Contra los chacales
En la jerga de los hombres homosexuales en México se suele utilizar el término «chacal» (aunque, si me baso en el extracto de esta telenovela, no es exclusivo de los homosexuales) para referirse a aquellos muchachos de tez morena, casi siempre chaparros, con algunos rasgos indígenas y que, en su mayoría, reflejan cierto estatus socioeconómico bajo. El término es utilizado con mayor soltura por los homosexuales de clase media-alta para señalar el gusto por ese tipo de hombres. «Qué guapo ese chacal»; no ese «muchacho», ese «chacal».
El origen del término es incierto. Lingüísticamente se refieren a una especie de coyotes del sur de África, el Medio Oriente e India; no obstante, su apropiación en la léxica mexicana ha sido tratada por varios. Rocío Córdova analiza el término desde el trabajo sexual y los identifica como aquellos “mayates” (los que ocupan el rol activo) de “aspecto hipermasculino, con dosis de agresividad, vulgaridad y rudeza”. Asimismo, Sergio Téllez-Pon los equipara a los mayates y chichifos: “hombres de clase baja o trabajadora para quienes no importa que sea un hombre si para su visión parece mujer”. Susana Vargas Cervantes retoma la descripción de «chacal» de la revista Del Otro Lado, donde se definen como “aquel hombre con características netamente masculinas, sin llegar a la preocupación excesiva por el modelito ni la sobrecarga de masculinidad como en el caso de los leather. […] dadas las características raciales y de mestizaje del mexicano, pudiéramos pensar que los chacales son morenos, lampiños y de bigote escaso […] pero la investigación ha demostrado una amplia gama de tipos raciales […] para encontrar chacales güeros y peludos, significando esto que para ser masculino no necesariamente hay que ser moreno; los hombres lo somos aquí y en China sin importar el color de la piel”. En resumen, el chacal corresponde a esa básica definición de masculinidad que nos repitieron nuestras madres en la infancia: feo, fuerte y formal. Esta insistencia en el término implica que hay un reconocimiento a una gama amplia de anatomías, siempre y cuando contengan el elemento de masculinidad reconocida: dominante, rudo, insensible y con negación al ornamento. Aunque en la revista Del Otro Lado hayan reparado en la diversidad racial, estas características de masculinidad tienen mayor eco en las clases bajas de este país (morenas, lampiñas, chaparras) en donde el sistema económico los ha orillado históricamente a ocupar puestos de trabajo dominantes, rudos y sin necesidad de ornamentos. Y, aunque podamos encontrar algunos güeros y peludos que reproduzcan esos estándares de masculinidad, los hombres homosexuales mexicanos suelen encontrar en el chacal moreno y lampiño un antagónico de la feminidad y punto evidente de erotismo. La recurrente historia de la conversión del heterosexual. Así, el reconocimiento estético al chacal mexicano responde a características de masculinidad, más que a apreciación de aspectos fenotípicos.
Como analiza con precisión Susana Vargas Cervantes en una serie de textos sobre los vocablos de los hombres homosexuales en México, los cuales reproducen y evidencian un sistema pigmentocrático (que esconde racismo, clasismo e insistencia por la desigualdad), donde la subjetivación (lo que cada quien considera bueno o bello) “está intersectado por una identificación de clase socioeconómica y de tonalidad de piel”. Referirnos a lo chacal es insistir en esta diferenciación; en expresar una “justificación” por un gusto que no se dicta como bello. Porque en este país, desde 1521, estamos bajo el yugo de la gracia castellana que nos indica que ser blanco, alto y barbado —el epítome contemporáneo de la belleza masculina— es lo correcto, lo casi divino, lo “guapo”. Se niega, desde las cúpulas de poder, la belleza anatómica a más de un tercio de la población (un cálculo estimado por Humboldt desde el XIX). Porque el eurocentrismo no solo tiene la razón, también tiene la belleza. Una razón y una belleza que ha permeado por siglos en un sistema de dominaciones y exclusiones que, más allá del racismo, no nos permiten reconciliarnos como territorio mestizo. Que los homosexuales mexicanos reproduzcamos terminologías para diferenciar se asemeja mucho a lo que se hacía en una sociedad de castas: de india y albañil, chacal. Y el chacal es solo guapo y reconocido mientras reproduzca estándares de masculinidad. Porque si es prieto y afeminado, pobre “jotito”. Sociedades de castas donde se normalizaba la esclavitud, la violación y el despojo. Y esta diferenciación es necesaria desde quien domina, quien explicita la diferencia para oprimir. Como explica Margarita de Orellana en el número 8 de Artes de México, “la tradicional condenación del otro toma el aspecto de una clasificación cientificista: el mestizaje blanco se representa según lo piensa ordenadamente la civilización. Por un lado, el hombre civilizado clasifica, ordena a las razas, por el otro, el hombre de razas otras se mezclan y producen nuevas castas”. No ser capaces de reconocer la belleza independientemente de la tonalidad de piel o el nivel socioeconómico de la persona, posibilita legitimar la desigualdad y supremacía de una raza; alimenta el poderío de quien ha dominado históricamente. “La fealdad no merece el acceso a lo bueno”. Y es que no es coincidencia que los ricos sean los “guapos”. ¿Cuáles o dónde se originan los marcos para apreciar? Para los homosexuales mexicanos, el chacalismo se justifica por la masculinidad, como aquellos que aprecian la “artesanía” siempre y cuando se mantenga la “pureza” (pobreza y barbarie) del artesano. La tipología del homosexual —osos, chacales, vaqueros, locas— funciona como categorías enciclopédicas que estigmatizan a la vez que incluyen. Un placebo para la discriminación. Cosa que no sucede, por ejemplo, con las lesbianas.
En México el racismo se expresa al vincular pobreza con tonalidad de piel. La falta de acceso con rasgos fenotípicos. Mientras no seamos capaces de reconocer la belleza, nos condenamos a la fealdad, al no acceso, a la desigualdad. Las voces se han alzado, sobre todo con los movimientos de reivindicación latina en Estados Unidos. Y la Internet nos ha permitido tener mayores reconocimientos. Cuentas de Instagram como GDeldiablo, quien —a pesar de utilizar el hashtag #ElChacalNuestroDeCadaDía— ha hecho un diario puntual de la multiplicidad de bellezas masculinas que habitan la Ciudad de México (punto geográfico, junto con el Sureste del país, que es asumido como contenedor de fealdades desde la lectura raciclasista del Occidente y Norte criollo). O Gustavo García Villa, director creativo de la edición mexicana de la revista de moda L’Officiel, quien ha retratado la diversidad fenotípica masculina construyendo composiciones fotográficas que intentan despojar la lectura de raza o clase. Así como el trabajo de Dorian Ulises López, que como fotógrafo de moda ha diluido los bordes estereotípicos de la belleza masculina en México. O el trabajo de Omar Gámez, quien a manera de fotoperiodismo ha encontrado ciertas certezas estéticas en las bellezas no reconocidas. Los ejemplos pueden sobrar, el reto está en dejar que estos sean proyectos y se vuelvan realidades.
¿Por qué exhortar a negar la belleza? ¿Será que si ampliamos los márgenes de lo bello, entonces también se amplía el acceso al poder? Leernos como sociedad mestiza, india, castellana, criolla, negra, china o que sobren los adjetivos puede significar mantener estatutos coloniales —la exclusión que se autopermea. Es no apreciar lo que somos y vivir bajo el imperio del estigma. Un estigma de lo bello que se construye para vender, para acceder, para pertenecer y no para suscitar, abrazar, abrasar y permitir. Es mantenernos en los márgenes del no. Concluyo como concluye Eco en su Historia de la fealdad: “hasta qué punto tenían razón las brujas que en el primer acto de Macbeth gritan: «Lo bello es feo y lo feo es bello».

















