Encontré a una chica que se enamora de cada idiota que le promete estrellas a su oscuridad. Se conforma con los pétalos de las flores que le han regalado a otras, y ella piensa que amor es tener que quedarse donde el otro ya se fue. Permanecer. Cumplir aquello de estaré aquí siempre que lo necesites. No moverse. Está quieta y depende de muchos monstruos y miedos. Está triste, porque lo está. A veces cuando hay media luna sale con su desastre de vida a cantar un poquito, aunque muy afinada no está: ella es feliz. Pero entre esa nostalgia que surge cuando echas de menos lo que ya no puedes tener, encuentra un poco de ese calor que no encuentra en ningunos brazos. Después se lanza a su cama pensando en todos los errores que ha cometido a lo largo de su vida y le brillan los ojos cuando se imagina a ese chico con el que quiere olvidarse un domingo de toda la polilla que ha cogido durante toda la semana. Lo imagina tan perfecto con sus imperfecciones, sus errores y sus malas rachas. Sus granitos, sus arrugas, sus ci cicatrices, sus estrías. Desorientado igual que ella. Perdido igual que ella. A lo mejor es por eso que ninguno de los dos se ha encontrado aún. Porque ambos se están buscando, pero ambos están escarbando en lugares diferentes. —Hola, ¿quién eres? —Un huracán. Y, de repente, él deseó ser sometido a sus vientos. —¿Y tú? —Oscuridad. Y, de repente, ella empezó a brillar. Algo había hecho bien. Ya no se sentía tan mal, es más, hasta empezaba a dudar de si sus heridas estaban aún abiertas. Y cuando volteó a verlas, esas que sangraban mucho porque eran profundas, en ellas vio lo que nunca había visto: que eran hermosas. Hermosas como la sonrisa que le empezaba a nacer.
“Escribiendo estrellas”, Benjamín Griss (via elchicodelayer)













