NO ESTĂS MUERTO Y no eres mĂĄs sabio.
No has expuesto tus ojos al ardor del sol.
Los dos viejos actores de segunda no han venido a buscarte, no se te han pegado formando contigo tal bloque que no se habrĂa podido aplastar a uno de vosotros sin destruir a los otros dos.
Los volcanes misericordiosos no se han inclinado sobre ti.
ÂĄQuĂŠ invento maravilloso, el hombre! Puede soplarse las manos para calentĂĄrselas y soplar sobre su sopa para enfriarla. Puede agarrar delicadamente, si no le asquea demasiado, cualquier coleĂłptero entre pulgar e Ăndice. Puede cultivar vegetales y servirse de ellos como alimento, vestido, droga e incluso perfumes que enmascararĂĄn su olor desagradable. Puede golpear metales y hacer con ellos cacerolas (cosa que un simio no sabrĂa hacer).
ÂĄCuĂĄntas historias ejemplares exaltan tu grandeza, tu sufrimiento! ÂĄCuĂĄntos robinsones, roquentines, meursaults, leverkĂźhns! Las buenas notas, los premios escolares, las mentiras: no es cierto. No has aprendido nada, no podrĂas dar testimonio. ÂĄNo es cierto, no les creas, no creas a los mĂĄrtires, a los hĂŠroes, a los aventureros!
SĂłlo los imbĂŠciles hablan todavĂa, sin que les dĂŠ risa, del Hombre, de la Bestia, del Caos. El mĂĄs ridĂculo de los insectos emplea para sobrevivir una energĂa semejante, si no superior, a la que precisĂł ya ni se sabe quĂŠ aviador, vĂctima de los horarios delirantes que le imponĂa una Empresa a la que encima estaba orgulloso de pertenecer, para atravesar una montaĂąa que estaba lejos de ser la mĂĄs alta del planeta.
La rata, en su laberinto, es capaz de verdaderas proezas: relacionando minuciosamente las palancas que ha de empujar para obtener su comida con el teclado de un piano o el de un Ăłrgano, se puede lograr que el animal ejecute convenientemente JesĂşs, alegrĂa de los hombres y nada impide pensar que no experimente un placer extremo al hacerlo.
Pero para ti, pobre DĂŠdalo, no habĂa laberinto. Falso prisionero, tu puerta estaba abierta. NingĂşn guardiĂĄn ante ella, ningĂşn jefe de guardianes al fondo del pasillo, ningĂşn Gran Inquisidor en la cancela del jardĂn. Tocar fondo, eso no significa nada. Ni el fondo de la desesperaciĂłn, ni el fondo del odio, de la decadencia etĂlica, de la soledad orgullosa. La imagen demasiado bella del buceador que, de una patada vigorosa vuelve a la superficie, estĂĄ ahĂ para recordarte, si fuera necesario, que el que cayĂł tiene derecho a todos los honores: la misericordia de Dios se posa tanto sobre ĂŠl como sobre los habitantes de los cielos a los que otorga el sustento. Los pecadores, al igual que los buceadores, estĂĄn hechos para ser absueltos.
Pero ninguna Raquel errante te recogiĂł de las ruinas milagrosamente preservadas del Pequod para que, tĂş tambiĂŠn huĂŠrfano, vengas a dar testimonio.
Tu madre no te ha remendado tus cosas. No vas, por enĂŠsima vez, a buscar la realidad de la experiencia y modelar en la forja de tu alma la consciencia no creada de tu raza.
NingĂşn antiguo ancestro, ningĂşn antiguo artesano te asistirĂĄ ni ahora ni nunca. No has aprendido nada, salvo que la soledad no enseĂąa nada, que la indiferencia no enseĂąa nada: era un engaĂąo, una ilusiĂłn fascinante y con trampa. Estabas solo y ahĂ estaba todo y querĂas protegerte; que entre el mundo y tĂş los puentes se suprimieran para siempre. Pero eres tan poca cosa y el mundo es una palabra tan grande: no has hecho sino errar en una gran ciudad, bordear fachadas durante kilĂłmetros, escaparates, parques y muelles.
La indiferencia es inĂştil. Puedes querer o no querer, ÂĄquĂŠ mĂĄs da! Jugar o no jugar una partida de pinball, alguien, de todas formas, introducirĂĄ una moneda de veinte cĂŠntimos en la ranura de la mĂĄquina. CreerĂĄs que comiendo cada dĂa lo mismo realizas un gesto decisivo. Pero tu rechazo es inĂştil. Tu neutralidad no quiere decir nada. Tu inercia es tan vana como tu cĂłlera.
Crees pasar, indiferente, caminar a lo largo de las avenidas, ir a la deriva por la ciudad, seguir el camino de las masas, percibir el juego de las sombras y de las grietas. Pero no ha ocurrido nada: ningĂşn milagro, ninguna explosiĂłn.
Cada dĂa que se desgrana no hace sino erosionar tu paciencia, que pone en evidencia la hipocresĂa de tus ridĂculos esfuerzos. HabrĂa sido necesario que el tiempo se parase por completo, pero nada es lo suficientemente fuerte para luchar contra el tiempo. HabrĂĄs hecho trampas, ganado migajas, segundos: pero las campanas de Saint-Roch, la alternancia de los semĂĄforos en el cruce de la rue des Pyramides y de la rue Saint-HonorĂŠ, la caĂda previsible de la gota de agua en el grifo de la toma de agua del descansillo, nunca dejaron de contar las horas, los minutos, los dĂas y las estaciones. HabrĂĄs hecho como que lo olvidabas, habrĂĄs caminado por la noche, dormido por el dĂa. Nunca has podido engaĂąarlo del todo.
Durante mucho tiempo has construido y destruido tus refugios: el orden o la inacciĂłn, la deriva o el sueĂąo, las rondas nocturnas, los instantes neutros, la fuga de las luces y las sombras. QuizĂĄ podrĂas, aĂşn durante mucho tiempo, continuar mintiĂŠndote, embruteciĂŠndote, emperrĂĄndote. Pero el juego ha terminado, la gran juerga, la ebriedad falaz de la vida suspendida. El mundo no se ha movido y tĂş no has cambiado. La indiferencia no te ha dejado indiferente.
No estĂĄs muerto. No te has vuelto loco.
Los desastres no existen, estĂĄn en otra parte. La menor de las catĂĄstrofes quizĂĄs habrĂa bastado para salvarte: lo habrĂas perdido todo, habrĂas tenido algo para defender, palabras que decir para convencer, para conmover. Pero ni siquiera estĂĄs enfermo. Ni tus dĂas ni tus noches estĂĄn en peligro. Tus ojos ven, tu mano no tiembla, tu pulso es regular, tu corazĂłn late. Si fueses feo, tu fealdad quizĂĄ serĂa fascinante, pero ni siquiera eres feo, ni jorobado, ni tartamudo, ni manco, ni tullido, y ni siquiera cojo.
Ninguna maldiciĂłn te pesa sobre los hombros. QuizĂĄ seas un monstruo, pero no un monstruo de los Infiernos. No necesitas retorcerte, aullar. No te espera ninguna prueba, ninguna roca de SĂsifo, no se te darĂĄ ninguna copa para de inmediato retirĂĄrtela, ningĂşn cuervo te sacarĂĄ tus globos oculares, a ningĂşn buitre se le ha infligido la indigesta pena de manducarte el hĂgado maĂąana, tarde y noche. No tienes que arrastrarte ante tus jueces suplicando clemencia, implorando piedad. Nadie te condena y no has cometido falta alguna. Nadie te mira para girarse horrorizado de inmediato.
El tiempo, que vela todo, ha dado la soluciĂłn, a tu pesar.
El tiempo, que conoce la respuesta, ha seguido transcurriendo.
En un dĂa como ĂŠste, algo mĂĄs tarde o mĂĄs temprano, todo vuelve a empezar, todo empieza, todo continĂşa.
Deja de hablar como un hombre que sueĂąa.
ÂĄMira! MĂralos. AllĂ estĂĄn los miles y miles de centinelas silenciosos, terrĂcolas inmĂłviles, plantados a lo largo de los muelles, de las riberas, a lo largo de las aceras baĂąadas por la lluvia de la place Clichy, en plena ensoĂąaciĂłn oceĂĄnica, esperando las salpicaduras, el romper de las mareas, la llamada ronca de las aves marinas.
No. Ya no eres el dueĂąo anĂłnimo del mundo, aquĂŠl sobre el que la historia no tiene peso, el que no sentĂa caer la lluvia, el que no veĂa llegar la noche. Ya no eres el inaccesible, el lĂmpido, el transparente. Tienes miedo, esperas.
Esperas, en la place Clichy, a que la lluvia deje de caer.
- tomado de Georges Perec, "Un hombre que duermeâ (trad. Mercedes CebrĂan).













