly four decades, I’ve achieved some pretty incredible things. Par exemple..
Wes Anderson: Who are you???
Taika Waititi: I’m you but stronger
turns out my life purpose isn’t supposed to be as small and silent and accommodating and convenient as possible

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I really enjoy just existing in hotels. The long identical hallways. The soulless abstract art. The weird noises the air-conditioner makes. Strange city lights in the window. Six stories off the ground. Strangers chatting in the hall. Nothing in the dresser. No past, but an infinite present.
Finally, Someone Understands
Aniversario
Esta semana se cumple un año del último ataque de ansiedad que no pude controlar. Fue un día para el que según yo estaba súper preparada, sólo que al estar ahí, en medio de esa situación incomodísima para nadie más que para mí, mi mente decidió que no estábamos listas y mi cuerpo se solidarizó con mi angustia como siempre, haciendo, entre otras reacciones inconvenientes, que mi voz se hiciera un hilito inaudible del que mis palabras apenas y se podían sostener para salir.
No recuerdo cómo me recuperé o cuánto demoré en lograrlo, sólo recuerdo haber estado completamente segura de que haría todo lo posible por no volver a vivir algo así.
En ese entonces tenía dos semanas que había iniciado mi tratamiento psicológico, un mes de haber tenido mi primera cita con el psiquiatra y dos meses de que mi internista me ayudara a aceptar que no podía sola, entendiendo entonces, que no sólo necesitaba a un especialista u otro, sino un acompañamiento integral. Cinthia, mi psicóloga, me conoció en un momento de mi vida en que creía que sufría por un par de cosas insuperables cuando en realidad eran 20 cosas más y aquí entre nos, ninguna tan grave.
Durante mucho tiempo me había contado demasiados cuentos a mí misma que le daban sentido a lo que me sucedía día a día. Cinthia ha escuchado cada uno de ellos con paciencia, inspirándome una confianza singular, como si mis ideas más tristes y mis miedos más ridículos merecieran todo el respeto del mundo antes de ser explicados y confrontados, nunca juzgados, cosa que antes era más que difícil para mí. Desde entonces he sido constante en mis citas y tareas, lo cual me ha ayudado a tener una perspectiva distinta sobre mi historia y los lugares de donde viene todo lo que ahora soy.
Todas nuestras sesiones terminan con notas en mi computadora o mi celular, frases que resumen lo que debo atender o necesito probar; y a veces olvido hasta lo más básico, pero Cinthia me lo vuelve a explicar como si fuera la primera vez. Gracias a ella y a que me acostumbré a reconocer mis pensamientos y emociones día a día, aprendí que un mal momento no hace un día terrible y que aquello que me hace sentir bien por breve que sea, puede ayudarme a percibir distinto una “mala semana”. Entendí que no tengo el control de todo, que hay acciones mías disfrazadas de buena onda que en realidad no me hacen bien y que aunque parezca que la ira es la mejor aliada para expresar lo que siento, soy capaz de comunicarme y defender lo que merezco sin herir a los demás.
Aún hay muchas cosas que me causan ansiedad, muchos pensamientos que parecen capaces de aplastarme por completo y llenarme de temores irracionales, aún hay días que se me pierden por completo cuando no me sale bien otra cosa más que sentir desesperanza. Sigo teniendo dificultades con mi peso y con mis relaciones. Sigo llorando fácilmente (eso nunca se me va a quitar y no está mal) y sigo cargando ideas que debo soltar. Pero estoy segura de que en este momento puedo contar con ella mientras sigo creciendo.
Hace poco alguien me comentó con sarcasmo que ahora todo lo quiero solucionar con ir a terapia. Me dio mucha risa porque a veces siento que es verdad, pero cuando miro atrás y recuerdo a la mujer que vivió ese último ataque de ansiedad que no pude controlar, sé que he mejorado, que el apoyo de una profesional me ha permitido hacer la diferencia en mi presente y que tener una Cinthia en mi vida es una de las mejores decisiones que he podido tomar, una oportunidad que todas las personas se deberían dar.
Ruth Xilotl
Cien años
Hoy volví a verte.
Volví a verte y tenías el ceño un poco fruncido para enmarcar como siempre ese aire con el que andas muy concentrado por la vida. Estabas demasiado cerca como para no reconocerme y aún así, cuando busqué tu mirada y te sonreí confiada de que se venía el momento más incómodo de todos los años acumulados, me miraste dos segundos y volviste a tu libro enorme de pasta gastada.
¿Será que soy tan distinta? Espera, ¿será que no eres tú?
No, claro que eres. Llevas el cabello peinado alborotado, tus labios muy rosas delgados, tu perfil termina en una nariz medio redonda y cada cierto tiempo haces esa mueca de listo que hacías cuando sabías que alguien te miraba. Tu espalda es ancha pero tus brazos delgados, tu playera es como las de siempre y estoy segura que traes zapatos de agujeta y pantalones no tan pegados. Todo lo que veo es como lo recuerdo, ¿o no lo recuerdo? Tu piel es clarísima. Traes un anillo, ¿en qué mano usabas tu anillo? Me parece familiar la postura de tus dedos sosteniendo lo que lees, pero ¿tus manos no eran más grandes? Tus manos. No puedo recordar tus manos.
Junto a tu codo derecho una cicatriz, se ve de mucho tiempo, como de esas que vienen con un relato de la infancia que se cuenta cuando se está hablando de las primeras imprudencias para entender un poco de lo que somos ahora. ¿También olvidé esa historia? ¿Alguna vez supe cómo se sentía el relieve de esa historia? Tu piel es clarísima. Regreso a tu rostro y recuerdo justo así tus pestañas largas, hacías los ojos chiquitos y por primera vez en todo este recorrido reparo en lo que estás leyendo: es de física y no me sorprende, está en otro idioma y no me sorprende. ¿O me sorprende? ¿Qué pregunta acerca de qué cosa te hizo abrir un libro de estos un domingo por la mañana? ¿Qué tanto nos hemos cuestionado desde la última vez que nos explicamos algo? Te acomodas en la ventana sin dejar de leer y te juro que estoy viéndote estudiosísimo durante algún receso. Tu sonrisa escondida de siempre. Tu piel clarísima. No puedes no ser tú, ¿o en serio no eres tú? ¿cómo puedo dudarlo tanto? Qué angustia. Qué novedad. ¿Es esto olvidar a alguien?
Justo estoy preguntándomelo mientras veo hacia la calle, cuando siento que me observas. Espero mi nombre. No suena. Espero la sensación de tu mano fría de sudor en mi hombro. No pasa. Me animo a quitarme los lentes de sol con la esperanza de que haya sido eso lo que nos detuvo todo el camino, pero confrontar otra vez nuestras miradas sólo me hace aceptar algo: no recuerdo tus ojos, pero esos no son tus ojos.
Se me llenó la cara de esa vergüenza que da cuando descubres que estás siendo alguien terriblemente indeseable, traté de disculparme con el chico y también traté de huir, pero aún faltaba mucho para llegar a mi destino. De repente me dieron ganas de que supiera, decirle que me hizo pensar en alguien que alguna vez quise mucho, porque en mi mente él se conmovía y yo encontraba el gesto perfecto para darle las gracias. Y por fin lo veo, lo observo de verdad, me río de nervios y decido quedarme callada. No estoy loca, te juro que es idéntico a ti. Pero a ti cuando faltábamos a clase y nos íbamos a caminar al centro. A ti como te guardo para bien, en otra ciudad y hace más de 10 años. Me traicionó el tiempo y la noción de algo que ya no conozco, era imposible que fuera sólo yo la que cambiara tanto hasta ahora, no sé quién eres tú ahora. Durante todo el trayecto traté de evocarle algo no a ti, sino a la idea de lo que más o menos me acuerdo que fuiste. La imagen más o menos fiel de alguien que tiene mucho que no dice mi nombre. Más o menos tus libros. Más o menos tus labios rosas. Más o menos lo clarísimo de tu piel.
Ruth Xilotl
La creación
Yo te traje al mundo.
Te planeé por años y te imaginé en un sinfín de ciudades. Me aprendí tu sonrisa con diferentes intensidades de luz y le delegué misiones a tus ojos a mi sola conveniencia; te invité a mi mesa, te tomé por sorpresa, te pedí que me dejaras darte todo.
Yo te traje al mundo. Te puse muchos nombres, te inventé una casa y una historia que me gustara escuchar, te llamé dormida y te soñé de día. Te rompí promesas y facciones, te moldeé de acuerdo a los dolores que pudiera soportar mi cuerpo, te hice a semejanza de todo lo que creía merecer.
Yo te traje al mundo, te odié por lo que tardabas y te ahuyenté siempre que decidía no estar lista. Te cambié la ropa y el concepto del amor que dura. Creí que debías ser locura, lujuria y eternidad. Me equivoqué y te replanteé. Te puse condiciones y te quité uno que otro defecto imperdonable. Te pedí que no lo hicieras ver difícil, que no me hicieras sentir imposible de querer.
Yo te traje al mundo, me desvelé ensayando nuestros besos y jugué a adivinar la temperatura de nuestra habitación. Te hice entusiasta de mis ritmos y adepto de mi silencio; te hice caliente, valiente, creyente de una voluntad compartida que nos hiciera sentir menos incomprendidos, menos indiferentes, menos solos.
Así es como releerte en épocas en las que sentía perderlo todo, me salvó de quererte encontrar en otros versos que escribía desesperada. Porque en los días más difíciles y en las cartas más entristecidas y en el recuerdo más desalentador, encontraba siempre la manera de invocarte.
Por eso estás aquí: Porque te pedí en mis letras, amor, con todo mi sentimiento, con toda mi realidad, con todas mis fuerzas.
Ruth Xilotl
Por arte al amor
De ti se sabe que ríes fuerte y tiendes la mano. Que consuelas con silencios, que guardas secretos y regalas momentos que los más audaces coleccionamos para confirmar que es de idiotas no quedarse junto a ti. A veces no estás, y cuando no estás me vuelves verde que se escapa de las raíces del hogar para alcanzar aunque sea un suspiro de tu luz. Me vuelves necia y más cuando te burlas diciendo que antes de ti ya lo era. Me estiro, me extiendo por todo el atardecer y el tiempo es nada y mis ojos están repletos de lo que recuerdo que es tu piel; te busco y me aterra haber olvidado tu último sueño, la humedad de tu boca cuando me ves desnuda, el instante a cámara lenta en que cierras los ojos y me aprietas el cuerpo. Te busco y busco tus modos: Tu modo de ser pared, tu modo de ser abismo. De ser montaña que neva y ríe con el sol aliado que derrite mis impaciencias y mis complejos. Te amo por hábito, querido, porque entendemos bastante de nosotros mismos cuando un día nos brota sin esfuerzo el beso que vamos a querer dar toda la vida. Te amo por práctica, por diversión, por adicción a la confianza, a los trayectos largos, a tus aguas de sabor. Te amo más que por amor al arte: Te amo para morarte, para asilarte, para cantarte. Querido, te juro que tienes los días contados más hermosos que he visto. En las mañanas cuando froto despacito mis pies para animar al resto de mis partes, me animo con algo nuevo y reniego las horas y tropiezo con todo. Y te siento tibio a mi lado como debe sentirse el descanso en una casita de verano, como debe sentirse el corazón cuando se asombra con la esperanza y la justicia bien lograda.
Ruth Xilotl

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Prisas
Hoy al platicar con una amiga acerca de lo que sería nuestra vida si regresáramos al tiempo 11 años, descubrí que, a diferencia de ella, yo no era capaz de empatizar con lo emocionante de la idea, no me invadió la nostalgia de forma violenta ni deseé algo que no tuviera ya.
Hace 11 años convivía con personas que a pesar del ir y venir de las rutinas, jamás aprendimos a hacernos bien; sufrí por no tener el apoyo que creía necesitar para dedicarme a lo que más me gustaba y no entendía lo que era padecer por algo que me faltara o esforzarme para valorar lo que me ganaba. Hace 11 años bailaba diario y comía sano, dormía bien, sonreía sin complejos en todas las fotos y casi siempre me gustaba cuando contemplaba el reflejo de mi cuerpo.
Mi amiga dijo que hace 11 años habría dado mucho amor, que tendría clara idea de quién era. Yo respondí enseguida que eso no contaba, que era fácil porque a esa edad lo único que queremos son ganas de que nos pasen cosas. Pero luego paré, me quedé quieta de golpe y pensé. No, las ganas yo ya las tenía, lo que quería era que se me quitaran, que las cosas me dejaran de pasar.
“A esa edad” ya me había ido una vez de mi casa, ya había tenido dos primeras veces en dos camas y ciudades distintas, ya me habían dejado por alguien más bonita, ya había decepcionado en grande a mi madre, ya le había rogado a alguien para que se quedara a mi lado, ya le había pedido a dios no ser quien era, ya había dicho mentiras horribles, ya había llorado mi primera eternidad que terminó enseguida, ya había coqueteado con hombres mayores, ya había perdido un montón de amigos. Ya había hecho mi primera promesa a mitad de un concierto, ya había dejado que me tocaran con tal de sentirme deseada, ya había guardado un secreto que escandalizaría a todos y ya había escrito mi primer cuento sobre relaciones prohibidas.
Entiendo ahora lo que dice mi amiga, añorar la simplicidad con la que pasábamos los días, sentir ligero el peso de las decisiones que no agobian porque parecen no trascender. No fui maltratada, no fui abandonada. No me faltaba nada, y sin embargo jamás estaría dispuesta a volver.
Yo hace 11 años no tenía ganas de que me pasaran cosas, lo que en realidad quería era que se me quitaran, ir despacio, aceptar con gusto los momentos de pausar, porque no tenía idea de adónde iba, pero todo el tiempo quería estar ardiendo al grado de consumirme para siempre un poquito, todo con tal de ser la primera en llegar.
Ruth Xilotl
Estoy enojada, ¿qué hay de comer?
Ojalá las mujeres que se jactan de no sufrir de problemas de sobrepeso u obesidad, en serio jamás tengan que padecer el horror que es no estar conforme con tu cuerpo. Ojalá fuera tan fácil como decir haz ejercicio, ponte a dieta, deja de comer. Que los días de mucha tristeza o mucha ansiedad o mucha ira, la comida no pareciera el mejor consuelo. Que cada vez que una persona se burla de mí, me llama de maneras que avergüenzan o se ríe de la ropa que me atreví a usar después de un buen rato de tortura frente al espejo, pudiera recordar a los que me animan diciendo “no hagas caso, ámate como eres”.
Me escondo en capas y capas de la misma ropa holgada que, concentrándome lo suficiente, me hace olvidar que todo lo demás en mi clóset no me queda, que nada se me ve bien. Lo he querido resolver tantas veces como tal vez ustedes también recuerdan, vivo de la nostalgia que me provocan mis fotos de hace años, lo pienso dos veces y lo intento 30 antes de tomarme una foto en la que se oculten mis defectos lo suficiente como para callar a las voces en mi cabeza diciendo que hay mujeres más bonitas, selfies más agradables, vestidos que yo nunca podré lucir.
La batalla es real, a veces pasas días comiendo casi nada con la ya informada pero necia esperanza de que haga alguna diferencia, otras llevas el régimen al pie de la letra pero llegas a tu casa a llorar la sensación de haberte muerto de hambre, otras te convences de que no importa, que comer te hace sentir bien, y comes todo, a cualquier hora, en cualquier lugar. La batalla es real, las mentiras se escuchan a todas horas del día, puedes justificarte pero también puedes culparte y también puedes dejar que otros opinen sobre tu cuerpo y aunque te duela, les darás la razón.
Hay días muy buenos, días en que encuentras motivación en los planes de las próximas vacaciones, la preocupación por tu salud, la blusa que te compraste pero aún no te va, la ilusión de volver a bailar, la idea de todo lo que en tu vida podría ser diferente, y hasta los comentarios hirientes, las fotos que te exponen, la envidia que te corroe al ver a otros. Pero también hay días en que quieres dormir y levantarte sólo a ver qué pedirás de comer, días en que el ejercicio físico es impensable e incluso maquillarse y peinarse se siente inútil si de todos modos con nada te vas a agradar. Esos días son los más, en los que dices estar cansada de no gustarte pero no logras lidiar con lo que tendrías que hacer, en los que escuchas a mamá llorar después de verte comer, en los que evitas conocer gente nueva y procuras mantener tus compromisos sociales guiados por tu bajísimo perfil para no tener que preocuparte por la audiencia que imaginas te juzga cuando te sirves doble o te sientas y te estorba tu propio cuerpo.
Sé que tengo un problema, que mucha gente se animará a decir que es cuestión de voluntad, de decidirme y cambiar mi estilo de vida, les juro que si para mí fuera eso, si yo tuviera esa fuerza de la que hablan no estaría por terminar mi sexto año de ser ésta. Es desagradable y es triste y es decepcionante tener la solución al alcance de una decisión definitiva que no me atrevo a tomar, es decepcionante para mí y para muchas que seguro luchan con lo mismo todos los días. Pero mientras logramos hacer algo al respecto es nuestro purgatorio, no aceptarte como eres, no cambiar por quién quieres ser.
Al día de hoy, creo entender por fin por qué estoy tan enojada conmigo misma como para castigarme así, como para insistir en no gustarme. Amo comer, desde que era delgada y me sentía hermosa, no es sólo eso, mi problema no radica en la satisfacción que me da la comida (que por cierto es enorme). No, no nos justificamos, sólo lo sabemos, lo sentimos; por eso son innecesarias sus risas y sus ofensas, les juro que suficiente tenemos con las voces en nuestro interior recordándonos todos los días las mil cosas que están mal cuando nos miramos al espejo, deseando que esa vez, por última primera vez y antes de que para nuestra salud y nuestra estima sea demasiado tarde, nos hartemos de estar conformes con las etiquetas y la vergüenza y la desidia y la falta de valor.
-Ruth Xilotl
Septiembre 15, 2017
No me digas que no pasa nada. No me digas que no tenga miedo. No me digas que depende de mí. Nos están matando, nos están entumiendo y nos quieren callar. Nos persiguen, nos acorralan, nos mutilan desde adentro y le cambian el nombre a la porquería que hacen con nuestros cuerpos. Le cambian el nombre y nos culpan después. No me digas que no pasa nada, no me digas que no tengo qué temer, los mismos chicos de siempre son los que ríen y guardan silencio en complicidad siguiéndome con la mirada cuando voy pasando a su lado hacia el trabajo, y luego otros me intimidan en el transporte público con sus sonrisas inadecuadas y otros más se creen que por el simple hecho de tenerme demasiado cerca me pueden incomodar. No me pidas que no tenga miedo, he renunciado a mi tranquilidad a cualquier hora y en cualquier lugar si estoy sola, cada paso que doy fuera de casa es una plegaria, cada sensación de angustia que me provocan los lugares nuevos es una historia de terror. De ese que se vive cuando tu hija no ha llegado a casa o tu madre no responde el teléfono o tu amiga sale con desconocidos o tu roomie se va de viaje o tu hermana vive lejos, es media noche y no sabes dónde está. De ese que sientes cuando le dices “si te pasa algo, me muero” y no puedes asegurar que no te matarán a ti primero. De ese que sientes cuando tu colega te cuenta lo que le pasó el fin de semana y todas en la oficina se identifican al final, de ese que persiste aunque queramos seguir con nuestras vidas, salir, bailar, tomar, conocer gente nueva, ir a la escuela, aprender cosas y terminar sin proponértelo siendo alguien que vive a merced del peligro y las amenazas, que vive desconfiando como principio primero y llega a llorar la impotencia porque la ciudad es muy grande y no hay manera de mantenernos a todas con bien. De ese terror te hablo cuando te digo que lloré por una mujer que ahora está muerta, que dicen “haberla hallado sin vida” porque decir que la mataron es pensar en todas las demás, pensar en sus familias, en sus carreras, en lo que les gustaba hacer con la gente que las hacía sonreír, en sus virtudes que ahora nadie podrá disfrutar. Decir que nos están matando es aceptar que están cruzando los brazos, que están apostando nuestra libertad, que nos responsabilizan por tener que vivir intranquilas, y que si miras hacia cualquier lado, incluso pareciera que es normal. Y no es normal, estoy aterrada, lo acepto sin vergüenza pero con la voz quebrada; así que no puedes decirme que no tenga miedo, no puedes decirme que no pasa nada, porque no puedes prometer que no seré yo después. Ruth Xilotl
La balada de la tormenta y las goteras y el lago negro debajo de la ciudad
aquí viene
la tormenta
del monstruoso
momento
rozándonos
en el metro
antes de empujarnos
para transbordar
a otro color de día
al gris
que siempre
me pedías
cada que te
deprimías
con un cigarro
mojado
en la boca
aquí viene
la tormenta
que lavará las calles
en donde dormimos
durante del derrumbe
durante los cadáveres
en tumbas
multifamiliares
con los topos
arañándote las piernas
después de tres
four lokos
dices
que ya no los
recuerdas
que los olvidaste
que siempre entierras
a la gente que intenta
salvarte
aquí viene
la tormenta
con lluvia ácida
para que abras la boca
te vuelvas una nube
a punto de soltar
el agua negra
en esta manchada cama
mientras duermes usando
mi playera de pijama
antes de despertar
con ganas
de ahogarme
con tus nalgas
mirando
sin calzones
por la ventana
cómo viene la tormenta
abrázame cuando
las goteras nos inunden
de esas porquerias perfectas
a la luz de la pantalla
bañada en drogas
de mi computadora
cómo
te vuelves
una bengala
entre la sombras
cómo
me dijeron
que tú no eras
de esas morras
aterradoras
y ahora sé que eres
la tormenta que viene
con tu nombre
que no se detiene
y se imprime sobre cada
contacto al que acudo
para salvarme de
la tormenta que viene
la persona estrepitosa
que eres
y que me dejará desnudo
sobre la calle
líquida como mercurio
después de la tormenta
que viene
la gente comentará
que siempre fui tuyo
que tronaron las ventanas
que se coló el agua puerca
que se ahogaron
los motores del encanto
que siempre fui tuyo
que siempre fui la ciudad
y tú el lago
recobrando
el terreno robado
por la humanidad.
Conocerte antes
Me hubiera gustado conocerte en la época en que bailaba Bohemian Rhapsody y olvidaba quitarme los zapatos en donde sólo se debía andar descalza. Me hubiera gustado conocerte cuando aprendí a decir “cautivar” con las manos, cuando escribí mi primera carta en braille, cuando calenté con el Sufro, Sufro, Sufro y los ojos vendados. Me hubiera gustado conocerte cuando no me gustaba el café, llevaba a mis amigos al teatro y lloraba en el balcón de la casa donde crecí. Me hubiera gustado conocerte cuando descubrí a Ginsberg, cuando las películas aún no me salvaban de lo que no me había pasado o cuando empecé a escribir para tener adónde volver cuando no recordaba qué me había dolido. Me hubiera gustado conocerte en Acapulco en mi bikini café y con mis tatuajes de henna, o en Oaxaca tomando fotos en los mercados, o en Mérida para compartir una de esas banquitas para dos. Me hubiera gustado conocerte cuando vestía faldas rosas, blusas ajustadas y chanclitas horribles para ir a clases, o cuando me sentaba en el piso rojo a leer con el fleco tapándome la cara, o cuando me dejaba tomar fotos de cuerpo completo en medio del movimiento estudiantil. Me hubiera gustado conocerte en mi primera cerveza fatal, en mi primera tarde de Rummi, en mi primera noche de no llegar. Me hubiera gustado conocerte cuando fui bailarina asesina, bailarina zombie, bailarina animal. Bailarina judía, bailarina bruja, bailarina hindú. Me hubiera gustado conocerte en un parque, en un jardín o bajo un árbol muy viejo, con los headphones de muchos colores conectados al iPod Classic para escuchar las mismas dos canciones de música africana todo el día, renegando por no saber usar tacones, renegando por haber dejado de nadar. Me hubiera gustado conocerte en los tiempos del tecito con chipi-chipi, los primeros conciertos y las últimas amigas; en los tiempos de los aretes de corcholata, las trencitas de hilo y las pulseras en los pies, en los tiempos de mi primer personaje de novela favorito, en los tiempos de Emilia y Daniel y el doctor al que no amaban de verdad.
Me hubiera gustado conocerte antes. Me hubiera gustado conocerte bien. Me hubiera gustado conocerte ayer.
Ruth Xilotl

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Con todo lo que defiendo que soy
Tengo aprendido el ritual de no estar preparada para su manera de quererme cada mañana, despertamos a diario en abrazos que parecieran sentirse siempre más cálidos, me dice cosas muy cerca de la boca para que no pueda aguantarme a besarle las gracias y me mira como llevándome sin esfuerzo al momento en que decidimos no dar vuelta atrás. Es así desde que llegó y a veces cada vez un poquito más, estoy con él y no debo prepararme, no es necesario pensar en lo que voy a hacer. Estoy con él y todo me conmueve hasta el llanto y a todo lo de siempre le descubro algo nuevo que me puede asombrar. Estoy con él y siento que no voy a morir nunca, que lo que sentimos nos mueve, mueve todo y lo hace grande, indiscreto, difícil de negar. Ya no me pregunto si lo que hago tiene madera de ser suficiente para lo que él merece, y la verdad es que ya había olvidado cómo es cuando te hacen sentir que eres fácil de amar. Entiendo por qué se queda y tengo bien claro por qué me quedo yo. Lo vale porque yo quiero que lo valga, porque todos los días su manera de cuidarme me hace fuerte por si un día me hace falta y porque comprende que mis emociones son imposibles de esconder, las reconoce como esenciales para saberme bien y encuentra maneras hermosas de hacerse amar con todas. Con todo lo que aún no siento. Con todo lo que defiendo que soy. Ruth Xilotl
Álvaro
No me lo preguntó. Desde el otro lado de la sala me miró varias veces mientras hablaba en voz baja con un chico delgado; aburridos, obvios, casi indiferentes. Apenas y veían los cuadros, apenas y tenían qué decir. De repente se esforzaba por ser discreto, de repente sentía que me atacaba con toda su sonriente curiosidad. No me lo preguntó pero yo quería decírselo; parecía cansado, probablemente a mí tampoco me hubiera puesto atención, caminaba lento y bastó seguirlo con la mirada unos minutos para notar la sincinesia repetitiva con la que trataba de acoplarse al ritmo de la gente que estaba por gusto ahí. Yo no tenía prisa, pero ya llevaba demasiado tiempo en el lugar, tomé un folleto que me dieron en la puerta y salí a llamarle a mis amigos para decirles que los alcanzaba en un rato. Ese día era de vernos, teníamos semanas de no coincidir. Terminé la llamada que duró casi nada y sentí cómo alguien se acercaba a mí por un costado. Sabía que era él, contuve el impulso de voltear enseguida y me concentré en el cosquilleo ahora familiar que había experimentado cuando lo descubrí mirándome por primera vez. Me gustaba. Quería decírselo cuanto antes, pero no me lo preguntó. Me llamó por mi nombre y me tomó por sorpresa, no tuvo problema en explicarme por qué. Me dio risa pero lo creí, con mi generación siempre hay que esperarlo todo aunque parezca que regresas a casa con la dignidad atropellada o las manos vacías. Nunca es así. Paró un taxi y me apresuré a abrir la puerta y ser el segundo en subir, pasó muy cerca de mi boca, su camisa rozó mi antebrazo y quise tomarlo por la espalda, intimar ahí mismo de esa manera que pocos perciben, que lo supiera y se arrepintiera a tiempo si quería. No quiso. Hablamos poco en el trayecto, cerca, bajito, como si ya nos estuviéramos haciendo confesiones, contando secretos de los que ya no íbamos a poder volver. Los cuerpos no tomaron atajo alguno, se fueron acercando por el camino habitual a lo largo de la noche. Encontramos un espacio reducido con poco ruido cerca de un balcón; hablamos mucho, conocimos gente, estuvimos en desacuerdo y llamamos a nuestras coincidencias generales con otros nombres. En ocasiones hasta acomodé mis palabras para orillarlo a vulnerarse. Y no, no me lo preguntó. El contacto era mínimo en frecuencia, pero limpio, honesto, tajante, casi delatador. Tomamos una última cerveza en silencio, me parecía imposible todo, o al menos poco probable: estar ahí, compartirme, gustarle, hacerlo que se quedara otro rato, dudar de repente pero terminar creyéndole absolutamente todo. Sus tatuajes a la vista me tenían intrigado, uno en especial, con el que parecía querer dejar algo claro, que no hubiera cabida para el desencanto, esto es lo que soy, advertidos estamos. Era la una de la mañana cuando salimos de la fiesta, caminó hacia cierta dirección con tanta seguridad que no dudé en seguirle, dijo cosas que juntas lograban convencerme aún más de que no quería estar en ningún otro lugar, palabras hermosas que sonaban todavía mejor si imaginaba que las decía envolviéndome en su boca. Llegamos a su casa y lo que todo ese tiempo me había parecido una ruta desconocida, entró de golpe al rincón de mi mente donde guardo mis rutinas, conocía la calle perfectamente, la transitaba todo el tiempo, sabía incluso el orden de los colores de cada construcción. Y él había estado ahí todo el tiempo, tras esa puerta, en ese patio, viendo por la ventana de esa habitación. Quise que lo supiera enseguida, entendí que no iba a preguntármelo en toda la noche, pero estaba dispuesto a callar las respuestas si eso me permitía besarlo como tanto ansiaba; subíamos las escaleras cuando di el primer paso, él lo esperaba justo en ese instante, su lengua estaba lista, sus manos estaban listas. Lo supo siempre, lo aguantó tanto como yo. El beso no acababa, se movía, se mojaba, se trasformaba. Iba creciendo, se desarrollaba en varias partes pero no paraba. Era suave, era húmedo, era sangriento, dulce y certero. Era cruel. Nuestros cuerpos se coordinaban, se defendían, se peleaban. Se buscaban los puntos débiles, se convidaban, se hacían más fuertes. El tatuaje no mentía, yo lo había interpretado bien, no sabía en qué momento terminaría, pero lo besé como quien se prepara sin evidencia para lo peor. Y no llegó, el contacto se atenuó pero renunciaba a la extinción, llegamos a la cama aún tomados de la mano y con desenlaces en mente bien definidos, distintos, pero cada uno bastante detallado. Me quitó la ropa y por un momento creí que me había equivocado, lo hizo lento y bien, haciendo uso de esa delicadeza que se confunde tan fácil con sentimiento que se vuelve inolvidable. Me pidió que me acostara, que cerrara los ojos: la noche dio un vuelco, pensé, y solté una risa atascada de miedos y perversiones, interrumpidas al instante por su cuerpo tibio, desnudo. Me abrazó muy fuerte, me acomodó en sus bordes y no volvió a mirarme a los ojos. Sus manos ásperas fueron apagando uno a uno los quejidos de excitación que habían nacido por todo mi cuerpo: no como esperaba. Me hice de su sudor liviano y del sonido ordinario que hace la piel cuando se acaricia, me fui rindiendo a la posibilidad de no tenerlo junto al despertar y nuestra respiración entonces empezó a apaciguarse hasta convertirse sólo en un acto reflejo que nos mantendría vivos y aparte. No volvería a verlo, no volvería a dormir con él. Busqué decírselo toda la noche, pero él simplemente nunca tuvo intención de saberlo.
No me lo preguntó.
Qué aburrido, qué obvio, qué terrible y típico de mí.
-Ruth Xilotl