Álvaro
No me lo preguntó. Desde el otro lado de la sala me miró varias veces mientras hablaba en voz baja con un chico delgado; aburridos, obvios, casi indiferentes. Apenas y veían los cuadros, apenas y tenían qué decir. De repente se esforzaba por ser discreto, de repente sentía que me atacaba con toda su sonriente curiosidad. No me lo preguntó pero yo quería decírselo; parecía cansado, probablemente a mí tampoco me hubiera puesto atención, caminaba lento y bastó seguirlo con la mirada unos minutos para notar la sincinesia repetitiva con la que trataba de acoplarse al ritmo de la gente que estaba por gusto ahí. Yo no tenía prisa, pero ya llevaba demasiado tiempo en el lugar, tomé un folleto que me dieron en la puerta y salí a llamarle a mis amigos para decirles que los alcanzaba en un rato. Ese día era de vernos, teníamos semanas de no coincidir. Terminé la llamada que duró casi nada y sentí cómo alguien se acercaba a mí por un costado. Sabía que era él, contuve el impulso de voltear enseguida y me concentré en el cosquilleo ahora familiar que había experimentado cuando lo descubrí mirándome por primera vez. Me gustaba. Quería decírselo cuanto antes, pero no me lo preguntó. Me llamó por mi nombre y me tomó por sorpresa, no tuvo problema en explicarme por qué. Me dio risa pero lo creí, con mi generación siempre hay que esperarlo todo aunque parezca que regresas a casa con la dignidad atropellada o las manos vacías. Nunca es así. Paró un taxi y me apresuré a abrir la puerta y ser el segundo en subir, pasó muy cerca de mi boca, su camisa rozó mi antebrazo y quise tomarlo por la espalda, intimar ahí mismo de esa manera que pocos perciben, que lo supiera y se arrepintiera a tiempo si quería. No quiso. Hablamos poco en el trayecto, cerca, bajito, como si ya nos estuviéramos haciendo confesiones, contando secretos de los que ya no íbamos a poder volver. Los cuerpos no tomaron atajo alguno, se fueron acercando por el camino habitual a lo largo de la noche. Encontramos un espacio reducido con poco ruido cerca de un balcón; hablamos mucho, conocimos gente, estuvimos en desacuerdo y llamamos a nuestras coincidencias generales con otros nombres. En ocasiones hasta acomodé mis palabras para orillarlo a vulnerarse. Y no, no me lo preguntó. El contacto era mínimo en frecuencia, pero limpio, honesto, tajante, casi delatador. Tomamos una última cerveza en silencio, me parecía imposible todo, o al menos poco probable: estar ahí, compartirme, gustarle, hacerlo que se quedara otro rato, dudar de repente pero terminar creyéndole absolutamente todo. Sus tatuajes a la vista me tenían intrigado, uno en especial, con el que parecía querer dejar algo claro, que no hubiera cabida para el desencanto, esto es lo que soy, advertidos estamos. Era la una de la mañana cuando salimos de la fiesta, caminó hacia cierta dirección con tanta seguridad que no dudé en seguirle, dijo cosas que juntas lograban convencerme aún más de que no quería estar en ningún otro lugar, palabras hermosas que sonaban todavía mejor si imaginaba que las decía envolviéndome en su boca. Llegamos a su casa y lo que todo ese tiempo me había parecido una ruta desconocida, entró de golpe al rincón de mi mente donde guardo mis rutinas, conocía la calle perfectamente, la transitaba todo el tiempo, sabía incluso el orden de los colores de cada construcción. Y él había estado ahí todo el tiempo, tras esa puerta, en ese patio, viendo por la ventana de esa habitación. Quise que lo supiera enseguida, entendí que no iba a preguntármelo en toda la noche, pero estaba dispuesto a callar las respuestas si eso me permitía besarlo como tanto ansiaba; subíamos las escaleras cuando di el primer paso, él lo esperaba justo en ese instante, su lengua estaba lista, sus manos estaban listas. Lo supo siempre, lo aguantó tanto como yo. El beso no acababa, se movía, se mojaba, se trasformaba. Iba creciendo, se desarrollaba en varias partes pero no paraba. Era suave, era húmedo, era sangriento, dulce y certero. Era cruel. Nuestros cuerpos se coordinaban, se defendían, se peleaban. Se buscaban los puntos débiles, se convidaban, se hacían más fuertes. El tatuaje no mentía, yo lo había interpretado bien, no sabía en qué momento terminaría, pero lo besé como quien se prepara sin evidencia para lo peor. Y no llegó, el contacto se atenuó pero renunciaba a la extinción, llegamos a la cama aún tomados de la mano y con desenlaces en mente bien definidos, distintos, pero cada uno bastante detallado. Me quitó la ropa y por un momento creí que me había equivocado, lo hizo lento y bien, haciendo uso de esa delicadeza que se confunde tan fácil con sentimiento que se vuelve inolvidable. Me pidió que me acostara, que cerrara los ojos: la noche dio un vuelco, pensé, y solté una risa atascada de miedos y perversiones, interrumpidas al instante por su cuerpo tibio, desnudo. Me abrazó muy fuerte, me acomodó en sus bordes y no volvió a mirarme a los ojos. Sus manos ásperas fueron apagando uno a uno los quejidos de excitación que habían nacido por todo mi cuerpo: no como esperaba. Me hice de su sudor liviano y del sonido ordinario que hace la piel cuando se acaricia, me fui rindiendo a la posibilidad de no tenerlo junto al despertar y nuestra respiración entonces empezó a apaciguarse hasta convertirse sólo en un acto reflejo que nos mantendría vivos y aparte. No volvería a verlo, no volvería a dormir con él. Busqué decírselo toda la noche, pero él simplemente nunca tuvo intención de saberlo.
No me lo preguntó.
Qué aburrido, qué obvio, qué terrible y típico de mí.
-Ruth Xilotl













